EL ESCORPIÓN Y LA RANA

La historia del escorpión que pica a la rana mientras esta le lleva sobre su lomo cuando cruza una charca creo que deriva de los usos en política. Y, concretamente, de los que se dan dentro de los partidos, de esos que hicieron a alguien clasificar a la gente en amigos, enemigos y compañeros de partido.

Se basan en mantener entre los individuos del colectivo una relación aparentemente colaborativa y afectuosa, concordante con el hecho de que comparten intereses comunes, mientras se tienen unos comportamientos subterráneos de aversión y hostilidad debidos a la competición existente para ocupar los mejores puestos en los organigramas internos. Los signos externos de amistad y colaboración son como la espuma de una mezcla de conspiraciones, cuchicheos, difusión chismosa, zancadillas y sorpresas desagradables tras cada esquina.

Y esa esquizofrenia en los comportamientos, la verdad, tiene bastante lógica. Porque, por una parte, el grupo debe dar una sensación de unidad frente a los adversarios externos que es preciso aparentar, motivo por el cual suele reprobarse cualquier actitud contraria a este criterio. Se dan, naturalmente, casos así, pero o son tratados como extravagancias indignas de ocuparse de ellas o son sancionadas con la inmediata expulsión del grupo.

Pero, por otro lado, la estructura jerárquica de los partidos provoca que la ambición de sus miembros les haga ávidos de prosperar en esa jerarquía, y eso solo se puede hacer con el doble ejercicio de mejorar la reputación propia y empeorar la de los competidores, motivo por el cual, las habilidades políticas de cada uno no conocen de fronteras partidarias: los adversarios son los adversarios, se encuentren donde se encuentren.

Y, entonces, se sigue, en este sentido, el conocido como método champiñón, que tiene tres etapas: la primera, consiste en mantener a la competencia en la oscuridad; después, y de vez en cuando, echarle basura encima y, por último, y cuando levante la cabeza, cortársela.

Todo ello no debería de extrañar a nadie porque tiene el sentido de lo agonístico, es decir, de las relaciones de poder. Un partido debe confrontar sus ideas con las de otros con la noble intención de imponerse sobre ellas y, de paso, ocupar los roles sociales correspondientes. Por eso, los miembros de cada partido deben tener la actitud competitiva necesaria. Lo que se llama moral de combate.

Pero, esa actitud está tan interiorizada en cada individuo que la posee, que la utiliza en todo momento en que debe competir: con los de los partidos adversarios pero, también, con los de otras facciones dentro de su propio partido. Incluso dentro de su propia facción. Y no sé si esto tiene algún límite. Hay que recordar que la última frase de Julio Cesar fue “¿Tú también, Bruto?”.

Porque los efectos de la hostilidad sumergida entre compañeros de partido pueden ser más dañinos que los del enfrentamiento abierto entre adversarios, ya que tienen el suplemento de lo inesperado. La rana de la historia no podía esperar la picadura del escorpión mientras le estaba cruzando la charca. Y se hundieron los dos.

Quizás, por todo ello, hay muchas personas con inquietudes políticas que, sin embargo, no quieren participar en un partido y otras que, habiéndolo hecho, se dan de baja en los mismos. También hay gente que les gusta el jamón y no por ello crían cerdos en casa.