EL FRACASO DE LA POLÍTICA Y DE LA ECONOMÍA

EL FRACASO DE LA POLÍTICA Y DE LA ECONOMÍA

berzosa270416

El nuevo parlamento salido de las urnas el 20 de diciembre ha fracasado rotundamente, por no haber sido capaces los diferentes partidos de llegar a un acuerdo para formar Gobierno. No se han estrenado muy bien los nuevos partidos y coaliciones electorales que se presentaban como agentes del cambio. Lo que se ha logrado es acabar con las ilusiones de muchos votantes, que apostaron por la necesidad de llevar a cabo un cambio de rumbo en las políticas aplicadas, así como en la forma de hacer política. El desencanto vuelve a surgir, acompañado de un hartazgo con los discursos, bastante endebles, de los diferentes partidos.

Al final todos han caído en los mismos errores que ellos denunciaban y que habían venido practicando los partidos tradicionales, como el hecho de considerarse como un fin en sí mismo y no como un medio para llevar a cabo la política que los ciudadanos expresan en las urnas. Los partidos se han convertido en máquinas electorales que miran más hacia dentro, que a los intereses y necesidades de la población. Estos intereses son muy distintos en una sociedad dividida en clases sociales, con diferencias notables en el nivel de renta y en oportunidades y derechos, al tiempo que se configuran distintas ideologías, que no solamente vienen dadas por la posición social que se ocupa, sino por la concepción que se tiene de la sociedad y qué tipo se desea como modelo político, económico y social.

El nuevo parlamento ha expresado esa diversidad y la ha aflorado en mayor medida que en elecciones anteriores, como resultado de las diferencias ideológicas, pero también consecuencia de la crisis económica, las políticas de austeridad, la corrupción y la pérdida de derechos de ciudadanía. La incapacidad de llegar a acuerdos no se pueden deber a estas diferencias, que en las afinidades ideológicas no pueden ser insalvables, sino que todos calculan qué costes o beneficios les pueden deparar ciertos acuerdos en las futuras elecciones. Por desgracia no solamente se trata de salvar electoralmente a los partidos a los que pertenecen sino los propios intereses personales para seguir al frente de ese partido.

Los meses transcurridos no solo han servido para bien poco, sino que han permitido seguir gobernando al PP, aunque sea en funciones, pero que sí ha tomado decisiones importantes, como, entre otros, los recortes a las Comunidades Autónomas en sus presupuestos y apoyar el vergonzante acuerdo de la UE-Turquía sobre los refugiados. Mientras esto sucede no se han podido derogar leyes, como la LOMCE, la llamada de la mordaza, y la reforma laboral. El PP sigue gobernado sin ningún tipo de control parlamentario.

La situación económica y política requiere reformas en profundidad y, sin embargo, los partidos siguen enzarzados entre sí culpabilizando al otro por no haber llegado a un acuerdo. Este echarse la culpa no resuelve nada y no sirve para tapar su incapacidad para negociar. Lo que se transmite a los ciudadanos son las peleas entre ellos y también las internas, pero poco sobre las propuestas que tienen para resolver los numerosos problemas que están encima de la mesa.

He escrito en anteriores artículos que la crisis económica, que se inicia en 2007 y no se puede dar por finalizada aún, ha supuesto el fin de un modelo económico a escala mundial. La naturaleza que ha adquirido esta fase del capitalismo ha estado caracterizada por la globalización financiera y neoliberal, con altos niveles de especulación y evasión fiscal, el aumento de las desigualdades y la concentración de riqueza. Las causas de la crisis no se han atacado para sentar las bases de otro modelo de crecimiento, de manera que la recuperación débil se está llevando a cabo con los mismos supuestos que los que provocaron la Gran Recesión.

La crisis en España es el resultado de este estallido que tuvo su origen en Estados Unidos, pero que se transmitió a Europa y Japón dentro del mundo desarrollado. Si ha golpeado con mayor dureza que a otros países es porque, además, supone el fin de un modelo específico, que tiene sus orígenes en la década de los ochenta, aunque en parte venía de la época franquista, sustentado en la construcción y la especulación, a la vez que se desmantelaba el aparato industrial y se comenzaba con el proceso de las privatizaciones e inserción progresiva en la globalización. No se ha apostado nunca con suficiente empuje ni por I&D e innovación tecnológica. Las debilidades de este modelo han quedado puestas en evidencia con la crisis económica.

En las discusiones políticas apenas se plantean qué respuestas se dan, por parte de los que preconizan el cambio, para ir sentando las bases de otro modelo que requiere un esfuerzo grande en el apoyo a la investigación y a la transferencia de tecnología. El conocimiento tiene que dar paso a la especulación y a la obtención de ganancias rápidas y cómodas. A su vez se requiere otro modelo energético sostenible, que potencie las energías renovables. Hay que combinar políticas de recuperación y creación de empleo con otras que tengan una visión a medio y largo plazo. En economía no se puede actuar solamente con la vista puesta en el corto plazo. Si no es así se volverá al crecimiento anterior, basado en el ladrillo, que tantas consecuencias negativas está trayendo.

En definitiva, estamos ante un fracaso de la política y de la economía al no afrontar los grandes desafíos ante los que estamos, que son globales y locales. La mal llamada bonanza económica fue sembrando las semillas de su destrucción y las instituciones políticas se han deteriorado por el abuso de poder, la corrupción, el mal funcionamiento y la pérdida de credibilidad. No creo que los políticos puedan arreglar los muchos problemas que se derivan del mal funcionamiento de un sistema económico a escala mundial, en la Unión Europea, y en nuestro país. Pero sí al menos dar respuestas locales a los problemas globales, porque no se trata de construir una sociedad perfecta, que no ha existido ni existirá, pero sí una sociedad mejor.