EL BÁLSAMO DE FIERABRÁS PARA RESOLVER EL PROBLEMA POLÍTICO

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Me parece un buen homenaje a Cervantes, en la semana de los 400 años de su muerte, que la política española acuda al mejor y único remedio que Alonso Quijano tenía para los grandes males: El bálsamo de fierabrás. El mismo que se utilizó para embalsamar a Cristo. Cuya receta tenía el hidalgo en la memoria y que tomando sólo dos tragos no había que tener miedo a la muerte, incluso si uno era partido por la mitad sólo había que encajar las partes, beber la pócima y quedar más sano que una manzana.

El bálsamo de esta última semana de la efímera legislatura se llama un candidato de consenso que presida el Gobierno y que dé salida a la crisis institucional y al parón del país en que vivimos. Esta solución ya la apuntamos tras el 20D. Unos con su “Juego de Tontos” han confundido poder con Gobierno y han olvidado los intereses generales, poniendo su objetivo en ser los primeros de la oposición. Otro instalado en “El castillo de Naipes” de Moncloa ha creído ilusoriamente que los muros de papel de la fortaleza van a impedir que el río desbordado de la corrupción le manche de lodo. Ambos han torpedeado, desde el día uno, la posibilidad de estabilizar la gobernabilidad de España. Los otros operadores leyeron mejor el partido, pero han pecado de ingenuidad, pecado venial, sin duda, comparado con los otros.

Ahora, con la lucha interna abierta en el PP, Esperanza Aguirre y Albert Rivera se apuntan a usar el remedio para impedir que unas nuevas elecciones y el desiderátum vivido en estos meses den una patada en las partes más blandas de nuestra democracia. Vuelve a ser una opción en los días que quedan. Es la única fórmula viable y constitucionalmente irreprochable, pero creo que las condiciones de ambiente lo siguen impidiendo, aunque ello pueda significar la muerte política de los que lo tienen que posibilitar. El tactismo vuelve a ganar a la estrategia.

Como en este ir y venir de regalos de libros nadie ha reparado en leerlos, olvidaron el consejo del Hidalgo: “advertid, hermano Sancho, que esta aventura, y las a estas semejantes, no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza, o una oreja menos”.

Con voluntad, compromiso y visión de Estado no sería complicado encontrar una mujer o un hombre capaz de dirigir políticamente los destinos de España en los próximos años. Visto lo visto, cualquier ciudadano tendría capacidad para ello, sin líneas de colores y sentido común. Todos tenemos en la cabeza lo que es urgente y lo importante en este minuto. Fórmulas de Gobierno también son múltiples, desde la proporcionalidad hasta la independencia de los gestores elegidos. El programa del Gobierno -como decimos- no sería problema, pero sin este es imposible llevar a cabo la regeneración política, social y económica que nos apremia.

En todo caso, el clamor ciudadano es salir del agujero negro, la solución de encontrar a alguien fuera del Parlamento es tan democrática como dentro y evitaría el deterioro que sí puede terminar teniendo costes democráticos unas nuevas elecciones e incluso conseguir los consensos que hoy parecen imposibles. Las situaciones de excepcionalidad requieren medidas diferentes que no son por ello excepcionales, como nos demuestra la práctica política comparada. El liderazgo de los responsables políticos no quedaría más mermado que si hay que volver a repetir los comicios y además sin la garantía de que esto pudiera significar, dentro de un mes, tener que modificar el comportamiento electoral de los españoles.

Sancho le dijo al Quijote que renunciaba al gobierno de la prometida ínsula si le daba la fórmula del mágico bálsamo. Pues a él, como a la sociedad española, le interesaba más bienestar y cambiar la situación que las cuestiones de gobernación. Alonso reconoció de su vasallo cuando recuperó su cordura, eso sí solo antes de morir, que si pudiera le daría un reino porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece. Al igual que el pueblo español, por las mismas razones, merece no ser sometido a un nuevo proceso electoral.

Sin embargo, el paciente escudero pudo comprobar que ese licor requería la medida justa, pues en exceso tenía dolorosos efectos diarreicos.