EL MOMENTO ELECTORAL DE CATALUÑA

Hasta hace pocos años, los procesos electorales que tenían lugar en los países desarrollados eran razonablemente predecibles. Incluso antes de empezar la campaña se podía saber qué resultados iban a darse el día de la votación. Con pequeños márgenes de variación estadística y con escasos cambios en los efectos en las tendencias y consecuencias políticas.

Sin embargo, esta previsibilidad se ha visto trastocada en los últimos años en la mayor parte de las elecciones que han tenido lugar. Trastocada tanto desde el punto de vista de los fallos en las predicciones electorales, como en las consecuencias finales de la orientación de voto.

El último fallo estrepitoso en los pronósticos es el que se ha producido en las elecciones presidenciales de Chile del pasado día 17, para las que todos los pronósticos de las encuestas preelectorales anticipaban un empate técnico y una decisión de vértigo en el último momento. Sin embargo, finalmente el candidato conservador, Sebastián Piñeda, se impuso en las urnas de manera rotunda, con casi 10 puntos de ventaja, sobre el candidato de izquierdas, Alejandro Guillier.

La explicación de estos fracasos predictivos no estriba solo en la mala calidad de la mayor parte de las encuestas que ahora suelen hacerse, en las que su carácter de encuestas telefónicas impiden un diseño muestral previo que garantice científicamente la perfecta representatividad de los entrevistados.

En el caso de Cataluña nos encontramos además ante unas elecciones especialmente singulares, en las que concurren muchos factores –y temores− que condicionan el comportamiento electoral. Factores que hasta el último minuto no se sabe cómo van a poder influir realmente. Hay que tener en cuenta, en este sentido, que las informaciones sociológicas rigurosas de las que se dispone indican que una parte apreciable de los electores, que gira en torno al 10%, no decide la opción por la que va a votar hasta el último momento, incluso hasta el mismo día de las elecciones.

Estas tendencias dan lugar a que en los últimos momentos puedan jugarse decisivamente los resultados. De una manera, lógicamente, totalmente imprevisible e impredecible.

En Cataluña todas estas circunstancias nos han impedido saber de antemano qué podría pasar y si los comicios del 21 de diciembre −en pleno comienzo del solsticio de invierno− podrían suponer también un cambio de ciclo político en la situación no solo de Cataluña, sino también de España. Incluso de Europa.

Además, en Cataluña el voto más indeterminado se localiza en el cinturón industrial, en las diversas ciudades satélite que surgieron y se expandieron en torno a Barcelona durante los años más álgidos del proceso de crecimiento económico, y de la consiguiente emigración a Cataluña de cientos de miles de personas procedentes de regiones y zonas menos desarrolladas (Andalucía, Extremadura, las dos Castillas, etc.). Toda esta población asentada en Cataluña ha sufrido muy directamente las consecuencias del fuerte envite secesionista de los últimos meses. Y ha sentido miedo. Miedo a perder sus trabajos. Miedo a ver en riesgo sus ahorros. Miedo a las incertidumbres sobre el futuro de sus pensiones. Miedo a no ser bien acogidos y respetados en su identidad propia en Cataluña (como había ocurrido hasta ahora). Miedo, en definitiva, a su futuro personal y societario. Por eso, muchos de estos ciudadanos españoles residentes en Cataluña se han movilizado, han reaccionado y han hecho acto de presencia en las calles, enarbolando conjuntamente banderas españolas y catalanas, y manifestando sus deseos de continuar trabajando y viviendo libremente en Cataluña. Sin coacciones, ni problemas. Sin incertidumbres sobre su futuro.

Pues bien, muchos de estos residentes del entorno metropolitano de Barcelona ahora van a votar el 21 de diciembre. Algo que no todos hacían en los últimos años. Pero, todavía en el tramo final, bastantes de ellos no saben aún por quién lo van a hacer. Y plausiblemente lo van a hacer por aquellos que les brinden más confianza y les garanticen mayores seguridades.

En este asunto va a estar precisamente el quid de la cuestión: en saber si estos votantes indecisos hasta última hora se van a inclinar por apoyar una opción reactiva, de quienes les ofrecen la máxima firmeza en la defensa verbal de sus criterios, desde el punto de vista de los principios y de unas posiciones más o menos inamovibles. O bien si lo van a hacer por quienes ofrecen un diseño más complejo y matizado de expresar y presentar, que apunta a la formación de gobiernos y alternativas que tengan capacidad de integrar –o tener interlocución real− con los dos bloques que hoy conforman la realidad sociológica y política de Cataluña.

Si los electores que provienen de los entornos de la emigración y del trabajo en Cataluña hacen una reflexión sosegada y calculada en la última hora, es evidente que el candidato que tiene más posibilidades de concitar ese voto –que es un voto en cierta medida “mestizo”− será Miquel Iceta, con su visión y su proyecto a medio y largo plazo.

Pero si este sector de votantes de última hora, al final se deja llevar por sus temores, por sus emociones y por las necesidades de autoafirmación y autodefensa cortoplacista, puede ocurrir que lo haga por quienes hacen gala de una mayor rotundidad –y por lo tanto de mayor voluntad de autoexclusión recíproca− en la presentación de sus argumentos de campaña.

En definitiva, la presencia de tantas variables en escena va a dar lugar a que en esta ocasión el día de reflexión sea algo más que un puro trámite, y que muchos electores se paren a sopesar con mucho cuidado qué efecto práctico va a tener su voto de cara a empezar a caminar por la senda de la reconciliación y el restablecimiento de las condiciones de confianza y seguridad, que tan necesarias van a ser para el futuro de Cataluña.

¿Qué pasará finalmente el día 21? Eso es algo que queda para la segunda parte de este artículo, después del día 21.