EL DEBATE POSTELECTORAL (VII). EL FONDO, LAS FORMAS Y LAS CONSECUENCIAS

tezanos170216

La principal condición para participar en serio en cualquier proceso de negociación para formar gobierno es entender la situación en la que te encuentras. Es decir, saber cuáles son tus límites, tus posibilidades, tu papel, las resistencias que tienen algunas de tus propuestas en la sociedad, las exigencias y condicionantes en las políticas económicas y monetarias, etc.

Si consideramos todas estas condiciones y nos atenemos al comportamiento de los principales partidos en los procesos de negociación que están teniendo lugar en España, la impresión inevitable es que hay dos partidos que parece que se resisten a entender que en España nos encontramos en una situación completamente nueva que exige mentalizarse y demostrar un grado adecuado de inteligencia política. Además, claro está, hay que tener capacidad para pensar y actuar en función del interés general.

El actual círculo dirigente del PP parece atenazado por una mezcla de “síndrome de la Moncloa” y de resistencia psicológica a asumir que ya no son el partido hegemónico que fueron, y no pueden comportarse como si pudieran hacer lo que quieran. Y no pueden hacerlo porque no tienen votos suficientes, ni legitimidad funcional para ello. Es decir, por mucho que Rajoy pretenda enredarse –y enredarnos─ en un sí puedo, pero de momento no, hoy sí y mañana no, o quizás y similares…, lo cierto es que su tiempo político se ha acabado, que la corrupción se ha convertido en su losa política y que la única salida digna que tiene él y el actual PP como tal es pensar en el interés general de España y contribuir a posibilitar la salida más razonable posible a la situación actual; que es bastante complicada. Esa es la única salida que la opinión pública podrá entender y agradecer hoy en día.

El caso de Podemos es similar en lo relativo a no asumir los datos de la realidad política actual y no entender que con solo un 20% de los votos agregados –que ya no los tienen todos─ no se puede pretender ni de lejos hacer todo lo que postulan en los documentos que preparan, en reuniones que deben ser algo así como un seminario abstracto y enrevesado de la Facultad. “Wishfull thinking”, en definitiva. Desde luego, hay que reconocer que no es fácil pasar en tan poco tiempo de una mentalidad propia de asambleas de Facultad y de barrio, con toda la adrenalina correspondiente de desfogue teórico-práctico, a unos debates parlamentarios rigurosos y a unas negociaciones para formar gobierno que tienen –o pueden tener─ enormes consecuencias prácticas.

Después de la lamentable experiencia-aventura de Grecia, el diputado Iglesias Turrión y su grupo deben entender que una parte muy amplia de la opinión pública tiene una enorme resistencia a que en España se emprendan aventuras de tal tipo, sin adecuadas estimaciones de gastos-ingresos, ni otras consideraciones económicas que cualquier gobernante serio debe tener en mente. Como carta a los Reyes Magos o a Papa Noel ─según corresponda─ algunos documentos de Podemos pueden estar más o menos bien. Pero ello no garantiza ninguna viabilidad práctica de gobierno. Máxime cuando cuentas con un escaso respaldo electoral y más del 70% de rechazo en la opinión pública.

Desde luego, cuando se opera con estos propósitos de fondo y con tan peculiares formas, no puedes pretender que se piense que “vas en serio” y que estás actuando en función de los intereses generales. De hecho, en la vida social normal nadie se acerca a sus semejantes de manera insultante y descalificadora si pretende llegar a algún acuerdo o entendimiento con ellos.

La obsesión de los líderes de Podemos en poner por delante de todo la cuestión de los sillones, los escaños, las portavocías, las vicepresidencias y ministerios, etc. está suscitando muchas suspicacias y temores que les pueden llevar a una situación práctica de aislamiento. En el caso del debate de investidura de Pedro Sánchez, tal obsesión ha llegado a un grado extremo de obcecación, y casi de narcisismo, que está provocando bastantes recelos en amplios círculos de la opinión pública y publicada que no entienden por qué Iglesias Turrión tiene tanto interés en controlar personal y ministerialmente la política contra la corrupción (¿con redes de investigadores?), el CNI y todo el espionaje español, el CIS ─parece que entendido básicamente como instrumento de poder, y eventualmente de control─, además del Ejército, la Policía, la televisión pública, el BOE, etc. ¿Está hablando en serio?

Viniendo de donde vienen y con solo un 20% de los votos, tales pretensiones no son solo desproporcionadas, sino esencialmente sospechosas. ¿Qué pretenden realmente? ¿Llevar a cabo –o garantizar─ políticas sociales apropiadas, o conquistar resortes de control? Lo dicho, si quieren ser vistos como un partido mínimamente serio tendrán que ser capaces de abandonar la mentalidad de asambleas de Facultad y de barrios y olvidarse de los tópicos archiconocidos de algunos manuales conspirativos, propios de otras épocas y otros países.

Para lograr tales exigencias y situarse en condiciones de empezar a hablar en serio, Iglesias Turrión y los suyos tienen ejemplos donde aprender, sin necesidad de irse muy lejos. IU y Compromís, por ejemplo, están demostrando capacidad para comprender la situación y situarse en condiciones de hacer valer sus votos de izquierdas de manera más neta y coherente, a favor de políticas e iniciativas realizables con un sesgo social y democrático, que puedan favorecer a millones de españoles. Es decir, negocian para poner el peso de sus votos en una balanza donde se tenga en cuenta el interés general y la sensibilidad social. Y lo hacen negociando, hablando, analizando y evaluando posibilidades y aceptaciones. Y no a base de mandobles, desaires y piruetas circenses que inevitablemente causan la impresión en muchas personas de que lo que se pretende no es tanto poner más peso en el platillo de la balanza del lado del progreso, como llamar la atención y, si se puede, lograr que toda la balanza acabe rodando por los suelos. ¡Que se aclaren!, por favor.