ECONOMÍA Y SOCIALDEMOCRACIA: NO AL NEOLIBERALISMO

ECONOMÍA Y SOCIALDEMOCRACIA: NO AL NEOLIBERALISMO

El neoliberalismo, dicen algunos –como Samir Amin–, está en estado terminal. Otros –los economistas del mainstream– defienden su persistencia e incluso lo justifican: resulta demasiado difícil escamotearlo, salirse de sus coordenadas. Ante esto, el científico social, máxime si es economista, debe atender a los datos disponibles, para calibrar la trayectoria histórica del fenómeno. Las ideas neoliberales se entienden como las que emanan a raíz de la crisis de regulación keynesiana, dominante desde 1945 hasta el estallido de las dos crisis de la energía, en 1973 y 1979. Sin embargo, la hoja de ruta del neoliberalismo no era nueva, ni improvisada. Hundía sus fundamentos en los trabajos de Von Mises y Von Hayek, como grandes referentes teóricos, y en las investigaciones de Milton Friedman y de la Escuela de Chicago. Esto es bien conocido por el más reciente pensamiento económico. La estanflación, una característica central de las crisis de los años 1970, dinamitaba por completo la curva de Philips y hacía irrumpir la curva de Laffer, y ponía el paradigma económico vigente ante un pretendido fracaso: ahora, el mercado libre debía enmarcar las reglas del juego, y la des-regulación constituía el gran objetivo a alcanzar. Reagan y Thatcher actuaron como sacerdotes máximos de la aplicación de tales premisas: el individuo volvía, firme y seguro, a centrar el núcleo del análisis; la sociedad como ente desaparecía ante el predominio de lo particular, de lo único, esa idea del egoísmo benefactor que remitía al carnicero o al tendero descritos por Adam Smith.

La corriente ha dominado cátedras, palestras de todo tipo, hasta llegar a consolidarse en el discurso político. La desgracia social fue que eso se instaló igualmente en el corpus de la socialdemocracia, noqueada ante el fracaso de las tesis keynesianas y frente a las advertencias constantes del enorme dispendio que significaba mantener el Estado del Bienestar. Otro elemento contribuía al desguace: el hundimiento del bloque soviético, la estrepitosa caída del socialismo irreal, un verdadero capitalismo de Estado que nubló la vista a muchos dirigentes de izquierdas, atrapados ahora ante el ocaso de su ideología. El fin de la Historia se dibujaba, con trazos gruesos, ante la política. Y ante la economía. El nuevo mantra recogía hilados viejos, y tejía un producto hilvanado con una idea medular: sólo el mercado libre podía favorecer el avance económico y, por ende, el social. Esto, unido a la libertad individual y al libre trasiego de mercancías y capitales, configuraba un ideario que disponía de munición abundante: la que proporcionaban los economistas con sus estudios jalonados a partir de modelos matemáticos –una herramienta que les confería una pátina de cientificidad–, de forma que el pensamiento se solidificaba.

La derecha encontró así el gran asidero al que aferrarse con fuerza, tratando de demostrar, mediante sus think tank generosamente financiados, que todo encajaba, que ya no había más alternativa que la descrita, que el capitalismo debía cambiar su rostro para seguir avanzando hacia nuevas cotas que permitieran un mayor bienestar. Los números, sin embargo, dicen otra cosa. En efecto, tanto los datos del PIB como los de productividad, aseveran que entre 1945 y 1970 la economía y la sociedad avanzaron de manera notable en Europa, Estados Unidos y Japón –esto que algunos han calificado como la “tríada” del capitalismo–; mientras desde 1970 hasta 2016, el PIB ha descendido y también lo ha hecho la productividad. La escala planetaria del fenómeno –es decir, incorporando los otros países del mundo a los anteriores espacios– arroja resultados muy parecidos: las tasas de crecimiento económico han ido decayendo desde 1970, y su cómputo global positivo se explica, de manera esencial, por la irrupción de nuevas naciones emergentes –las asiáticas, sobre todo– que tensan al alza las cifras en la generación de renta. En otras palabras: desatar al capitalismo ha consolidado un menor crecimiento económico en relación al período 1945-1970 y, lo que resulta más revelador, no ha mejorado los índices de desigualdad conocidos, según los trabajos más recientes de Atkinson, Milanovic y Piketty. El tema es de profundo debate en las ciencias sociales, con aportaciones de todo tipo y desde ópticas ideológicas dispares; pero, en efecto, los estudios más documentados, con profundidad histórica, constatan que la distribución de la renta se ha hecho más desigual con la ortodoxia neoliberal, con la nueva regulación des-reguladora.

