EL FRÍO QUE LLEGA DEL ATLÁNTICO

Europa vive una intensa ola de frío. Climatológico y político. Nos interesa el segundo, claro. Sopla con intensidad y cierto descaro. Masas de aire gélido soplan desde el otro lado del Atlántico, en vísperas de que Estados Unidos inicie la experiencia más incierta y arriesgada desde que se convirtió en la primera potencia del planeta. Más de cerca, sus primos británicos, en su día feroces enemigos en la guerra de independencia y luego “amigos especiales”, se aprestan a vivir otra experiencia no menos inquietante: el desacople de una Europa a la que, por mucho que protesten, han estado siempre ligados.

El estilo Trump cunde. Maneras fuertes. Lenguaje desenvuelto. Diplomacia, la justa. Intereses, primero los nuestros, luego los nuestros, y, al cabo, si hay espacio, atenderemos los otros, amigos o socios incluidos. El nacionalismo autoritario y otros, el confuso, el oportunista, el coyuntural, de repente ven en Trump quizás no un ejemplo a seguir (resulta imposible de replicar al caballero de la Torre), pero sí un tirón aprovechable de su retórica ventajista y engañosa.

Putin lo hace, claro, pero menos de lo que algunos medios proclaman, porque tiene motivos para no creer del Presidente en ciernes más que lo mínimo para componer la figura en público. Lo hace Netanyahu, que contempla el cambio en la Casa Blanca como agua de mayo para las sedientas huertas de las colonias ilegales en la Palestina ocupada. Lo hace Marine Le Pen, pavoneándose sobre las debilidades de la post-derecha y las ruinas de la izquierda francesa. Y lo hace toda la caterva de políticos autoritarios que han encontrado un discurso primitivo sobre las cenizas del post-comunismo, del Don al Danubio, del Báltico al Mar Negro.

Pero quien parece haber encontrado en el estilo Trump una aceitosa inspiración sin vincularse del todo a sus derivas es la insular Britannia. Después de amagar y no dar, de esperar respuestas veniales del continente para intentar remedar el paso sobre el alambre del Brexit, la primera ministra salida del sobresalto, Theresa May, parece haberse decantado por el hard-Brexit, según algunos escépticos; o el clean-brexit, según ella misma y los partidarios de un abandono limpio y claro, sin medias tintas.

La sucesora de Cameron se lo ha pensado durante seis meses. La falta de claridad generó confusión y nerviosismo, en los parqués de la City y en las bancadas de Westminster; por extensión, en cada despacho de la atribulada Unión Europea. Esa actitud indecisa le valió un aguijonazo del siempre incisivo semanario liberal THE ECONOMIST, que la denominó “Theresa May-be”. No se ha sabido todo este tiempo de qué lado se iba a decantar la estólida jefa de gobierno británico, más allá del socorrido Brexit means Brexit.

Aquí está ahora el resultado: ya que Europa no parece avenirse a una membresía a la Carta, se rompe la baraja, pero con clase, con maneras de gentlemen. Si no hay mercado único ni unión aduanera para la Gran Bretaña, tampoco jurisdicción del Tribunal Europeo ni dinero para el presupuesto común. Como se dice por allá, una relación “on a day to day basis”. Al día. O según qué y cómo, como lo expresamos por aquí.

Este clean-Brexit, que tiene la ventaja aparente de no generar confusión, empezará a embarrarse cuando empiecen las negociaciones. Como han dicho algunos comentaristas poco proclives a aplaudir a la primera ministra, May ha sido clara en los objetivos, pero en absoluto en los detalles; por no hablar de los resultados probables, que se antojan muy, pero que muy dudosos y poco o nada tranquilizadores (para nadie).

Los tories saludan el pronunciamiento de su líder con cierto alivio y con niveles aceptables de satisfacción, teniendo en cuenta que por allí no se llevan las adhesiones partidistas inquebrantables a las que estamos acostumbrados en estas otras latitudes mediterráneas. Hay una cierta arrogancia contenida en las palabras de May y en las exégesis que le dedican sus partidarios, cuando se refieren a que Europa no debería sucumbir a la tensión de la represalia, porque se infligiría daño a sí misma. Por debajo de la blusa, la señora ha deslizado la carta de convertir a las islas en paraísos fiscales. “Un aguijón thatcheriano”, ha dicho el comentarista D’Ancona en las páginas de THE GUARDIAN.

Esta mera insinuación ha hecho brincar de rechazo al líder laborista, Jeremy Corbin, quien desde el rincón más izquierdoso de la socialdemocracia europea se debate entre la repugnancia al modelo austeritario europeo y la música de derechos laborales, sociales y distributivos que permanecen en la cultura política continental. Otros líderes laboristas, tan desconcertados como molestos, se preguntan si serán capaces de encontrar una voz propia en la orquesta atronadora en que se convertirá su país en estos dos años de espeso y ruidoso proceso de separación. Al final, tendrá que ser el Parlamento quien apruebe los términos del divorcio y habrá que retratarse con pretendida claridad.

En Europa, el discurso de May ha caído tan mal como corresponde y tan contenido como exigen las formas. Los menos obligados por las exigencias de su cargo, como el portavoz de la bancada liberal en Estrasburgo, el belga Verhofstadt, ha advertido que la bala de plata del paraíso fiscal puede convertirse en un peligroso boomerang para Londres. Agradece la claridad pero no compra el esfuerzo.

Los pares de May en la Europa que decide, no la que opina o acompaña, guardan una obligada cautela. París se apresta una primavera del corazón en el puño, y no precisamente en alto, sino bien pegado al pecho, en espera de que se evite el sobresalto. En Berlín, no agrada este juego de damas con temple. May no quiso pasar por alto en sus palabras, que Alemania no había tenido interés en negociar los derechos de los tres millones de europeos residentes en el Reino Unidos en el escenario del Brexit. Un recadito a su colega Merkel.

Así las cosas, Trump irrumpirá en el teatro europeo como un bisonte de las praderas. Se contiene la respiración, porque, como ha dicho el casi siempre coloquial Vicepresidente Biden, “no tenemos ni puñetera idea de lo que piensa hacer”. Mejor resumido, imposible. El anti-candidato y enseguida ignoto-presidente puede decir (y hacer) una cosa y la contraria antes de que se haya digerido la primera de sus decisiones. No podrá improvisar, ha dicho con candor Obama en su despedida pública. Puede hacer eso y mucho más.

En realidad, con Trump hay dos grandes peligros: o no tomárselo en absoluto en serio o tomárselo demasiado a la tremenda. Y lo peor es que una tercera opción, la del término medio, no casa con su temperamento ni con su arquitectura mental. Conclusión: una atenta espera a la pantalla. O al tweet.