¿EL LÍDER O EL PROYECTO?

Hace algún tiempo, en un encuentro internacional, un colega me hizo ver cómo los hispanos tenemos tendencia a discutir lo obvio, más aún, a hacer de lo obvio el centro del debate; un ejemplo, podemos polemizar horas para protestar por sólo tener tres minutos para intervenir. Desde entonces una cosa me preocupa, no me ocupa, perder el tiempo en polemizar sobre lo obvio, es muy frustrante.

Determinar qué es primero, el proyecto o las personas que lo han de llevar a cabo, no debe ser tan obvio cuando la izquierda, toda, está en actitud goyesca en un “Duelo a garrotazos” por ello.

Siempre cabe pensar que es un debate ficticio y que detrás de ello en todos los casos se encuentran posicionamientos de pura táctica, no muy confesables públicamente y ningún contendiente en realidad tiene una visión estratégica de un modelo concreto de organización o de formulación ideológica o programática.

En la teoría de la empresa se habla de que esta tiene que tener unos objetivos o fines, unas funciones y unos componentes, en todo caso hay una figura esencial que es la que condiciona objetivos y funciones a la par que es la que aporta los componentes: el empresario o propietario de la empresa. La empresa no se rige por principios democráticos, es la voluntad del o los empresarios los que determinan todo para bien o para mal. Aunque algunos quieran ver en los partidos políticos una similitud absoluta con una organización donde se une capital (humano) y trabajo para obtener unos resultados tiene solo una suerte de semejanzas. Los partidos son muy diferentes en su organización y estructura, ni es funcional, ni divisional, ni burocrática, ni matricial. Tal vez uno de los mayores problemas que han tenido y están teniendo los partidos es esta confusión y el intento de asimilación, pues sus equipos directivos no son consejos de administración, ni sus militantes un recurso humano al uso, además los “funcionarios” partidarios nunca deberían tener capacidad de acción política. No hay un propietario que decida todo.

Así las cosas, es difícil pensar que una organización política debe decidir, por un lado, cuál es su proyecto y a continuación elegir quién va a llevarlo a cabo o hacer una selección separada de liderazgo y proyecto. En España es sobradamente conocido el XXVIII Congreso del PSOE donde los congresistas decidieron mantener la línea inspiradora marxista frente al líder que abogaba por su superación. Esto provocó la renuncia a ocupar el cargo y, bajo la dirección de una gestora, cuatro meses después, no sólo se cambió el paradigma ideológico sino el modelo organizativo y la forma de elección de los órganos de representación. Con aquel resultado el líder sí aceptó a gobernar el partido y ser su candidato. El líder había puesto por delante su proyecto, y la organización fue incapaz de encontrar un líder que lo condujera, ello obligó a una sintonía absoluta entre proyecto y equipo para llevarlo a cabo. El partido consideró que en ese momento era estratégicamente más conveniente primar personas y equipos sobre referentes ideológicos. Ahora bien, y esto es muy importante, el líder expuso previamente cuál era su idea de proyecto y sus modelos de referencia. Posteriormente la historia demostró que el camino era, política y electoralmente, el acertado. Ahora bien, una vez finalizada la tarea de homologación a las democracias avanzadas no hubo líder ni proyecto posterior, fue un fin de etapa que aún permanece.

Ahora es bueno formular una serie de cuestiones: ¿Sería creíble un líder o equipo dirigente al que se le impone o se le da hecho el proyecto que debe ejecutar? ¿Es confiable un dirigente que no ha sido él personalmente y de forma visible el que ha capitaneado la formulación del proyecto? ¿En los tiempos que corren es de recibo elegir a alguien que no ponga su compromiso personal en la realización de un programa determinado?

La renovación política ha de pasar necesariamente por construir liderazgos más colectivos y menos individualistas y personalistas que nos conducen a modelos autocráticos que deben ser superados y que empobrecen a la comunidad. En segundo término, el liderazgo tiene que cumplir tres cualidades inexcusables: ser orgánico, esto es, tenerle en el seno del propio partido político; social, ser seguido por la comunidad en la cual se pretende actuar; y, sobre todo, ha de ser un liderazgo programático, que concite el apoyo interno y externo generando un proyecto de sociedad ilusionante, creíble, realizable y del que se dé cuenta en caso de incumplimiento. Otra cosa será un liderazgo tan cósmico, como evanescente.