EL NACIONALISMO ES REACCIONARIO, PERO SE CURA VIAJANDO

Tras haber elegido los independentistas la vía más dolorosa posible para los catalanes y también para el resto de España, se abre un largo periodo en el que será necesario reflexionar a fondo sobre los errores cometidos por todas las partes para haber llegado a este punto tan traumático para nuestra democracia. También para debatir con calma lo que no ha sido posible debatir hasta ahora.

Se han dado muchas razones para rechazar la pretensión de que Cataluña se independice de España. El Gobierno ha insistido sobre todo en el aspecto legal y en la violación de nuestro marco democrático constitucional. Con ser muy sólidas razones, es de temer que no hayan hecho mucha mella en los millones de catalanes que han secundado estos meses las movilizaciones independentistas. Para ellos, la legalidad española es prescindible, de un modo muy similar a como para los antifranquistas de los años 70 eran prescindibles las leyes de la dictadura.

Se ha insistido también en el aspecto económico, en el rechazo de Europa, y en el empobrecimiento que Cataluña sufriría durante bastante tiempo si se separase del resto de España. Para los más convencidos de las supuestas ventajas de la independencia, esto no sería sino un mal menor que habría que afrontar transitoriamente, pero la meta final seguiría mereciendo la pena.

En cambio, se ha insistido menos en lo que representa el nacionalismo y el deseo de autodeterminación en el siglo XXI y en un contexto europeo. Tampoco se ha contrarrestado suficientemente la propaganda independentista, secundada por el populismo de Podemos, acerca del carácter antidemocrático de España, de su supuesta opresión al pueblo catalán y de sus supuestos comportamientos franquistas. Empezaré por esta segunda parte.

He tenido el privilegio de viajar bastante, en parte por mi trabajo y en parte por decisión propia. Conozco la mayoría de los países desarrollados y unos cuantos de los menos desarrollados, entre los que se cuentan muchos de latinoamérica y algunos de Asia y de África. Viajar debería ser obligatorio para todos, casi al mismo nivel que la enseñanza primaria y secundaria. Viajando, se aprende a relativizar muchas cosas que dan por inamovibles las personas que no viajan. Se aprende, por ejemplo, que las religiones y sus iconografías son muy diversas, y que aquella que nos es más familiar no es ni mejor ni peor que otras, sino tan solo una de las muchas posibles. Se aprende, por ejemplo, que un suceso tan familiar como el de un camión que recoge la basura de las calles todas las noches, es un hecho inexistente en países como India. Se aprende, viendo cómo se gobiernan los demás, que vivir en una democracia desarrollada es un privilegio del que no disfrutan la gran mayoría de los habitantes del planeta.

Dentro de estas, no es igual tener un Estado del Bienestar que no tenerlo. En una ciudad muy rica, como es San Francisco, de un país muy rico, he visto a centenares de personas dormir en sus calles por no poder pagar el alquiler de una vivienda, en muchos casos aun teniendo un trabajo y un sueldo. También supe allí que los trabajadores deben pagar abultados seguros médicos para ser atendidos en caso de enfermedad. Eso me hace valorar mucho más lo que tenemos en Europa. En la Europa de los 27, solo la mitad de los países tenemos un Estado del Bienestar desarrollado. Si a esto añadimos un toque de buen clima, de buena gastronomía y el carácter amigable de sus habitantes, concluyo sin el menor asomo de chovinismo, que España, con todas sus insuficiencias, es quizás uno de los tres o cuatro países del mundo que mejor calidad de vida tiene, entendiendo esta como una suma de derechos, nivel de desarrollo, oportunidades y certidumbres sobre la propia vida. No es casual que nuestra esperanza de vida sea una de las más altas del mundo. Entérense amigos catalanes, sobre todo aquellos de ustedes que se han dejado seducir por los cantos de sirena del independentismo: España y su democracia merecen mucho la pena. Cuídenla, contribuyan a reformarla y a mejorarla, pero no la pongan en peligro, porque nos ha costado mucho conseguirla y lo que vendría después sería sin duda mucho peor.  Y no se crean lo que les cuentan los independentistas de que son ustedes mejores que el resto de los españoles. Viajen un poco y descubran que hay personas muy brillantes y trabajadoras en Galicia, Andalucía o Madrid, y que también las hay perezosas e ignorantes en Cataluña. No se crean los tópicos.

Y para aquellos que, en su ignorancia, tildan a España de franquista, les diría que no ofendan a los que lucharon contra el franquismo y sufrieron su represión. Lean nuestra historia y entérense de lo que fue el franquismo. Si España fuera franquista, ustedes estarían en la cárcel hace muchos años, no podrían hablar su lengua, ni tendrían una televisión y una radio a su servicio. Tampoco tendrían instituciones de autogobierno, ni podrían manifestarse por las calles.

Y vayamos ahora con el nacionalismo. Coincido totalmente con Nicolás Sartorius (El País, 24.10.17) en que defender la autodeterminación pudo tener un sentido progresista en la época del colonialismo, donde existían naciones oprimidas por su metrópoli, pero que en la Europa democrática del siglo XXI es un concepto anacrónico y reaccionario. Anacrónico, porque la globalización exige unidades de decisión cada vez más amplias y con más peso político, en lugar de más atomizadas. Reaccionario, porque en todo caso favorecería a las clases acomodadas, nunca a las populares. Los trabajadores necesitan la unidad sindical entre empresas de distintos territorios, la caja única de la Seguridad Social, que es un mecanismo de solidaridad a la vez interterritorial e intergeneracional, y la solidaridad interregional para combatir las desigualdades. Justo lo opuesto de lo que plantean los independentistas. Son las burguesías, y con más razón las burguesías corruptas, como las que han depredado Cataluña durante los últimos 30 años, las que en todo caso saldrían beneficiadas de una escisión.

Levantar fronteras en base a identidades basadas en mitos históricos se ha practicado intensamente durante los siglos XIX y XX, con un trágico balance de millones de muertos. El nacionalismo excluyente lleva indisolublemente ligado el odio al diferente, y el odio conduce al enfrentamiento. Lo estamos viendo estos días cuando la Presidente del Parlament, Carmen Forcadell, ha negado la catalanidad a los que se han opuesto al procés. O cuando personas tan catalanas como Serrat o Coixet han sido tildadas de fascistas. ¿Son progresistas o reaccionarias estas actitudes?

Como ha dicho recientemente el Secretario General del PSOE, Pedro Sánchez, más importante que dilucidar qué es España, o qué es Cataluña, es decidir qué queremos los españoles que sea España. Y a estas alturas de nuestra historia y de la globalización en que vivimos, debería estar claro para todos que nuestro futuro estará más garantizado, el de los catalanes también, continuando siendo una de las democracias más desarrolladas del mundo, permaneciendo unidos en un solo país e integrados en la Unión Europea, respetando la pluralidad de identidades que conviven en cada uno de nuestros territorios, y reformando lo que haya que reformar para que todos cooperemos y convivamos pacíficamente. La cooperación pacífica y leal nos hará prosperar a todos, mientras que el odio y la división nos harán retroceder, también a todos.