EL DERECHO A LA PEREZA

sotillos180216

Le robo el título a Paul Lafargue, precisamente por esa pereza que él reivindicaba y elogiaba, con unos tintes que hoy se consideran irónicos y utópicos, pero que fueron capaces de interesar en su momento tanto a marxistas como anarquistas y, más recientemente, una idea reivindicada por los defensores de la sociedad del ocio y por quienes abogan por la reducción de la jornada laboral. No es mi intención especular sobre ese ensayo, sino usarlo como una justificación para explicar la infinita pereza con la que hoy asumimos algunos el compromiso de poner negro sobre blanco una reflexión sobre el proceso de negociaciones que nos conducen a una problemática sesión de investidura a la vuelta del calendario. Pereza y cansancio intelectual ante el torrente de palabras y gestos que se nos ofrecen para el consumo, disfrazando las más de las veces una realidad oculta que se construye -y no hay que escandalizarse por ello- en horas de conversación y trabajos a varias bandas sin focos y micrófonos delatores.

La opinión publicada es un arma más, orientada hacia la generación de simpatías, sea cual sea el resultado, y con la vista puesta en fortalecer la posición en la hipótesis de tener que volver a pedir a los ciudadanos que tomen la palabra. Resulta muy difícil, casi heroico, sustraerse a la tentación de utilizar cualquier espacio no para intentar describir con objetividad el desarrollo de los acontecimientos sino para tomar parte activa e influir mínimamente a favor de las propias -o grupales- preferencias. De ahí la importancia que cobra en estos días el análisis riguroso de los posicionamientos de los grandes medios de comunicación a través de sus comentarios editoriales, la nada inocente elección de sus portadas, la administración de las exclusivas sobre cualquier nuevo escándalo -real o supuesto- de corrupción, o la deriva del humor en sus viñetas más prestigiosas. En definitiva, no estaremos en mejores condiciones para saber lo que está pasando, pero sí para conocer lo que quieren que pase aquellos a los que se adjudica ser “el cuarto poder”, pero que representan, de facto, a otros poderes menos instrumentales y visibles.

Con esos mimbres para el análisis, a fecha de hoy, con el dos de marzo tan cerca, cualquier espectador atento detecta ya una clara corriente favorable a impulsar un acuerdo que tenga como primera meta la eliminación de Podemos en cualquier combinación de futuro. En consecuencia, crece el respaldo a la fórmula de una coalición “de centralidad” que correspondería protagonizar al Partido Socialista con el apoyo de Ciudadanos y, si posible fuera, con la aquiescencia imprescindible de un Partido Popular del que se reclama que prescinda de sus ambiciones en aras de un sentido del Estado y de asegurar un modelo que, al menos transitoriamente, garantizara la estabilidad y diera paso a un tiempo de reformas pactadas.

Se habla mucho estos días, sin entrar en detalles y citando fuentes sin nombres, de movimientos constantes en la sombra para torcer voluntades. Entre ellas la del actual presidente del Gobierno en funciones, debilitado interna y externamente, pero enrocado en su argumento de haber logrado el mayor número de diputados en las últimas elecciones, olvidando la verdad abrumadora de su soledad y el mensaje de impotencia que trasladó al conjunto de los españoles cuando ni siquiera aceptó el reto que luego asumió Pedro Sánchez, a sabiendas de lo incierto de conseguir los suficientes apoyos parlamentarios.

Si alguien tiene hoy alguna certeza, sería bueno que la expresara con claridad y cuanto antes. No se trata de resolver una curiosidad enfermiza, sino de impedir que los ciudadanos pasen de una etapa de lógico interés por observar y valorar el comportamiento de sus representantes políticos a la hora de enfrentarse a una dificultad menor que las que les esperan al frente del Gobierno, sea cual sea, a una indiferencia próxima al absentismo y la desilusión. Porque empiezo a advertir una infinita pereza y no la que merecía el elogio de Lafargue precisamente…