EL DIFÍCIL EJERCICIO DE LA RESPONSABILIDAD POLÍTICA

tezanos010916

Nunca se había visto tanto fervor por la responsabilidad política en los círculos políticos, económicos y comunicacionales afines al PP. Por supuesto, la responsabilidad política que ahora se exige solo se reclama al PSOE, que tantos ejemplos de responsabilidad política y de seriedad ha dado a lo largo de su historia. Pero, se reclama prácticamente en forma de vasallaje, con tanta contundencia, contumacia y arrogancia que, incluso aquellos que pudieran ser partidarios de ceder en aras del interés general, lo tienen sumamente difícil. De esta manera, lo que inicialmente algunos podían entender como una forma de no obstaculizar la formación de un gobierno en España, ha sido convertido por el Señor Rajoy y su círculo en un rudo exigir –a veces de manera amenazadora− que el PSOE y sus líderes doblen la cerviz y se avengan a asumir su mera condición de vasallos. “Y si no lo hacen, peor para ellos” -nos dicen-, “ellos serán los culpables” y otras lindezas intimidatorias. Tal como ha planteado las cosas Mariano Rajoy, la situación, lejos de encauzarse, ha tendido a enconarse y a generar circunstancias sumamente incómodas.

Pero Rajoy y los suyos no solo se han pasado en la forma de intentar abrumar y machacar a los que no se avengan a doblar la cerviz, sino que han desplegado tal campaña de propaganda y de presión intimidatoria que, al final, han condicionado sus propios perfiles políticos en términos tan negativos como indigeribles. Lo cual es algo que se ha notado especialmente en la forma en la que han tratado a sus interlocutores de Ciudadanos, abriendo paso posiblemente a un desgaste político muy severo de este partido, al que además han intentado burlar metiendo de matute, y con clara intención enmascarada, cláusulas tan condicionantes de su acuerdo firmado, que al final les hubiera permitido hacer prácticamente lo que quisieran. Incluso, sin echar la culpa a Bruselas de aquellos incumplimientos de los acuerdos que parece que, en su caso, ya tendrían decididos de antemano.

La manera en la que Mariano Rajoy defendió en la sesión de investidura su filosofía política y la labor realizada durante su etapa de gobierno, que pretende continuar, revela que no ha entendido nada de lo ocurrido en las urnas el 20 de diciembre, ni tampoco el 26 de junio. Él continúa pensando que los españoles le han dado –sobre todo en junio− un voto en blanco para que continúe gobernando a su modo y como quiera, y que a los demás parlamentarios no les queda más que reconocer dicha realidad mariana y plegarse a que continúe gobernando. O, en su caso, enfrentarse a un caos absoluto. Lo que no queda claro es si esto del caos es también una amenaza (¿solo suya?) o un vaticinio.

En cualquier caso, lo que no entiende, ni está dispuesto a reconocer, es que el 67% de los votantes le han dicho no y que, por lo tanto, un programa y un estilo de gobierno que suscita tanto rechazo no puede servir para continuar gobernando España. Y si no se ha movido de esa posición no ha sido solo por pereza, sino por cerrazón política, porque no está dispuesto a añadir a su programa-madre aquellas modulaciones y cambios que lo pudieran hacer aceptable para otros sectores políticos y de opinión con los que podría coincidir en un nuevo proyecto de gobierno. Proyecto que, en este caso, ya no tendría que ser el del PP puro y duro, sino el de una nueva coalición, o convergencia de fuerzas, capaces de encontrar un común denominador de un centro-derecha modern0, europeísta e incluso reformista, que pudiera merecer apoyos suficientes como para garantizar la gobernabilidad de España, al menos durante un cierto tiempo.

