EL DEBATE POSTELECTORAL (II). RAZONES SOCIOLÓGICAS DE FONDO QUE EXPLICAN LA ACTUAL FRAGMENTACIÓN ELECTORAL EN ESPAÑA

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La semana pasada analizábamos los escenarios más plausibles de una eventual repetición de las elecciones generales en España, atendiendo a los efectos de las variables políticas que se han reflejado públicamente y a los movimientos internos que han tenido lugar en los partidos, llegando a la conclusión de que, hoy por hoy, en unas nuevas elecciones generales ningún partido –ni eventuales coaliciones entre próximos─ llegaría ni de lejos a superar la barrera de los 176 escaños necesarios para formar un gobierno estable y mínimamente coherente. Lo cual es debido, sobre todo, a que, tanto en el campo general de la izquierda como en el de la derecha, lo que puede perder cada uno de los cuatro grandes partidos políticos lo ganaría otro partido de similar tenor, en un juego de reequilibrios cruzados bastante simétrico. Así que, al final, ni los escaños PP-Ciudadanos, ni los de PSOE-Podemos (sin coaligados) serían suficientes para formar gobiernos mayoritarios. Con lo cual, varios meses después, y con mucho más crédito perdido y más deterioro económico y social general, estaríamos nuevamente como al principio. Todo ello, siempre y cuando no se produzcan en España acontecimientos de gran calado político, que sensibilicen especialmente a la opinión pública, ya sean en el contencioso secesionista, o en cualquier otro de gran envergadura.

Más allá de la eventual incidencia de acontecimientos extraordinarios y de la posibilidad de unos previsibles moderados reequilibrios internos entre los dos grandes bloques políticos, ¿qué razones de fondo existen para que no resulte verosímil prever a corto plazo una modificación apreciable de la situación electoral plasmada en las urnas el pasado 20 de diciembre?

La razón principal estriba en lo que está ocurriendo social y laboralmente en España, y en los efectos electorales erosivos causados por las políticas practicadas por los últimos gobiernos del PSOE y del PP, respectivamente.

Con unas tasas de paro y precarización laboral que son insostenibles, con un aumento de la pobreza y la exclusión social tan notable, con tantas incertidumbres e inestabilidades económicas y financieras, con un deterioro de las condiciones de vida de muchas familias (también de clase media) y una falta de horizontes sociales para muchos jóvenes, se ha compuesto un panorama sumamente crítico sin que algunos de los que han gobernado durante los 5 ó 6 últimos años hayan parecido enterarse de que nos encontramos ante una situación de auténtica emergencia social.

En este contexto, un buen número de ciudadanos se han sentido postergados y abandonados por unas élites de gobierno ensimismadas y/o resignadas –en su caso─ a practicar unas políticas de gran dureza y considerable insensibilidad social, que aunque han beneficiado a determinados sectores sociales y económicos, posibilitando una cierta recuperación, han perjudicado y precarizado a muchas personas, sobre todo jóvenes, conformando auténticas sociedades divididas, con ganadores y perdedores a gran escala muy nítidamente delimitados.

A partir de tal evolución social, era inevitable que en la sociedad española surgieran protestas, desafecciones y disidencias políticas, que han afectado de manera especial a la estructura de partidos preexistentes, que han tenido que gestionar una situación muy complicada social y humanamente.

Lógicamente, el partido que más ha sufrido el desgaste ha sido el PP, como principal defensor de las políticas duras y antisociales que se han llevado a cabo. Su extraordinario retroceso en votos y escaños no es coyuntural y transitorio, sino que obedece a la falta de sensibilidad social que ha mostrado, y a su fracaso –o renuncia─ a ofrecer alternativas razonables de bienestar y mejora social para las grandes mayorías de la población. Además, muchas de sus políticas han sido llevadas a cabo con una arrogancia, dureza y agresividad que no solo las han convertido en más despiadadas, sino en algo innecesario y contraproducente para su popularidad. Es decir, el problema es que el PP de Rajoy ─que cada vez ha recurrido más a portavoces y candidatos de perfil bronquista─ se ha hecho sumamente impopular para amplios sectores del electorado; por lo que, a pesar de todos sus enormes apoyos publicitarios y mediáticos, no ha podido lograr más que un 28% de los votos. Y sin aliados posibles, ya que nadie quiere quemarse ante sus electores, apoyando ahora a quien tan ineficaz y arrogantemente se ha comportado desde las esferas de gobierno.

Consecuentemente, una parte de su anterior electorado más inclinado hacia el centro se ha desplazado hacia Ciudadanos, dando lugar a que sus pérdidas electorales dejen de ser coyunturales para convertirse en estructurales. Es decir, el mapa electoral se ha debilitado y fragmentado en los espacios de la derecha y el centro, debido a una crisis profunda de representatividad, que no se disipará hasta que en el PP no se entienda la gravedad de la situación social, así como la necesidad de políticas más humanas y sensibles. Y hasta que no surjan nuevos enfoques y nuevos liderazgos. Lo cual no será fácil.

