EL DÍA DESPUÉS

sotillos160616

Al término del “Debate a cuatro”, los candidatos fueron conminados a responder con un sí o con un no a la pregunta que había sobrevolado sobre el escenario durante dos horas, con apariciones intermitentes y reiteradas en las alocuciones de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias: ¿con quién va a pactar usted para formar gobierno? Como era de esperar, no hubo sorpresas, y la incógnita sigue sin resolverse a pesar de fintas verbales y guiños que alimentan el desconcierto de la población y permiten sofisticados y tediosos ejercicios de hermenéutica. Pese a esas comprensibles indefiniciones, no es menos cierto que los cuatro líderes coincidieron en que no sería posible ni soportable acudir a unas terceras elecciones. Corren los días, sin embargo, y no se atisba la solución, salvo un vuelco espectacular en los resultados que vaticinan todas las encuestas y se palpan en la opinión publicada.

Nadie puede hoy exigir una respuesta contundente, en un clima de indeterminación sobre el equilibrio de fuerzas que puede depender del baile de algunos escaños en ciertas circunscripciones, más que del balance global del número de votos. No se trata ya de estrategia política para mantener esa carta en la manga -que también-, sino de un puro ejercicio de reconocimiento de la ignorancia. Ante este desconcierto, no puede extrañar que afloren de nuevo todas las especulaciones, incluida la que apunta de nuevo a la excepcionalidad de acudir a una personalidad independiente que pudiera concitar el consenso suficiente para articular una mayoría parlamentaria con un Gobierno de corto recorrido temporal. A esa temporalidad se dirige también el candidato socialista con su propuesta de someterse a una cuestión de confianza transcurridos dos años de su presidencia.

Quiero suponer que a estas alturas, con independencia de que no se exprese públicamente, los cuarteles generales de los grandes partidos tienen unas carpetas con varios escenarios, ese famoso “Plan B” que se oculta celosamente, pero que se elabora con minuciosidad. Y quiero suponer que los puentes están cerrados, pero que no han saltado por los aires tras una explosión verbal incontrolada. Un mínimo ejercicio de responsabilidad, del que no puede excluirse a nadie, tiene que impedir el disparate de que la cuarta potencia europea afronte sus desafíos internos y externos sin un Ejecutivo que responda solventemente a ellos. Ahí tenemos ya, con innegable repercusión en nuestra economía y en el proyecto de Europa, el referéndum británico, cuyo resultado va a tener que influir asimismo en los discursos del cierre de campaña en España. Por una vez, la política exterior tiene que entrar en el debate; no como un argumento electoralista, sino como una prueba para medir la capacidad de estadistas de los aspirantes.

Bien quisiera transmitir un mayor grado de optimismo que el que permite una visión independiente pero no indiferente del transcurso de esta campaña, en la que siguen cosechando más rentabilidades las ocurrencias, las imágenes distorsionadas o los titulares manipulados que el intercambio de propuestas. Las económicas, que, por ejemplo, permitieron a De Guindos, Sevilla, Álvarez y Garicano, lejos del espectáculo, hacernos percibir mejor el lunes los grados de proximidad y lejanía en lo que respecta a las políticas fiscales, el empleo o el gasto social. En definitiva, los grandes retos en la transformación del país con el objetivo de volver a ese Estado del Bienestar, de la justicia social y de la lucha contra la desigualdad, sobre las que tendrán que ponerse a trabajar con urgencia y altura de miras nuestros representantes el día después. Que ya está bien, señores. Que hemos perdido mucho tiempo.