Pero, ya se ha visto que ni algo tan elemental como eso está dispuesto a hacer -o negociar- el Señor Rajoy y su corte, trufada de un excesivo talante belicoso, arrogante, faltón y, últimamente, dado a la intimidación. El lenguaje y la estética –y hasta la ética− de muchos de sus abanderados y paladines durante estas semanas no ha sido el propio de alguien que intenta convencerte, o llevarte a territorios de aproximación o de diálogo constructivo, pensando en el bien común, sino más bien el de aprendices –o no– de mamporreros/as, políticos que quieren someterte a una rendición y sumisión sin condiciones.

Y en el terreno de las intimidaciones y las presiones, lo del día de Navidad como fecha electoral plausible si el Parlamento no le apoya, entra de lleno en el terreno del esperpento más carpetovetónico. ¡Qué vergüenza!

Habrá que ver cómo sale Ciudadanos de la encerrona en la que se ha metido, por muchas banderas patrióticas que intente ondear. ¿Entenderán una parte de sus votantes lo que ha estado haciendo? ¿Lo entenderán aquellos que pensaban que Ciudadanos pondría coto a la corrupción y a la chapucería política? ¿Acaso los estrategas del PP no estarán intentando hacer con ellos lo mismo que hicieron en su día con el CDS con el abrazo del oso? ¿Qué quedará de Ciudadanos dentro de una o dos elecciones si el Rajoy de 2016 continúa siendo el mismo Rajoy de toda la legislatura anterior?

En cualquier caso, no puede negarse que la decantación de Ciudadanos –ahora sí− por Rajoy ponía muy difícil la gobernabilidad de España en otras coordenadas políticas diferentes a las que hoy por hoy se están postulando. Sobre todo, teniendo en cuenta también que el PP controla mayoritariamente el Senado. Aparte de otros resortes fundamentales de poder e influencia social.

Solamente si Ciudadanos cambia de posición y se aviene a alguna forma de entendimiento con los otros dos grandes partidos, se podría pensar realmente en una alternativa de cambio en España, como están reclamando en varios documentos públicos sectores significativos de la intelectualidad y la vida social y cultural española. Pero, aún así, hay que ser conscientes de que esto puede ser sumamente difícil y requiere también que ciertos líderes y fuerzas políticas nuevas recorran con suficiente rapidez el camino que conduce del espectáculo a la madurez política.

En cualquier caso, hoy por hoy, lo que tenemos y continuamos teniendo en la Moncloa -por acción o por omisión- es el mismo Rajoy de siempre y todo el desastre y la vergüenza de su etapa de Gobierno. Es decir, grandes destrozos en educación, investigación, sanidad, pensiones, prestaciones sociales y seguridad. Con actuaciones regresivas en derechos y libertades, con intromisiones intolerables en Interior y en Justicia, con una actuación errática, descuidada y nada solvente en Bruselas, donde el prestigio y la credibilidad de nuestros representantes se encuentra bajo mínimos. Y todo ello acompañado de una nula capacidad de presencia efectiva de España en los foros e instancias internacionales, donde Rajoy ni está ni se le espera, dándose la enorme contradicción de que la cuarta potencia económica de Europa es dejada clamorosamente fuera de las convocatorias donde se intenta ventilar el futuro de Europa; sobre todo, después del Brexit y de las incertidumbres y problemas que se ciernen sobre el espacio europeo.

Y sobrevolando todo y enturbiándolo, se encuentra el gravísimo problema de la corrupción, que mientras que para Rajoy y su proyecto programático solo parece ser un apunte secundario engorroso, en realidad es una auténtica gangrena política que, si no se ataja a tiempo y con energía, tendrá enormes costes para la funcionalidad y la credibilidad de nuestra democracia.

Por lo tanto, el balance de la política de Mariano Rajoy no puede ser más negativo en su conjunto, por mucho que él se empeñe en continuar exaltándolo como el mejor tipo de gobierno que pueda y deba hacerse en España, presuponiendo que los españoles somos flojos de memoria y no nos importa que se continúe por esa senda erre que erre. Si ese es el único proyecto de futuro que han conseguido sacarle los líderes de Ciudadanos, aderezado con algunas ocurrencias corporativas y de signo discutible, la verdad es que cada vez existen más razones para no apoyar la continuidad de Rajoy. Continuidad que, desde luego, no le resultará posible lograr solo con sus votos. El problema no es que Rajoy no se merezca que se le apoye, sino que cada día que pasa añade nuevas razones a esa dificultad. Por ello, habría que tener mucho cuajo para prestarse a una operación de lavado de imagen política de tales desastres.