La izquierda se contagió de todo esto. La economía social de mercado, que había hincado sus raíces en Alemania, Francia y otros países centroeuropeos –con los notorios ejemplos, a su vez, de los escandinavos–, cedía paso a premisas que se antojaban más acordes con los nuevos tiempos. Tiempos que debían acomodarse a esa visión más aperturista en las transacciones, menos controladora por parte de las instituciones, más liberal en lo económico pero, a su vez, más rígida y conservadora en lo político y en sus traslaciones sociales y culturales. La gran damnificada en todo ese proceso ha sido la democracia, es decir, la capacidad factible de disentir y de ofrecer alternativas plurales sobre la base de la discusión científica, del contraste de pareceres, de la intromisión de entidades e instituciones. Del capital social, en suma. El mercado y su deificación han arrinconado la democracia: ésta incluso se ha podido presentar como ineficiente, incapaz de asegurar el grado de exigencia que el capital necesita en esta nueva fase de acumulación. La idea de Rawls –un liberal sin mácula– de justicia democrática es ninguneada, a pesar de que Sen nos haya enseñado que democracia, justicia y economía deberían ir emparejadas, recuperando así el viejo libro de Smith sobre los sentimientos morales, aportación poco citada y anegada por la mitología de la mano invisible, la división del trabajo y los procesos de especialización productiva que enlazaba la riqueza de las naciones, el libro seminal del gran escocés. Esto ha perdido la socialdemocracia en el camino para encontrar un nicho de estabilidad ideológica, con el que competir con una derecha política que anudaba sus mensajes simples con otros, igualmente epidérmicos, en el terreno de la economía, pero elevados a la categoría de ciencia única merced a un mainstream imbatible en las facultades de Economía y Empresa. Se enterraba a Keynes, y se ponían todavía más paladas de tierra pesada sobre el ideario de Marx y de los clásicos, incluyendo en ese proceso aportaciones relevantes de algunos de los grandes próceres de la economía marginalista, como Jevons o Marshall. De éstos últimos, se ha leído y explicado lo que convenía, lo que era más propicio para sedimentar la tesis elemental del poder del mercado sin matices, construida con lenguajes algebraicos.

La crisis actual ha baqueteado estos fundamentos, como antes sucedió con el keynesianismo. Sin embargo, los fallidos recetarios del neoliberalismo –reconocidos por el propio Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y, hace poco, por el Foro de Davos– siguen siendo la brújula de los economistas y de los políticos, que acuden a los primeros para encontrar discurso y argumentos; eso que hoy denominamos relato, una construcción de moda que trata de simplificar la complejidad de las relaciones sociales. Los economistas dominantes persisten en la retórica del mercado, a pesar de las equivocaciones cometidas –tal y como ha demostrado recientemente Roncaglia, en un libro aleccionador–, y siguen condenando a la hoguera a quienes se atrevan a matizar los resultados obtenidos, bajo la grave acusación de ser heterodoxos. El acceso de éstos a la comunicación de sus ideas es comparativamente escaso, en relación a los vencedores, quienes tienen el dinero, las cámaras y los focos, los medios y el reconocimiento académico. Los socialdemócratas han sucumbido a este encanto, de manera que han privilegiado esto tan etéreo y al mismo tiempo tan identificable, como es el mercado, por encima de la democracia, otro concepto que igualmente puede ser abstracto, pero a la vez bien tangible.

La base del mensaje es nítida: no es posible ejercer más política económica que la que surge de la microeconomía neoclásica. Cualquier otro sendero está condenado a la derrota. El ejemplo que se arguye son las economías planificadas del Este de Europa, presentadas como si se tratara de reales economías socialistas: ejemplos evidentes de que eso no sólo no es ineficaz, sino que es socialmente lesivo. La economía que se aplica nace de la visión microeconómica a partir de modelos que computan pocas variables, adornadas de gran pirotecnia econométrica con la que se pretende demostrar la solidez de las conclusiones. Así, ciertos niveles de inflación son percibidos siempre de manera negativa, los déficits públicos se observan como rémoras invariables, los endeudamientos se califican como nefastos y el gasto público –sobre todo el social– se define como inútil y poco productivo. Se defiende el final de los ciclos económicos, unas realidades que fueron seriamente analizadas históricamente por Jutglar, Kitchin, Kondratieff y Schumpeter, entre otros –amén de la propia escuela austríaca–, todo en la órbita acientífica del final de la Historia, teorizado por Fukuyama. Todo puede parecer una broma. Pero es lo que domina el grueso de la economía como ciencia social, una disciplina que ha huido de un componente holístico crucial, que siempre habían cultivado los grandes economistas, para incurrir en algo tan inaceptable como impropio: creerse la Física de las ciencias sociales.

