EL DEBATE POSTELECTORAL (III). LO PRINCIPAL SON LAS PROPUESTAS PROGRAMÁTICAS

tezanos200116

Después del resultado obtenido en las urnas el 20 de diciembre, un país serio no puede estar entretenido varios días con debates como el del bebé de Carolina Bescansa o las rastas de un diputado. Las incertidumbres e inestabilidades políticas y económicas internacionales no son precisamente asunto de broma, ni permiten que un país como España permanezca a la deriva varios meses ocupado en tonterías, mientras se repiten unas elecciones que verosímilmente van a dar resultados muy similares a los del 20 de diciembre. ¿Hasta cuántas veces será preciso repetir las elecciones para que se obtengan los resultados que les complacerían a algunos?

En este contexto difícil, se empiezan a repetir nuevamente encuestas que posiblemente adolecen de los mismos sesgos que las anteriores, y los eventuales resultados anticipados se utilizan nuevamente como munición para las críticas internas y externas, al tiempo que algunos portavoces de Rajoy vuelven a su consabido estilo bronquista, descalificando a diestro y siniestro a Pedro Sánchez y al PSOE, mientras que su jefe de filas declara (¿con la boca pequeña?) que él desearía una gran coalición (¿a su servicio y con sus conocidos planteamientos?).

Sostener, en este contexto, que Pedro Sánchez es un ambicioso que aspira a gobernar sin haber ganado las elecciones, es un despropósito de un tenor similar a los anteriores, que desconoce que nuestro régimen no es un sistema presidencialista, sino parlamentario, y que el 20 de diciembre nadie ganó las elecciones, sino que todos las perdimos, porque nadie tiene mayoría suficiente para gobernar por sí solo. Y, por lo tanto, resulta imprescindible llegar a acuerdos parlamentarios para consensuar una propuesta programática para los próximos años que sea solvente, viable y respetuosa con la voluntad de los electores. Electores que –no se olvide─ en su mayoría (52%) han votado por partidos de izquierda y en su inmensa mayoría (71%) han apoyado opciones que postulaban expresamente la sustitución de Mariano Rajoy en la Presidencia del Gobierno. A partir de estos datos y consideraciones, ¿tan difícil es empezar por realizar un debate serio y de altura política para ver qué tipo de gobierno se puede formar en España? ¿Tan difícil es centrarse en lo importante y dejar de lado las tonterías de los bebés, las rastas y los peinados, las descalificaciones y las intromisiones y conspiraciones de unos partidos en la vida interna de otros? ¿No es posible un mínimo de seriedad?

De momento, el único líder político que ha adoptado una posición clara y respetuosa con el espíritu y la letra de nuestra Constitución es Pedro Sánchez. Desde la misma noche electoral dejó claro que le corresponde primero a Mariano Rajoy intentar formar gobierno. Pero su postura respetuosa sobre el procedimiento constitucional, y su cortesía política, no implica que él y el PSOE no deban hacer una lectura de fondo de los resultados de las urnas y que actúen en consecuencia, proponiendo algunos de los puntos y propuestas de gobierno en torno a las cuales habría que estar debatiendo en estos momentos, hasta que se verifique formalmente si Rajoy obtiene los votos necesarios en su investidura. O, en su caso, hasta que renuncie explícitamente a intentarlo, una vez que constate que no tiene respaldos suficientes. Quizás incluso ni siquiera entre algunos de sus compañeros y entre los sectores que hasta ahora le han apoyado.

A partir del punto de inflexión que supone la imposibilidad de Rajoy de formar gobierno, el debate fundamental es ¿qué tipo de gobierno puede formarse?, ¿con quién o quiénes? Y, sobre todo, ¿con qué propuestas programáticas? En definitiva, la cuestión clave es: ¿qué se necesita en España en estos momentos?

Si no se quiere poner el carro antes de los bueyes, las fuerzas políticas que han postulado en las elecciones un cambio de gobierno de Rajoy tienen que centrar sus esfuerzos en debatir cuáles son los puntos de sus respectivos programas en los que existen coincidencias de hecho con otros partidos, y en qué otros puntos están

dispuestos a hacer concesiones y transacciones para llegar a espacios de encuentro y a propuestas de gobierno que respondan eficazmente a lo que demandan los ciudadanos y a lo que en este momento se necesitaría hacer. Y en algunos casos se necesita hacer perentoriamente, sin grandes dilaciones.

Por lo tanto, todos debiéramos contribuir, en la medida de nuestras posibilidades, a que el debate postelectoral se centre en lo que verdaderamente es importante, al margen de ocurrencias, curiosidades y ruidos extemporáneos. En este sentido, es evidente que los medios de comunicación social tienen mucha responsabilidad en la tarea de “dejar de lado” los espectáculos y rabietas personales (más o menos fingidas) para dar paso a la Política, con P mayúscula, asumiendo que la campaña electoral se ha acabado y ahora es el momento de sentarse, clavar los codos y evaluar con el máximo rigor y altura de miras qué es lo que se puede y debe hacer a partir del actual reparto de escaños en el Parlamento.

Si de verdad se es capaz de anteponer las necesidades reales de tantas personas que lo están pasando mal y que no ven horizontes para sus vidas y las exigencias políticas y económicas derivadas de la situación actual de España, es evidente que podríamos empezar por identificarse bastantes metas y propuestas alcanzables. El documento de ocho puntos aprobado en el último Comité Federal del PSOE y los ulteriores desarrollos y concreciones presentadas por Pedro Sánchez podrían ser un buen punto de partida para avanzar hacia aproximaciones imprescindibles, en el buen entendimiento de que ahora todos tenemos que ser capaces de ceder un poco, sabiendo que es mucho lo que todos podemos ganar si somos capaces de anteponer lo imprescindible y posponer lo particular y accesorio. Empezando por los “espectáculos”.

En situaciones difíciles y complejas es, precisamente, en las que se puede verificar quién es quién en la vida política, y qué líderes tienen capacidad y voluntad de actuar como verdaderos hombres de Estado, con visión de futuro y generosidad personal, puesta al servicio de los intereses generales de España y, sobre todo, de los sectores que más lo necesitan. Algo que ya está empezando a verse en el panorama político actual.