¿DÓNDE QUEDA EL SER HUMANO, SU LIBERTAD Y EL LIBRE ALBREDRÍO?

El Proyecto Genoma Humano, iniciado en 1990 y finalizado en 2003, ha sido hasta la fecha el mayor proyecto de investigación biomédica de la historia. Su propósito fue la consecución de la secuencia completa del genoma humano. El presupuesto ascendió a 2.700 millones, de los cuáles el 5% se dedicó al examen de sus impactos éticos, legales y sociales.  Supuso una verdadera revolución y abrió una era en la historia de la biología y la medicina, al hacer su aparición extraordinarias posibilidades médicas relacionadas con la formalización de una medicina personalizada, preventiva y regenerativa. Desde su finalización han ido apareciendo novedosos fármacos, diagnósticos y terapias celulares focalizadas a la atención de enfermedades hasta ahora incurables.

Como destacamos en otro artículo de este foro, en marzo de 2019 el Senado valoró necesario elaborar una Estrategia en medicina genómica, personalizada y de precisión para el Sistema Nacional de Salud con planes y objetivos para la próxima década.

Actualmente estamos inmersos en otra gran revolución científica, la revolución en la neurociencia que, desde mi punto de vista, está pasando desapercibida. Permitirá conocer las bases científicas de la mente humana, comprender y tratar con procedimientos inéditos patologías neurológicas y mentales. Fue en 2013 cuando, a iniciativa del Presidente Obama, se puso en marcha el Brain Research through Advancing Innovative Neurotechnologies, bajo la batuta del neurocientífico español Rafael Yuste. Su presupuesto es de 6.000 millones de dólares. A la par en Europa se inició el Human Brain Proyect, con un presupuesto notablemente inferior de 2.000 millones de dólares.

En los últimos años estamos conociendo más sobre el cerebro que en toda nuestra historia, siendo insoslayable una reflexión y evaluación pausadas sobre sus repercusiones, con la intención de preservar a la humanidad. En orden a lo anterior, las implicaciones éticas y sociales de sus desarrollos dieron lugar a que, en ambos casos, desde sus primeras fases se tuvieran en cuenta. En el caso del proyecto Brain se creó una Comisión Presidencial de Bioética (Presidential Commission for the Study of Biotethical Issues) que recomendó la obligatoriedad de que la neuroética se incorporara a los adelantos y aplicaciones neurocientíficas que fueran sucediéndose. En el caso del Human Brain Proyect la valoración sobre las consideraciones éticas estuvieron presentes desde el momento de su implementación. El SP12 Ethics and Society se dedica a la discusión, además de sobre cuestiones filosóficas y neuroéticas, a analizar sus impactos en esferas industriales, económicas y sociales y en realizar análisis de percepciones públicas, con una amplia política de organización de conferencias y workshops.

En un contexto así, la neuroética, entendida como el estudio de los avances éticos, legales y sociales relacionados con los progresos en neurociencia, adquiere un papel de primer nivel. Es una disciplina que históricamente entronca con las tradiciones filosóficas y científicas que reflexionaban sobre la relación entre el cerebro y el comportamiento humano. En la actualidad, los conocimientos y mejoras que han ido sucediéndose en la neurociencia han planteado interrogantes y dilemas. Entre otros destaca la utilización que pueda hacerse en entornos no médicos como la educación, el marketing o la justicia. Las metodologías educativas ya se están diseñando en relación a los conocimientos de la neurociencia, de igual modo que las investigaciones en neuromarketing hacen prospecciones sobre las preferencias de los consumidores en base a tecnologías de imagen cerebral, siendo empleadas, en el día a día, por empresas de la envergadura de Google, Microsoft, Apple o Facebook. Por otro lado, en el ámbito judicial, decisiones como la forma y tipología de la condena se han fundamentado en la neurociencia. Sirva de ejemplo, que el conocimiento sobre ciertas zonas de la corteza cerebral, asociadas con el comportamiento social y la agresividad, ha sido manejado para acusar o absolver de responsabilidad penal a individuos con disfunciones en esta área cerebral. En otro orden, conviene recordar que el consumo de estimulantes psicofarmacológicos y de técnicas de estimulación eléctrica del cerebro intervienen sobre las capacidades cognitivas, sobrepasando en ocasiones los límites médicos al entrar en el terreno del mercado.

Muchos son los impactos éticos, sociales y culturales de la neurociencia, particularmente con cuestiones asociadas con el respeto a las personas, y la salvaguarda de los principios éticos de no maledicencia, beneficencia, autonomía y justicia, tal como se recogen en el Informe Belmont de 1978. Mientras el principio de no maledicencia se atiene a que el profesional de la salud ha de evitar causar daño a aspectos físicos,  psicológicos o sociales de los tratamientos y abstenerse de hacérselo a otros, el de beneficencia propone que hay un deber de asistir y promover el bienestar de los demás, el de autonomía consiste en que el profesional ha de respetar la decisión de las personas sobre sí mismas, por último, el de justicia a que éste debe promover la equidad en el diagnóstico y tratamiento de todos los pacientes. Otra fecha importante fue la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos de la UNESCO de 2005, que estableció un marco ético a partir del cual se han ido materializando normativas jurídicas en numerosos países.

A la luz de lo expuesto en las líneas precedentes, es preceptivo involucrar a la sociedad internacional en su conjunto sobre los aspectos neuroéticos de los desarrollos de las neurociencias y para ello es precisa una alfabetización científica ciudadana y la articulación de mecanismos participativos de toma de decisiones. Rafael Yuste da un paso adelante y apunta sobre la necesidad de añadir cinco nuevos derechos humanos (los Neuroderechos) a la Declaración Universal de Derechos Humanos, con la finalidad de garantizar que esta extraordinaria revolución tecnológica beneficie a la humanidad. Estemos atentos a lo que está por llegar, pues la neurociencia y las neurotecnologías tienen potencialmente la capacidad de alterar lo que entendemos por ser humano y combinadas con la mal llamada inteligencia artificial (puesto que ni siquiera sabemos qué es la inteligencia) podrían emplearse para descifrar e intervenir sobre los procesos mentales de las personas conectándolas a interfaces cerebros-computadoras.

En un escenario de estas características, ¿dónde quedaríamos?, ¿dónde se ampararían nuestra libertad y el libre albedrío? Como vemos cuestiones de profunda enjundia ante las cuáles es preciso no sólo reflexionar, pues lo que está en juego es el futuro de la humanidad y nosotros como especie biológica y cultural.

Y mientras escribo estas líneas los adalides del transhumanismo no cesan en su empeño…