EL AUMENTO DEL SINHOGARISMO EN UN MUNDO GLOBAL

Federico Engels en el año 1845 publicaba su estudio sobre la Situación de la Clase Obrera en Inglaterra, en donde describía su surgimiento y analizaba los cambios acaecidos en el sistema de producción por la revolución industrial. Dedicó algunos párrafos a los más desfavorecidos, tanto a los que se refugiaban en albergues o asilos, como a los que dormían literalmente en la calle o en parques públicos:

“En Londres, cada mañana se levantan cincuenta mil personas que no saben dónde podrán reposar la noche siguiente. Los felices, entre ellos, que logran ahora un penny o dos, irán a uno de los llamados albergues numerosísimos en todas las grandes ciudades, donde encontrarán con su dinero un asilo… ¿Y los que no pueden pagarse tal alojamiento? Duermen en donde encuentran un lugar: en los pasajes, bajo arcadas, en un rincón cualquiera donde los propietarios y la policía los deja dormir en paz; algunos se van a casas abiertas, aquí y para allá, por la beneficencia privada; otros duermen en los bancos de los parques, bajo las ventanas de la reina Victoria”.

173 años han transcurrido desde entonces y sigue siendo una problemática humana y social, que desafortunadamente no puede estar de más actualidad. El pasado 15 de diciembre Phillip Alston, relator especial de Naciones Unidas para la extrema pobreza, tras un viaje de varias semanas por California, Alabama, Georgia, West Virginia, Washington DC y Puerto Rico para ver in situ el estado de la pobreza en el país más rico del mundo, declaró a los medios de comunicación internacionales que “el sueño americano se está convirtiendo rápidamente en el espejismo americano”.

Las cifras oficiales sobre la pobreza en los Estados Unidos no dejan lugar a dudas, 40 millones de estadounidenses viven en la pobreza y de ellos 18,5 millones en pobreza extrema. Por otro lado, centrándonos en el sinhogarismo, según un censo realizado en enero de 2017, hay 553.742 personas “sin hogar” (un 1% más que en 2016), particularmente en las 50 ciudades más pobladas. Preocupante es la situación en Los Ángeles (con un incremento del 26% respecto al año 2016) o en Nueva York (con un aumento del 4,1%), a las que añadir Seattle, Washington DC, San José y San Francisco.

Es una evidencia que ha aumentado esta población, y también lo es que crece el número de personas que viven literalmente en la calle (el 75% en ciudades como Los Ángeles o Fresno). Por otro lado, y por primera vez desde 2010 hay más personas mayores, concentrándose su presencia fundamentalmente en la costa oeste. Según una investigación de la Universidad de Chicago, hecha pública el pasado noviembre, 4,2 millones de niños y jóvenes viven en las calles (700.000 adolescentes entre 13 y 17 años y 3,5 adultos jóvenes entre los 18 y 25). La falta de vivienda es uno de los factores exclusógenos determinantes en sus procesos hacia la exclusión social más extrema. Son las familias afroamericanas, los latinos y la comunidad LGBT los más afectados por la exclusión residencial y, consecuentemente, con mayor representación entre este grupo social.

Matthew Doherty, director ejecutivo del Consejo Interdepartamental de Estados Unidos sobre Personas sin Hogar ha declarado recientemente que “El alto costo de la renta y las bajas tasas de desocupación de viviendas están poniendo a más personas en riesgo de caer en el desamparo, y están haciendo cada vez más difícil que las personas encuentren viviendas mientras luchan por salir del desamparo”.

Detrás del aumento tan notable del número de personas que se desenvuelven en la exclusión social más extrema hay una multiplicidad de factores (estructurales, familiares/relacionales, personales y culturales), cobrando especial relieve, desde mi perspectiva, los de naturaleza estructural, asociados a la orientación de las políticas públicas (políticas de vivienda, políticas laborales, políticas de inmigración, políticas de lucha contra la pobreza y la exclusión social, políticas de bienestar social, políticas educativas…).

Bajo el gobierno de Obama, en 2010, se presentó Opening Doors (https://www.usich.gov/opening-doors), el primer plan estratégico federal para abordar el sinhogarismo, que ha conllevado con las medidas acometidas (particularmente, la estrategia de Vivienda Primero y Realojamiento Rápido como ley federal) una disminución del 13,1% de las personas “sin hogar”, básicamente en las ciudades y condados más pequeños.

La reforma fiscal del Presidente Donalt Trump previsiblemente tendrá efectos muy negativos sobre los sectores sociales más empobrecidos y excluidos, pues podría destruir una red pública de por sí frágil. De igual modo, el presupuesto presentado por el presidente para el año fiscal 2018 que recortará el gasto del Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano de Estados Unidos (HDU) en más de 6.000 millones de dólares (15%), daría fin a las ayudas a la vivienda para millones de familias, entre ellas, a las 250.000 que disponen de bonos de alquiler. Según el HDU el número actual de familias en situación de alto riesgo residencial en todo el país es de 8.3 millones. Asimismo, la intención de Trump de eliminar el Fondo Fiduciario para Viviendas, un programa nacional que provee de ayudas a la vivienda a los hogares con menos ingresos, y el nuevo proyecto de ley tributaria del Partido Republicano, que no contempla legislación alguna en relación a la asequibilidad de la vivienda, son pésimas noticias para millones de personas y familias sin recursos.

Si esto acontece al otro lado del Atlántico, la situación en la vieja Europa es también alarmante. Según la European Federation of National Organisations Working with the Homeless (http://www.feantsa.org/download/europe-and-homelessness-alarming-trends3178124453170261721.pdf) en Grecia se ha producido un aumento de un 71% de las personas “sin hogar” desde el comienzo de la crisis, en Bélgica y Luxemburgo de un 34% y un 61%, respectivamente, en Francia de un 50% desde el año 2007 y en España, en los dos últimos años, se detecta un aumento del 8%. Además, es sintomático que este sector social se esté juvenalizando, sirva de ejemplo que en Francia han aumentado en los últimos once años en un 50% las personas “sin hogar” jóvenes, un 50% en el último año en los países bajos y un 28% en los últimos seis años en Austria.

Como podemos comprobar, el mundo que narraba Engels lejos de ser una remembranza del pasado sigue siendo, para vergüenza de cualquier ciudadano de bien en este nuestro mundo global, un hecho cotidiano. Un hecho que en el siglo XXI es fruto de los efectos del declive de la solidaridad, de los procesos de globalización y de un tipo de capitalismo feroz, que produce según Sigmund Bauman “residuos humanos”, a consecuencia “… de relaciones humanas, malogradas, incapaces, inválidas o inviables nacidas con la marca del residuo permanente”. Bauman nos sitúa en la perspectiva de sociedades marcadas por un determinismo radical, que invalida los valores de la igualdad y la justicia y hace del azar el principio rector de lo social, y al que debemos encararnos con fuerza y resolución. Para hacer del azar el principio rector de lo social debemos encararnos con fuerza y resolución.