EL DEBATE POSTELECTORAL (VIII). LOS EVENTUALES COSTES DE NO LLEGAR A ACUERDOS

tezanos240216

Si, después de todas las negociaciones entabladas, no se llega finalmente a un acuerdo para formar gobierno, casi todos los partidos políticos pagarán algún coste en las urnas en unas nuevas elecciones. ¿Cómo se producirían y repartirían estos costes, en su caso?

El primer efecto del “no-acuerdo” sería de carácter general y se manifestaría en forma de un enfado apreciable de los ciudadanos con aquellos partidos políticos, que –para muchos españoles─ son los que tendrían que haber realizado un esfuerzo y cambiar; y no los electores que ya dieron un mandato claro en las urnas el 20 de diciembre. Por lo tanto, dado este caso, serán muchos los que pensarán que no es serio que determinados partidos digan que lo votado no vale, y hay que repetir las elecciones de nuevo.

¿Qué efectos puede tener este malestar general? Posiblemente una mayor incidencia de los votos de castigo y un aumento de la abstención, que podría perjudicar en mayor grado a los partidos de más entidad y de más larga trayectoria.

¿Cómo podrían modificarse los apoyos de cada partido si se repitieran las elecciones? Hoy por hoy, es difícil calibrar tales cambios con suficiente precisión. No solo porque en estos momentos se carece de encuestas fiables y suficientemente representativas, sino básicamente porque hasta finales de junio (fecha de unas posibles nuevas elecciones) pueden ocurrir muchas cosas que afectarán a la intención final de voto.

Por eso, son peligrosos los cálculos que se están haciendo en determinados círculos, imbuidos de la apreciación “intuitiva” de que en un nuevo “reparto de cartas” ellos podrían quedar más favorecidos y tener un papel más prevalente en las nuevas negociaciones que, en cualquier caso, habría que emprender –otra vez─ después de unas hipotéticas nuevas elecciones, en las que nadie va a obtener, ni de lejos, una mayoría suficiente como para poder gobernar por sí solos.

El problema es que en la actual partida política, todos los partidos han tenido “una mala mano”, por lo que todos están descontentos con su “suerte” y todos abrigan una cierta esperanza de que en un nuevo reparto de cartas podrían quedar más favorecidos; aunque España y los españoles perdieran más en el camino.

El PP es posiblemente el partido que más está viendo frustradas sus perspectivas en los últimos días. Los cálculos iniciales de algunos estrategas del PP eran que, ante la falta de fuste electoral de Ciudadanos, una parte de los votos conservadores más moderados y de centro volverían de nuevo a sus filas (voto “útil”), aunque en unas magnitudes posiblemente modestas que no irían más allá de un ajustado balance global gana/pierde entre PP y Ciudadanos, condicionado en su conjunto por las posibilidades reales del volumen actual del voto conservador y de centro en España.

Sin embargo, esta apreciación inicial se ha visto modificada en los últimos días debido al aluvión de casos de corrupción que se le han venido encima al PP. De forma que ahora los más optimistas son los dirigentes de Ciudadanos, que piensan que pueden recoger un importante volumen del voto desengañado y asqueado del PP. Pero, aún así, lo más plausible es que en unas nuevas elecciones todo se mantuviera en el mismo esquema global gana/pierde, aunque con un efecto importante, como es la eventual pérdida por el PP de la mayoría absoluta que este partido mantiene actualmente en el Senado. Lo cual no sería poca cosa, por mucho que un partido con 60 ó 65 escaños (en su caso) no se convirtiera, por sí solo, en un actor político tan destacado como para que merezca la pena asumir el coste general que una repetición de elecciones tendría para el sistema político español y para las perspectivas económicas del país.