Los economistas no hemos aprendido de esas otras ciencias duras. Éstas pasaron por trayectorias de renovación constante, de auscultación pertinaz de sus entornos, hasta configurar un corpus heterogéneo y dinámico. Los físicos adoptaron la termodinámica de Carnot junto a sus preceptos newtonianos; los químicos evaluaron los avances de Lavoisier y sus nuevos descubrimientos que albergaban el nacimiento de la química moderna; los biólogos consolidaban la perspectiva de Darwin junto a los frontispicios teóricos de Lamarque; mientras los economistas cerraban las ventanas de sus despachos, temerosos de contaminarse con lo que estaba sucediendo a su alrededor. La pretensión no fue otra que santificar sus ideas por medio de las matemáticas, que ofrecían a una ciencia social capacidades nuevas con las que tratar de explicar las tesis –algunas preconcebidas– que se tenían. Esto permitía al economista, un científico social, alejarse del objeto básico de su estudio: la sociedad. Este complejo de inferioridad epistemológico ha hecho prisioneros a los expertos en economía: los números y sólo ellos actuarían como iconos totémicos, que subrayarían las conclusiones de los trabajos. La construcción de modelos aparecía como la senda a recorrer: modelos que confirmasen lo que se quería demostrar. Modelos que ajustaran la realidad a ellos mismos, sin importar cómo, con la ayuda inestimable de las fórmulas y las regresiones. Soy consciente de que esto puede parecer una caricatura; pero las caricaturas suelen acercarnos a los contornos reales de los personajes que retratan.

Estos fundamentos teóricos, ideológicos, son los que marcan la pauta hoy en día. Es indiferente si la evolución histórica nos enseña que tales aplicaciones fueron un error. No importa: esto es la ciencia a desarrollar, a implementar, la única válida, los únicos parámetros a tener en cuenta. Los mercados y sus libres evoluciones, cuanto menos controlados más eficientes, en los que los mejores son los que acaban triunfando ante el pasmo y la desesperación de los débiles, incapaces de adaptarse a unas reglas que son científicas y, por tanto, no discutibles. Y todo esto ha bañado las esencias de la socialdemocracia, que se ha visto abocada de forma onerosa a trasquilar sus antiguos ideales –los que supusieron justamente el avance de la humanidad europea– para adaptarse a la jungla de la competitividad, la productividad…y la mayor explotación. Porque competitividad y productividad son conceptos que deben ser cuidadosamente expuestos en contextos precisos. Lo contrario conduce a un precipicio irremisible: la flexibilidad de los salarios, la contracción de las contrataciones, el aumento del paro. Abogar por aumentar competitividad y productividad es importante; pero urge cualificarlo con claridad, toda vez que su enunciado sin calificativos concretos acaba por sorprendernos. Entre los sorprendidos, los socialdemócratas y los sindicatos, que muchas veces han aparecido, boquiabiertos, ante pésimos resultados sociales tras tragarse, acríticamente, las soflamas de la competitividad y la productividad. La historia económica adiestra mucho. Pero suele olvidarse.

