EL DEBATE POSTELECTORAL (I). REPETIR LAS ELECCIONES ¿PARA QUÉ?

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La rapidez con la que algunos analistas y líderes políticos han llegado a la conclusión de que en España no queda más remedio que repetir las elecciones generales revela que no han entendido bien lo que ocurrió el 20 de diciembre.

¿Alguien piensa en serio que la repetición de las elecciones va a producir resultados diferentes a los del 20-D? ¿Es posible que en una segunda ocasión algún partido supere la barrera de los 176 escaños que garantizarían un gobierno estable? Y si no es así, ¿habrá que pedir una tercera repetición de las elecciones?

Me gustaría encontrar alguien que fuera capaz de convencerme con argumentos racionales y realistas de que alguna de estas preguntas tiene una respuesta positiva.

Desde luego, tienen razón los que sostienen que la situación política en España se ha tornado muy complicada y que va a resultar difícil conformar un gobierno mínimamente coherente y estable. Pero, eso es lo que han votado los españoles, y es prácticamente lo mismo que volverían a votar si se repitieran las elecciones, por muchas veces que estas se vuelvan a realizar.

Por lo tanto, no queda más remedio que aceptar los hechos como son (principio de la realidad) y trabajar de la manera más inteligente y abierta posible para obtener el máximo provecho político de la nueva situación (principio de complejidad). De alguna manera, el tránsito de la infancia a la adolescencia y a la madurez pasa por asumir estos dos principios (el de la realidad y el de la complejidad) y entender que las cosas no son siempre como a nosotros nos gustaría que fueran y que, ante esto no queda sino adaptarnos y evitar caer en el aturdimiento y en el intento de buscar “culpables” y “chivos expiatorios” a los que responsabilizar de la evolución adversa de las circunstancias.

Consecuentemente, hay que asumir que en España se necesita transitar hacia una nueva fase de madurez en el plano político. Esto es algo de lo que se pueden dar perfecta cuenta todos aquellos líderes regionales españoles que fueron investidos Presidentes de sus Comunidades Autónomas con los votos de diputados de otros partidos políticos, bien Ciudadanos, bien Podemos. En el caso del PSOE, tal circunstancia se ha dado en Andalucía, Asturias, Castilla-La Mancha, Extremadura, Comunidad Valenciana y Aragón. Es decir, se está constatando en casi todos los lugares que el PSOE no tiene en estos momentos votos suficientes como para gobernar por sí solo. Lo que se ha plasmado en dificultades para aprobar los presupuestos que los respectivos Presidentes/as presentan a sus Parlamentos regionales. Y en Andalucía, en particular, en una experiencia anterior de Susana Díaz de gobierno de coalición con Izquierda Unida, que se saldó de manera conflictiva.

Partiendo de estos hechos irrefutables, es comprensible que haya causado bastante extrañeza entre la opinión pública el revuelo que se está armando en el PSOE, precisamente por parte de algunos de los que están padeciendo en carne propia las consecuencias y los efectos sobre la gobernabilidad causados por la fragmentación electoral. ¿Por qué no se reclama también una repetición de elecciones en sus Comunidades Autónomas con nuevos candidatos/as?

Si se repitieran de nuevo las elecciones generales, ¿cuáles podrían ser los cambios más verosímiles? Posiblemente, el efecto más notable sería el causado por el enfado e incluso la irritación de bastantes ciudadanos que no entenderían tal descalabro apriorístico y la renuncia –o fracaso─ en llegar a acuerdos, debido a la escasa disposición a transigir y pactar para formar un gobierno de coalición, que es lo que ellos han pedido con su voto diversificado en las urnas. Por lo tanto, en unas nuevas elecciones es harto posible que aumentasen los votos blancos y nulos y la abstención crítica y desengañada. Es decir, la repetición de las elecciones supondría un cierto fallo del sistema político como tal; con todo lo que ello implica.

Plausiblemente, ante unas nuevas elecciones, el partido más beneficiado sería el PP (con Rajoy o sin Rajoy), ya que una parte del voto de Ciudadanos podría acabar recalando de nuevo en su partido-madre, una vez que se ha demostrado en las urnas que Ciudadanos no tiene fuste suficiente como para ser una auténtica alternativa de gobierno. Pero, considerando los magros resultados obtenidos por Ciudadanos no es mucho lo que el PP podría obtener por esta vía. Quizás, 10 ó 15 escaños más como mucho. Con lo cual el PP se quedaría –todavía─ bastante lejos de tener suficientes votos como para formar gobierno. Con el agravante de que su único aliado posible (directo o indirecto) perdería los escaños que ellos podrían ganar, de forma que la eventual suma de los dos se continuaría quedando por debajo de la suma de 170 escaños (como mucho).

En este contexto, Ciudadanos sería uno de los principales perdedores en unas elecciones repetidas, quedando virtualmente eliminado de la competencia por hacerse un hueco en los espacios de centro. Igual que ocurrió con el CDS de Adolfo Suárez en su día. Por lo tanto, la única posibilidad inteligente de sobrevivencia de Ciudadanos consiste en distanciarse todo lo que pueda del PP durante los procesos de debate y negociación en los intentos por formar gobierno. Pero, aún así, si las elecciones se repiten tendría muy difícil no entrar en una fase de decadencia.