Por otro lado, en el campo de la izquierda es donde se suscitan más expectativas de movilidad de voto. Desde el primer momento, los dirigentes de Podemos han pensado que tienen una nueva oportunidad de incrementar a corto plazo sus apoyos a costa sobre todo de IU. De ahí el comportamiento público tan “peculiar” (por llamarlo de alguna manera) que han tenido sus portavoces, alargando a la vez la mano, para parecer que querían pactar con el PSOE, al tiempo que descalificaban a sus líderes, se reían de ellos, formulaban condiciones imposibles y, sobre todo, intentaban confrontar a los líderes del PSOE con sus bases, cuya verdadera opinión decían interpretar y representar ellos.

La principal expectativa-ilusión de Iglesias Turrión es el sorpasso al PSOE, que piensan que tendrían al alcance de la mano atrayendo los votos frustrados de IU el 20 de diciembre. Es decir, dando la puntilla a IU y dejando al PSOE con el culo al aire, los estrategas de Podemos consideran que así podrían lograr convertirse en la primera fuerza de la izquierda en España. Algo que hoy por hoy es su principal objetivo estratégico. A no ser, claro está, que al final en las negociaciones se impongan –o mantengan su espacio─ los sectores más posibilistas y realistas de Podemos, como ocurrió en Grecia después de las primeras semanas de delirio y destrozo económico y financiero.

El principal obstáculo a las pretensiones-ilusiones de Iglesias Turrión es la propia inteligencia del electorado español, que verosímilmente no dejará que le den gato por liebre, ni permitirá que le engañen de una manera tan simplista y torpe. Y, por supuesto, la inteligencia y coherencia del propio electorado histórico de IU que, posiblemente, sabrá distinguir entre una izquierda genuina, más dispuesta al diálogo y la negociación en pro de buenos acuerdos de inspiración social, y lo que al final puede que se quede en mero espectáculo circense a la búsqueda del “sillón perdido” (de Vicepresidente-portavoz-todopoderoso).

Finalmente, el PSOE es el partido que puede quedar en una situación más ambivalente ante la eventual repetición de unas nuevas elecciones. Por un lado, no puede negarse que este partido en general, y Pedro Sánchez en particular, han sabido actuar de manera seria y coherente y con suficiente altura de miras ante una situación política que es muy compleja. De ahí que tanto el PSOE como Pedro Sánchez hayan ganado enteros y credibilidad, demostrando que han entendido la situación y que han “ido en serio”, como el propio Secretario General del PSOE resaltó al principio del proceso negociador.

En este sentido, el PSOE en principio podría ganar votos ante unas nuevas elecciones, a no ser que en el proceso de elección democrática de las nuevas candidaturas –o no─ se reprodujeran de nuevo las conspiraciones y peleas internas, que la opinión pública no acaba de entender y que los medios de comunicación social amplifican y estimulan de una manera desmedida. Este es, en cualquier caso, un coste que afrontan los partidos que tienen una verdadera estructura democrática interna, en los que se hacen elecciones primarias para elegir al cabeza de cartel y en los que en todas las circunscripciones se pueden producir nuevas propuestas de candidaturas alternativas o diferentes a las actuales.

Hasta que en España no nos acostumbremos a tales enfoques y procedimientos de competitividad interna –si se consolidan─ las tensiones intra-partidarias tendrán efectos electorales bastante diferentes a los que esta práctica produce en otros países, como Estados Unidos, por ejemplo, donde los candidatos se acaban de curtir y consolidar de manera positiva en las luchas electorales previas de naturaleza interna (primarias). En cambio, en España todo eso se continúa viendo como un lío que al final acaba desgastando a los candidatos del Partido en su conjunto.

En cualquier caso, hay que esperar que los cantos de sirena que puedan escuchar algunos líderes y partidos sobre expectativas ─poco contrastadas y validadas─ de posibles ganancias electorales inmediatas no nublen sus mentes ni desvirtúen la necesidad de afrontar de manera inmediata el mandato real de las urnas, que fue inequívocamente pactar y ceder para llegar a acuerdos de gobierno. Esto es, hoy por hoy, lo único real e inmediato. Lo otro son fantasías de jugador de póker.