EL FRACASO DE LOS REFERÉNDUMS

Sostenía el politólogo John Dunn que la democracia es un viaje inacabado del ser al deber ser. De hecho, el inconformismo de la sociedad actual con la democracia vigente está alcanzando niveles de revuelta.

La tradicional democracia representativa se nos presenta por algunos como una vieja dama anticuada, merecedora de reconocimiento por los servicios prestados antaño, pero incapaz de dar respuestas satisfactorias a las exigencias de las nuevas generaciones, más informadas y capaces.

El viaje inevitable hacia el perfeccionamiento de la democracia, sin embargo, nos está llevando por caminos diversos, a veces hacia delante y a veces también hacia atrás. Por ejemplo, hay quienes interpretan la mejora de la calidad de la democracia exclusivamente en términos de sufragio directo y de mayoritarismo. Cuanto más se vote, mejor. Y cuanto más se hagan valer las mayorías, mejor también.

Cuando hay un problema que resolver, votemos. Cuando hay una decisión que adoptar, votemos. Cuando hay un liderazgo por dirimir, votemos. Votar cuanto más mejor, y votar cuanto antes mejor. Da igual lo complejo que sea el problema. Da lo mismo cuántas sean las alternativas a considerar en la decisión. Nada hay más estimulante que contemplar el espectáculo de los líderes peleando en la arena por el voto inmediato.

No perdamos el tiempo en diagnósticos que dan dolor de cabeza. Para qué entretenerse en estudiar lo que se hizo antes, lo que se hace en otros sitios, lo que se puede hacer para mejorar. Por qué intentar la suma, el acuerdo, el consenso, cuando resulta más fácil, más atractivo y más “democrático” votar ya. Ante la duda, votemos. Y si nos surgen más dudas, pues votemos más. Que brinden los ganadores y que sufran los perdedores. Hasta la próxima votación.

Han votado los italianos contra su reforma constitucional en referéndum. Y antes votaron los colombianos contra el acuerdo de paz con la guerrilla. Y votaron los británicos contra su pertenencia a la Unión. Y antes aún votaron los franceses contra la Constitución Europea.

Todos estos votos parecen emitidos contra la razón. ¿Por qué? Porque no es razonable reducir toda la complejidad de la política a una dicotomía tramposa. Porque casi todos los referéndums esconden un plebiscito falaz. Y porque casi todos los referéndums invitan a conformar coaliciones negativas igualmente falaces.

Resulta absurdo reducir la complejidad de una toda una reforma institucional en un gran Estado como Italia a la dualidad entre el sí o el no propuesto por Renzi. Como resultaba inconcebible decidir en torno a las complejas relaciones de la Gran Bretaña con el resto de Europa en un simple yes/no. Igual que resulta irracionalmente simplificador establecer las condiciones de la normalización institucional de la guerrilla colombiana mediante la sencilla elección entre solo dos papeletas.

El atractivo irresistible de poner una papeleta en la mano de la ciudadanía lleva a muchos líderes a jugar con fuego. Y después nos extraña que se acaben quemando. Es más fácil y tentador tumbar al adversario en un referéndum que dialogar y acordar con él en una mesa de negociación. O mando yo o manda él. O yo o el caos. Pero el juego plebiscitario sale a la luz, y el votante lo castiga. Porque siempre resulta más fácil sumar coaliciones a la contra que a favor. Siempre fue más sencillo destruir que construir.

Y es que quizás el viaje hacia la mejor democracia no sea tan sencillo como poner más urnas y ejercitar el mayoritarismo hasta la extenuación. Puede que una democracia mejor requiera de un poquito más de esfuerzo por parte de quienes la integran. Es posible que resolver democráticamente un desafío complejo exija un trabajo riguroso de análisis, una labor insistente de diálogo, una tarea esforzada de encuentro y de acuerdo… Puede incluso que hayamos de confiar en nuestros representantes democráticos durante un tiempo para desbrozar ese camino, antes de votar todos.

Algunos de estos “votacionistas” y “mayoritaristas” hubieran preferido votar inmediatamente tras la muerte del dictador en 1975. Votar entre monarquía y república. Votar entre capitalismo y marxismo. Votar entre clericalismo y laicismo. Votar entre Estado nacional o confederal. Votar entre ejército sometido o disuelto… Sin embargo, aquella generación decidió contener las ansias “votacionistas” y “mayoritaristas”, para ponerse primero a trabajar, a dialogar, a acordar un marco de convivencia para todos. Y votar después.

¿Fueron poco demócratas aquellos españoles de la Transición? ¿O en realidad fueron más y mejores demócratas que quienes hoy plantean liquidar la Constitución de 1978 para votar y “mayoritear” a gusto?

Cuando se busca el bien común, la democracia es mucho más que votar y ejercer el poder de las mayorías inmediatas. Claro que siempre hay otros objetivos…