En definitiva, todo esto implica que en el campo de la derecha –hoy por hoy nítidamente minoritario en España─ no habrá grandes cambios si se repiten las elecciones. Todo lo más, algún reajuste de voto útil respecto a Ciudadanos, con una suma conjunta de escaños bastante similar a la del 20 de diciembre de 2015.

El PSOE también ha sufrido los efectos de la erosión social, con el recuerdo aún fresco de los últimos años de gobierno de Rodríguez Zapatero, que Pedro Sánchez ha tratado con suma elegancia desde que fue elegido Secretario General del PSOE; sin su apoyo, por cierto.

En las nuevas condiciones sociales, una parte apreciable de las personas que lo están pasando mal –algunos muy mal─ han dejado de confiar en el PSOE como el partido que más y mejor defiende –ha defendido─ los intereses y necesidades de los sectores más débiles de la sociedad. A medida que se ha incrementado el número de españoles que piensan que tienen poco que perder y que no ven horizontes razonables para sus vidas, ha aumentado la radicalización política y los distanciamientos respecto a los planteamientos más moderados y posibilistas del PSOE, encarnados, sobre todo, por líderes y cuadros políticos y administrativos vinculados a etapas anteriores del PSOE. Líderes y cuadros que durante los últimos años han sido sometidos a grandes presiones por parte de los poderes económicos y mediáticos para que apoyaran y sustentaran unas políticas de corte tan moderado y tan alejado de los enfoques socialdemócratas, que al final han sido una auténtica trampa electoralmente autolimitativa, abocando a este partido a un debilitamiento que merma su papel como sujeto político destacado; mientras que han emergido paralelamente otros sujetos políticos más radicales y más imprevisibles que se benefician del descontento social existente.

En este sentido, la dificultad del nuevo PSOE liderado por Pedro Sánchez para sintonizar con esa parte del electorado postergado socialmente no se ha debido a estar poco conectado a las prácticas y enfoques anteriores, sino todo lo contrario. Es decir, la dificultad ha consistido en no desvincularse suficientemente de la última etapa de gobierno de Rodríguez Zapatero y de las viejas prácticas clientelares y partitocráticas desideologizadas que están arraigadas en determinados territorios.

Por eso, al final, ha acabado cristalizando un nuevo electorado a la izquierda del PSOE, plausiblemente con carácter también estructural y no meramente episódico y coyuntural. Esta cristalización podría haberse dado en torno a la vieja IU, pero lo cierto es que lo ha hecho en torno a una fuerza política nueva –o inédita y todavía no “quemada”─ como Podemos, sin que aún sepamos qué papel está dispuesto a jugar realmente este partido político. Ni cómo piensa hacerlo.

Todos estos factores han dado lugar a un nuevo mapa de las representaciones político-electorales que no parece que vaya a modificarse a corto plazo si no desaparecen las circunstancias sociales y laborales negativas que lo han alimentado y potenciado, tanto debido a la incapacidad de los líderes actuales del PP para asumir la necesidad de políticas sociales, como a causa de las ambigüedades y debilidades del PSOE en su última etapa de gobierno; y sobre todo debido al surgimiento desde la base de nuevos partidos políticos que han ocupado los espacios electorales que previamente habían abandonado el PP (hacia el centro) y el PSOE (hacia su izquierda). Por eso, aunque las fuerzas de izquierdas han tenido en su conjunto el apoyo del 52% de los votantes en las elecciones del 20 de diciembre, su fragmentación y los riesgos de falta de entendimiento hace que su posición efectiva sea más débil.

Al final, han acabado aflorando y asentándose unas tendencias socio-políticas que eran perfectamente previsibles y sobre las que desde estas páginas y desde la revista TEMAS veníamos advirtiendo desde hace tiempo. Y lo han hecho con cierta contundencia. De ahí que la eventual repetición de unas elecciones acabará dando lugar a unos resultados muy similares a los del 20 de diciembre, mientras persistan las causas sociales que los propiciaron. La modificación de esas causas no es tarea de dos días, ni un asunto de mero reciclaje de liderazgos, sino una cuestión de fondo que requiere inteligencia política y capacidad para anteponer la sensibilidad social y los intereses generales de España, promoviendo un gobierno con suficiente sentido común, fuerza, credibilidad y coraje como para ir al fondo de los problemas que más preocupan a la opinión pública. Eso sí que lo entenderían los españoles. Y, desde luego, no entenderían que no se intentase, o que se dificultaran a priori las iniciativas de diálogo y negociación orientadas, precisamente, a procurar ser fieles a lo que han votado mayoritariamente los españoles el 20 de diciembre.