EL HAMBRE EN EL MUNDO Y EL PRINCIPIO MORAL DE JUSTICIA

Hace varios meses Naciones Unidas hizo público el informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2017, elaborado por primera vez conjuntamente por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), UNICEF, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y la Organización Mundial de la Salud (OMS). En él se muestra el aumento del número de hambrientos en el mundo, que alcanza a 815 millones de personas (11% de la población total), al tiempo que hay millones de adultos y niños afectados por múltiples formas de malnutrición que  apremian su salud (http://www.fao.org/3/a-I7695s.pdf).

La noticia no puede ser más demoledora, pues tras una bajada constante durante la última década, tan solo en el último año ha habido un incremento de 38 millones de personas, debido a la proliferación de los conflictos violentos (de hecho 6 de cada 10 hambrientos viven en países en conflicto) y de problemas de orden medioambiental (sequías, inundaciones y otros impactos climáticos).

Los datos no dejan lugar a dudas, del total de 815 millones de hambrientos, 489 viven en países con conflictos y la prevalencia del hambre en éstos es entre un 1,4 y un 4,4% más alta que en otros países. En paralelo, en zonas de conflicto, con agravantes derivados de condiciones de fragilidad institucional y ambiental, la incidencia es entre 11 y 18 puntos porcentuales más elevada que entre el resto de países. Asimismo, las personas que viven en regiones afectadas por crisis dilatadas en el tiempo tienen casi 2,5 veces más probabilidades de sufrir subalimentación que las que viven en otros lugares.

Es en determinadas zonas del África subsahariana (en total en África hay 243 millones de hambrientos), en Asia sudoriental y Asia occidental (en su conjunto en Asia el hambre afecta a 520 millones de personas) donde se observa un empeoramiento  más acusado, si bien en Latinoamérica y el Caribe se ven afectados 42 millones de personas entre hombres, mujeres y niños.

Este informe es el primero que sobre seguridad alimentaria y nutrición saca a la luz Naciones Unidas tras la adopción en 2015 de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, en cuyo objetivo segundo se pone en el orden de prioridades “Poner fin al hambre, conseguir la seguridad alimentaria y una mejor nutrición, y promover la agricultura sostenible” y en el decimotercero “Tomar medidas urgentes para combatir el cambio climático y sus efectos (tomando nota de los acuerdos adoptados en el foro de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático)”.

Y, junto a los datos anteriores, 155 millones de menores de cinco años experimentan retraso en su crecimiento, 52 millones tienen un peso demasiado bajo para su estatura (más de la mitad viven en Asia meridional) y 41 millones tienen sobrepeso. Merecen unos apuntes específicos que 613 millones de mujeres en edad reproductiva tienen anemia y que año a año se detecta un número más amplio de adultos con obesidad. Estas tendencias, a la par que se derivan de los conflictos y del cambio climático, revelan  las consecuencias de las crisis económicas y de los cambios en los hábitos alimenticios.

La hambruna ha golpeado a principios del año 2017 a Sudán del Sur y hay un grave riesgo de que aparezca en otros países afectados por conflictos como en Nigeria, Somalia y Yemen.

Para los dirigentes de Naciones Unidas “… no acabaremos con el hambre y todas las formas de malnutrición para 2030 a menos que abordemos todos los factores que socavan la seguridad alimentaria y la nutrición. Garantizar sociedades pacíficas e inclusivas es condición necesaria para ese objetivo”, siendo preceptivo adoptar un enfoque que considere los conflictos y armonice las medidas de asistencia en materia humanitaria de urgencia, con aquellas destinadas al desarrollo a más largo plazo y el mantenimiento de la paz.

Por otro lado, tal como se recoge en el Informe de desarrollo humano 2016. Desarrollo humano para todos creemos imprescindible “… centrarse en el nexo que existe entre la pobreza y el medio ambiente, que es complejo, pero crucial para los marginados. Las personas pobres soportan la mayor carga del daño ambiental, aunque apenas contribuyen a su creación. Formular políticas que protejan los bienes comunitarios (como los bosques comunes), garanticen los derechos de los pobres y les proporcionen energía renovable mejoraría la biodiversidad de la que depende la vida de estas personas e invertiría la espiral descendente de la pobreza y el daño ambiental” (http://hdr.undp.org/sites/default/files/HDR2016_SP_Overview_Web.pdf)

Acabar con el hambre concierne al ámbito de la política, no es un asunto de falta de alimentos, pues hay de sobra para que los cerca de 7.500 millones de habitantes del planeta se nutran adecuadamente, es un tema de distribución, ya que hay regiones, personas y comunidades que no disponen de los recursos económicos para adquirirlos. El hambre es, por tanto, un efecto inicuo de las cada vez más abultadas desigualdades sociales a escala planetaria, y de la pobreza más descarnada (en 2013, unos 767 millones de personas vivían por debajo del umbral de pobreza internacional, con 1,90 dólares diarios).

Si nos atenemos a la definición del término justicia, tal como lo define la Real Academia Española de la Lengua, “Principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece”, la historia de la humanidad es un continuo quebrantamiento de los preceptos morales más básicos,  a pesar de los también importantes logros alcanzados, y entrados ya en el siglo XXI es obligado un cambio de rumbo que definitivamente conlleve en nuestras acciones la construcción de un mundo colmado de oportunidades para todos,  con independencia de donde el azar de la vida nos haya situado por nuestro nacimiento.

Esta es una de las cuestiones de mayor relevancia de nuestros días,   mientras que en el mundo sigue girando y girando… y nuestro país anclado desde hace meses en debates monotemáticos, que han desapercibido la escalofriante noticia de la existencia de 815 millones de seres humanos que por no tener, no pueden satisfacer la más elemental necesidad vital que es alimentarse y mueren por ello.