En esta tesitura, el dilema que suscita la situación española actual cada vez es más peliagudo, al tiempo que el ejercicio de responsabilidad política que debe demostrar el PSOE cada día resulta más difícil. Sin duda, es importante evitar que España se convierta en objeto de mofa internacional debido a su incapacidad para formar gobierno. Lo cual hace que todos coincidamos en que resulta irresponsable continuar sin gobierno. Pero, sinceramente, no sé que es más irresponsable, no tener gobierno o tener un mal gobierno, que es lo que Rajoy ha presentado sin complejos en su intervención en la sesión de investidura. ¿Es bueno y responsable apoyar un gobierno que está fracturando a la sociedad española y aplicando políticas restrictivas y negativas que ya han demostrado suficientemente que son erróneas e ineficaces para promover un crecimiento económico con bienestar y con empleos de calidad?

En cualquier caso, los datos de los últimos meses demuestran que sin gobierno la evolución económica está siendo mejor que cuando Rajoy y los suyos aplicaban el rodillo mayoritario, lo cual ha dado lugar a no pocos chistes sobre las ventajas comparativas de no tener gobierno, respecto a tener un mal gobierno. Un gobierno francamente desastroso que no ha dado muestra alguna de propósito de enmienda.

Tal como se están produciendo los acontecimientos, todo parece indicar que lo único que pretende Rajoy es ganar tiempo y continuar en la Moncloa hasta que pase el momento más álgido y delicado para él de la tormenta judicial que se avecina. Y, por eso, tiene claro que, o bien es indultado sin condiciones por el PSOE, o bien permanecerá atrincherado en la Moncloa. De ahí sus dilaciones, su apariencia de falta de ganas y sus recurrentes discursos –propagandísticos− de cara a los suyos. Lo cierto es que Rajoy y su círculo han permanecido en campaña desde la misma noche electoral del 26 de junio. Su apuesta real consiste en ganar tiempo e ir a unas nuevas elecciones para ver si poco a poco van arañando votos y escaños. Y, por eso, lo único que les importa es que sean otros los que aparezcan como culpables de la repetición, en tanto que van comiéndose con glotonería indisimulada el espacio electoral de Ciudadanos, al que no dejan de desdeñar y ningunear.

Basta ver el vídeo de la primera réplica de Mariano Rajoy a Pedro Sánchez en el debate de investidura del 31 de agosto para entender que el actual Presidente en funciones no se está tomando en serio la situación, mientras va entreteniendo a su clientela con gracietas que, por la forma en las que son acogidas en sus filas parlamentarias, tienen mucho de sublimación freudiana evasiva.

Por lo tanto, a partir del enésimo fracaso político de Rajoy –que jamás reconocerá−, no queda más opción que las fuerzas políticas serias y responsables de la sociedad española se apresten a mirar hacia otro lado y pongan toda la carne en el asador intentando ver qué se puede y se debe hacer. De verdad, y con un auténtico espíritu de lealtad constitucional y de entendimiento. Incluso reconstruyendo los puentes de interlocución que Rajoy y los suyos tanto empeño pusieron en demoler y taponar sistemáticamente. En definitiva, con el mismo espíritu que hizo posible el acuerdo constitucional del 76, los Pactos de la Moncloa, los Pactos de Toledo y tantos otros ejemplos de entendimiento que forman parte de las mejores tradiciones de nuestra democracia.

La otra alternativa es resignarse a sufrir –no se sabe por cuánto tiempo−el bucle electoral en el que estamos metidos.