El caso del PSOE podría ser mucho más catastrófico si se celebran de nuevo elecciones a corto plazo, sobre todo si persiste el revuelo que se organizó en torno al último Comité Federal, si se multiplican los signos de disidencia interna interesada y si algunos líderes autonómicos logran meter a este partido en una nueva pugna desideologizada y sin sentido por el liderazgo. Si el PSOE se dedica a peleas internas durante un período político tan delicado como el que se avecina, es inevitable que la imagen pública que sus votantes reciban sea la de un guirigay de baja estofa, con una lucha descarnada por el poder interno. De hecho, los primeros costes de este proceso ya se han producido. Y si se celebrase un Congreso en mitad de la situación de inestabilidad de gobierno que existe, el PSOE perdería mucha credibilidad y quedaría totalmente fuera del foco de los esfuerzos por intentar encontrar solución a los problemas del interés general de España. Y si, además, se intentara reemplazar, mediante movimientos internos poco transparentes, a Pedro Sánchez, prescindiendo del sistema de primarias actualmente establecido, entonces la catástrofe interna podría ser de dimensiones históricas. De forma que España perdería –virtualmente─ a un partido que ha cumplido un papel fundamental como vertebrador positivo de una parte importante de la sociedad. ¿Quién vertebraría y representaría a esa parte de la sociedad en el nuevo escenario plausible que se dibujaría entonces? ¿Caminaríamos por esta vía hacia nuevas confrontaciones y desencuentros históricos de amplio alcance?

La responsabilidad del PSOE en estos momentos es, pues, enorme y, de momento, nada permite pensar que con un nuevo candidato o candidata, surgida atropelladamente por esta vía, el PSOE podría tener más votos que el 20 de diciembre, sino más bien todo lo contrario. En cualquier caso, hace falta tener una mentalidad muy milagrera –o simplista─ para pensar que el PSOE podría acercarse a corto plazo a la cifra de los 176 diputados necesarios para formar un gobierno monocolor estable. Y ya no estamos considerando encuestas sospechosas de estar manipuladas y sesgadas, sino hechos reales verificables.

Hablemos, pues, en serio y aquellos que piensan que lo mejor –o lo imprescindible─ es repetir elecciones que empiecen por explicarnos cuáles son las ventajas para el PSOE y para España de repetir elecciones, más a allá de ver satisfechas las ambiciones de liderazgo de cada cual. Sean estas legítimas o no, que esa es otra cuestión.

Lo cierto es que los electores socialistas no ven en estos momentos un problema real de liderazgo en el PSOE, ni déficits de democracia interna. Pedro Sánchez fue elegido Secretario General en julio de 2014 de manera indiscutible (con casi el 50% de los votos y 14 puntos de ventaja sobre el siguiente candidato) en un proceso de primarias internas totalmente abierto, fue ratificado después en un Congreso Extraordinario celebrado hace poco más de un año (en julio de 2014), presentó su candidatura en julio de 2015 a unas nuevas primarias para elegir al candidato a Presidente del Gobierno, a las que nadie más se presentó; y todo el mundo sabe quiénes han competido internamente con él durante los últimos tiempos, no habiendo logrado superarle en apoyos internos. Por lo tanto, lo que los españoles han visto –y ven─ no es un déficit de democracia interna en el PSOE y una escasez de apoyos a Pedro Sánchez, sino todo lo contrario, y no entienden –no pueden entender─ que otros líderes alternativos vuelvan a la carga de nuevo en estos momentos y, mucho menos, que no pueda esperarse unos meses para celebrar un nuevo Congreso del PSOE (ordinario), cuando ya se celebró recientemente otro Congreso (extraordinario) y se eligió una nueva Comisión Ejecutiva Federal hace poco más de un año. Tantas prisas, tantas elecciones internas y tanta inestabilidad organizativa por parte de los mismos, desde luego, no es la mejor tarjeta de presentación para que los votantes potenciales del PSOE vuelvan a confiar de nuevo en este partido centenario. Sino todo lo contrario. ¿Tan difícil es de entender?

A partir de esta dinámica, otra de las fuerzas políticas que podría salir beneficiada con una repetición de las elecciones es Podemos. Aunque esto no es seguro y dependerá en buena medida de que este partido persista en su empeño de anteponer su agenda de “comprensión secesionista” a su “agenda social”, que ha sido la principal razón operativa para la obtención de sus apoyos fuera de los territorios en los que ha concurrido en coalición con diferentes fuerzas de orientación más secesionista. Por lo tanto, si Podemos abandona –o posterga─ el terreno de la izquierda social, es posible que el electorado resistente de IU no acabe apoyando a Podemos en unas nuevas elecciones, sino que más bien algunos electores vuelvan a IU, o a su nueva presentación, como fuerza genuina de una izquierda social radical. Y lo mismo podríamos decir de los electores desengañados del PSOE –y no digamos con eventuales nuevos candidatos/as─ que en este caso se irían más bien a la abstención.

Junto a todo esto –obviamente─, existen también causas sociológicas, laborales y económicas de fondo, sobre las que volveremos la próxima semana, que refuerzan la impresión de que la repetición de las elecciones produciría un resultado práctico muy similar al actual, en lo que se refiere a las posibilidades de formar un gobierno monocolor estable. Con lo cual, podríamos entrar en una secuencia interminable de repeticiones, desgastes y deterioros en cadena. ¿Hasta cuándo?

Y, si esto es así, algunos nos tendrían que explicar por qué sostienen que no hay más salida que repetir las elecciones. ¿Hay alguna razón –oculta a las mentes ingenuas─ para sostener tal criterio? ¿Por qué y para qué se quieren repetir las elecciones? Seamos serios, por favor.