EL BOBO MIRA EL DEDO

frutos210716

Entre formaciones de mesas parlamentarias, votos no explicados y pactos en la oscuridad, en nuestra política se nos va escapando el día de lo que circunda a nuestro alrededor y su dimensión para un futuro que cada día que pasa es más presente.

Una Europa que se va rompiendo institucionalmente y fragmentando políticamente, en la que deja de tener valor la vida humana y no nos estremecemos al saber que una mañana aparecen más de veinte cuerpos sin vida flotando en el Mediterráneo; cuando los líderes europeos se aprestan a apoyar al Presidente Turco ante un confuso golpe de Estado que está produciendo una depuración civil difícilmente justificable, como la de millares de enseñantes; donde el drama sirio ha pasado a segundo plano; y además contemplamos, como si la cosa estuviera lejana, la posible victoria en noviembre como Presidente de los EE UU de un personaje a quien oírle hablar da escalofríos de pensar en quién puede ponerse al frente del vigía de Occidente. La cosa es para preocupar.

Y en todo este contexto seguimos sin ser conscientes de que cada vez es menor el margen para poder reaccionar eficazmente en la guerra contra el yihadismo y sus avances son continuos y letales. Estamos inermes y ya no necesitan armas convencionales para causar muerte y terror. Evidenciamos que sólo nos parece que hay que ocuparse de la cuestión cuando se producen víctimas en un entorno cercano, nada de lo que pasa fuera del perímetro occidental parece generarnos la misma repulsa.

Los análisis geopolíticos realizados pueden llenar una nueva biblioteca de Alejandría y ser nuevamente quemada, pues no sirven para encontrar el punto desde el cual se construyan las certidumbres de acción para enfrentarse a una guerra sin declaración, frentes y estrategias de combate. Las redes sociales, los periódicos, las televisiones hierven de gestos de condolencia y pesar. Los gobiernos se reúnen en sus comités de crisis y se intercambian mensajes de solidaridad y ayuda. Ahora bien, no se toma conciencia de que las guerras, y esta menos, requieren modificar sustancialmente los métodos de lucha. Una lucha integral y multipolar, pero no semántica, sino real.

La Europa de los años treinta del siglo pasado no supo ver venir lo que podía significar el ascenso de los regímenes totalitarios, tras los locos veinte y la crisis económica en los EEUU y en Europa, cuando quiso reparar en ello ya era demasiado tarde y más de 60 millones de personas perdieron su vida. No es fatalismo, es historia de la que debemos aprender.

Está faltando, entre otras muchas cosas, una especie de Conferencia de Casablanca [1] que siente a los gobernantes mundiales para planear una estrategia aliada contra el yihadismo. Y es importante que sea una estrategia común, que asuma una acción coordinada del combate en los diferentes polos en los cuales es necesario actuar. Para ello es obligado hacer una rigurosa autocrítica sobre en qué han errado los gobiernos occidentales y en qué se siguen equivocando. También es importante rectificar en lo que se dice y cómo se dice a la población, pues nadie dudará ya que en esta guerra y en todas sus consecuencias derivadas estamos implicados todos. Como en las convencionales, el esfuerzo solo es pleno y con garantía si la ciudadanía sabe en qué está involucrada, qué se espera de ella y qué puede esperar de sus gobernantes.

A nadie se le ocurrió decir mientras las bombas caían sobre Madrid, Londres y tantas ciudades europeas que nadie haría cambiar su forma de vida, cada obús sobrevolando las cabezas estaba dando al traste con los proyectos vitales y las esperanzas.

No es una apelación a ponerse dramáticos, es un llamamiento a ser responsables. A superar las lógicas partidarias y electoralistas que hoy están presidiendo Europa y de la que España es un buen reflejo. Es dejar de jugar con la gasolina y el mechero a la vez. Es consensuar los grandes temas del alba hasta el alba, mostrando fortaleza y claridad de lo que se está haciendo. La voluntad y la capacidad del acuerdo van a determinar quién está en el sistema y quién fuera de él.

Como diría Kelsen, en este momento el interés general sólo se puede alcanzar en el entendimiento entre mayorías y minorías para evitar que el sistema que decimos defender, tanto en Europa como en España, entre en caída libre. Hoy adquiere pleno sentido el dicho: “El sabio señala la luna y el bobo le mira el dedo”. No seamos bobos, busquemos la sabiduría e iniciemos el camino para salir del marasmo.

[1] La conferencia de Casablanca fue el primer encuentro entre los aliados en la II guerra Mundial, se celebró  del 14 al 24 de enero de 1943 y su objetivo era planear una estrategia europea para el funcionamiento aliado durante la Segunda Guerra Mundial.