EL DOBLE PROBLEMA DE HILLARY CLINTON

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La historia de cómo Hillary Clinton se convirtió finalmente en la primera mujer que alcanzó la presidencia de Estados Unidos se asemeja a esas clásicas películas en que, para captar la atención, todo tiene que empezar rematadamente mal antes de que algo, o alguien, interviene y, entonces, las cosas empiezan a arreglarse hasta el inevitable `happy end`.

EL AVISO SERIO DE NEW HAMPSHIRE

No por anunciado en los sondeos, el resultado parece menos inquietante. El equipo de la megacandidata había hecho control preventivo de daños, anticipando que la vecindad de New Hampshire con Vermont, el Estado por el que Sanders es Senador convertía a éste en claro favorito de esta etapa de las primarias.

No ha funcionado el emplaste. La derrota ha sido mucho más amplia de lo asumible. El análisis de los exit polls indica que los grupos de población hasta ahora más proclives a la exsenadora de Nueva York le han fallado.

Lo más llamativo es que las mujeres, casadas o divorciadas, han votado más a su rival que a ella, por once puntos de ventaja. La defección de los jóvenes demócratas es conocida, y se ha confirmado. Sólo uno de cada seis por debajo de los treinta le ha votado. En la siguiente franja de edad -entre 30 y 44-, el resultado es algo mejor pero no prometedor: sólo ha conseguido a un tercio escaso de los potenciales votantes. El único segmento de edad en que Hillary ganó fue el de los mayores de 65.

Pero si el género y la edad concitan suficiente preocupación de los estrategas de campaña de la todavía favorita, lo que realmente les debe alarmar es el factor social o factor clase. Esa clase media a la que se comprometió defender cuando presentó su candidatura el año pasado la ha abandonado en New Hampshire. Le han respaldado los profesionales y los sectores más acomodados de esa clase que, sin ser millonarios, ni siquiera ricos, está lejos de pasar apuros para pagar las facturas, según la clásica expresión de este país.

Ese voto obrero, trabajador y masculino se lo ha llevado su adversario, algo que parecía increíble hace un año. Sanders se confirma como el candidato del progresismo idealista, pero en New Hampshire también se ha ganado a los desfavorecidos, que no quieren cambiar el mundo, sino encontrar un mejor sitio en él, es decir, los posibilistas.

SENSACIÓN DE ÚLTIMA OPORTUNIDAD

Hillary Clinton no podrá ser “la próxima presidenta de los Estados Unidos” si no le da la vuelta a esta tendencia. No le bastan los mayores o los acomodados de la clase media alta. Por eso, su equipo de campaña confía en que el giro viene en la próxima doble curva; es decir, en las primarias de Nevada y Carolina del Sur, a finales de mes.

Nevada es conocida fuera de Estados Unidos por ese submundo norteamericano que es Las Vegas. Pero es mucho más. Hay una importante población latina y una población trabajadora que vota firmemente demócrata. Como expresión de ese voto obrero, los sindicatos tienen un papel considerable. Y la cúpula sindical le ha prometido el voto a Hillary.

Carolina del Sur es el primer caladero importante de votos afro-americanos que sale a concurso. Aquí la candidata es más que favorita. Muchas mujeres activistas negras con fuertes raíces en el Partido Demócrata de este Estado la respaldan y la admiran. Pero muchos analistas ya están advirtiendo que Hillary Clinton no debe confiarse, porque un tropiezo en Carolina del Sur podría abocarla al Supermartes de marzo como una partida de vida o muerte.

LA PARADOJA DEL RESPALDO AFRO-AMERICANO

Esta preocupación se fundamenta en dos debilidades de la candidata con la población negra: una propia y otra atribuida a la gestión de su esposo como Presidente en los noventa.

Por empezar con esta última, Bill Clinton promovió y saco adelante una legislación para combatir el auge de la delincuencia que fue muy criticada en su momento, porque puso el énfasis en la persecución de los delitos más habitualmente cometidos por los negros (el caso clásico fue la lucha contra el crack, mientras fue muy permisivo con la cocaína). Al término de su mandato, las cárceles norteamericanas estaban llenas de negros por delitos de drogas (uno de cada ocho o nueve), mientras la población blanca relacionada con este delito apenas era perseguida.

El establishment político afro-americano ha sido siempre un bastión de los Clinton. Pero como se demostró en el auge de Obama, a finales de la primera década del siglo, las nuevas generaciones de activistas de esta raza han intentado desmontar lo que ellos consideran un mito: que Bill Clinton fue el “primer presidente negro” de Estados Unidos, como proclamó en su día la escritora Tony Morrison. No basta con tocar el saxo en un local sagrado de la comunidad negra para convertirse en defensor de la causa (1).

A esta sombra de la historia, se suma otra inquietud más cercana. Ya durante la fallida campaña de 2008, pero también en el arranque de la actual, a Hillary Clinton se le ha percibido incómoda en debates relacionados con la cuestión racial. Su visión de efectividad, de priorizar la competencia sobre la ideología, la frialdad con la que a veces afronta los problemas sociales le han granjeado algunos disgustos entre los sectores que dicen defender.

En concreto, protagonizó una suerte de encontronazo con unos activistas de Black Lives Matter que intentaron interrumpir un acto electoral suyo el pasado verano, precisamente en New Hampshire. Uno de esos activistas le reprochaba las consecuencias de la política de lucha contra la delincuencia de su esposo, que ella defendió públicamente, y Hillary optó por una postura distante, poco empática. Una frase resume su actitud: no se pueden cambiar los corazones, se pueden cambiar las leyes (2). Este tipo de mensajes no son los que cambian una dinámica, que es lo que necesita ahora la candidata.

Este es el gran reto para Hillary. Más que asegurarse los caladeros tradicionales de voto o insistir en su cantinela de la experiencia y la eficacia, que sólo convence a los ya convencidos, los que no se sienten perdedores en la terrible deriva de la desigualdad pre y post-crisis, la candidata Clinton tiene que demostrar no sólo que quiere legislar para los desfavorecido, sino que los comprende, que es capaz de entenderlos además de defenderlos de manera abstracta o política. En definitiva, Hillary Clinton tiene, por supuesto, un “problema de mensaje”, como decía la CNN el pasado martes. Pero mucho mayor es su fracaso para crear confianza en su persona.

 

 

  • THE NATION, 10 de febrero de 2016.
  • THE NEW YORK TIMES, 19 de agosto de 2015.