La socialdemocracia no tiene porqué inventar la pólvora sorda, ni nuevos relatos que traten de enardecer a las masas. Sería suficiente con que recuperara sus viejos idearios de justicia, democracia y equidad que dejó en el desván, a fuerza de ponerse los ropajes de un neoliberalismo que cantaba las excelencias de los grupos de individuos buscando su propio provecho, mientras el Estado debía cubrir los trabajos de Defensa y orden, y poco más. El resto: ¡al mercado! Cuando hoy en día se escriben reflexiones profundas sobre la crisis de la socialdemocracia y la pérdida de sus señas de identidad, se trata de incitarla, muchas veces, a que aprenda de los nuevos movimientos políticos, de esas fuerzas emergentes que parecen traer una savia de nueva política, formas diferentes de trabajar la cosa pública y las relaciones sociales. Pero quizás la clave radica en el pasado más que en un futuro que no sabemos descifrar, porque es imposible. Aquí, la historia económica y la historia social proporcionan datos ilustrativos, que remiten a otros momentos en los que las clases populares avanzaron con decisión a partir de la aplicación de políticas públicas redistributivas: fiscalidades progresivas, programas de inversiones, apuestas claras por el conocimiento y la ciencia, salarios reales solventes, solidaridad inter-generacional, cooperación entre los Estados, gobernanzas políticas escuchando agentes económicos y sociales. Sin pretender la mitificación histórica, esto se consiguió entre 1945 y 1970, con datos sociológicos y económicos en la mano. Y, evidentemente, el desarrollo capitalista está comportando nuevos retos de futuro que ya se han hecho bien presentes: las dislocaciones ecológicas, el envejecimiento de la sociedad, el incremento del paro juvenil, la mayor inserción de la mujer en los mercados de trabajo, la nanotecnología, la automatización productiva, elementos que dibujan ya con nitidez los desafíos de la nueva revolución industrial. Aquí los hilados son nuevos, pero la acción de tejer debería recordar cómo se hizo antes: con qué premisas, con cuáles objetivos, sobre qué ideario. La socialdemocracia tiene experiencia histórica, aportaciones teóricas, ejemplos prácticos y recorridos identificables que no tiene el neoliberalismo. Pero éste aparece como universal, como perenne, como “adanista”. La economía liberal que escribieron Smith, Ricardo, Mill y otros, y que perfeccionaron con obras magistrales Jevons y Marshall, hasta culminar en Keynes, tiene poco que ver con el neoliberalismo que consolida su omnímodo poder en el grueso del pensamiento económico actual. Diría más: no estoy seguro que el propio Von Hayek estuviera muy satisfecho con la utilización de su nombre y obras para bendecir las políticas neoliberales de Reagan y Thatcher y otros aventajados discípulos, habida cuenta el papel que en sus gobiernos tuvo, precisamente, la figura del Estado, la inversión pública –en particular, en el campo armamentístico– y en la generación de draconianos déficits públicos y comerciales. La fortaleza teórica de la socialdemocracia es, a mi entender, clara. El problema es que los socialdemócratas deben creerlo, a partir de la visión histórica y de la adopción de esos nuevos retos a los que me refería.

La llegada al poder de Donald Trump abre un nuevo período, que algunos ya califican, en tono apocalíptico, como diferente e inquietante. Pero Trump y su ideario son más de lo mismo: neoliberalismo en estado puro, todavía más intenso que sus predecesores. Ahora, se defiende sin ambages la ruina de la democracia, un experimento inservible para la nueva era. Los fascismos europeos se han aprestado a mesarse los cabellos y a estar presentables, una vez más, sin caretas ni artificios: frente a las veleidades democráticas, el poder de los mercados, de los fuertes, de los triunfadores, de las razas superiores. Este desastre debiera ser un acicate para la socialdemocracia: lejos de actuar camaleónicamente ante la verborrea populista, las armas son las que todavía se hallan en el desván, el ideario que hizo avanzar la Europa social y que se debe presentar con un envoltorio inteligible. Un lenguaje de clase que se ha perdido en aras de una mixtificación ideológica y social que ha despojado de referencias identificables. Y que en muchas ocasiones ha sido adoptado por los adversarios: Trump, Le Pen, especialmente, han utilizado y utilizan una jerga social lanzada para confundir, con mensajes simples y contundentes (más trabajo, más seguridad, mejores salarios, más bienestar) mezclados con fraseologías xenófobas y racistas, convenientemente aderezadas para ser consumidas por las masas. Esta derecha extrema se ha apropiado de parte de ese lenguaje socialdemócrata, a sabiendas de que no es más que un mero trampolín para engañar, confundir, y hacerse con el poder, como ya hizo en la década de 1930. La socialdemocracia, ante esto, debe volver a sus orígenes y explorar de nuevo cómo fueron sus avances, cuáles sus promesas, quiénes sus protagonistas, cómo su lenguaje. Porque es esta socialdemocracia, en contraste flagrante con el neoliberalismo, la única legitimada históricamente para desarrollar un programa de transformación en estas aguas procelosas del siglo XXI. Porque tiene la experiencia, el recorrido y, sobre todo, debe tener la ideología que la caracterizó como fuerza inequívoca del cambio social.