DOCTORADOS Y OTROS FRUTOS UNIVERSITARIOS: ¿CONTROLAR O APRECIAR Y CUIDAR?

“¿Qué cosas son ésas? Eso no me lo preguntéis a mí que soy ignorante; doctores tiene la santa Madre Iglesia que lo sabrán responder.

Maestro: Bien decís que a los doctores conviene, y no a vosotros, dar cuenta por extenso de las cosas de la Fe; a vosotros bástaos darla de los Artículos, como se contienen en el Credo”.

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El doctorado representa el techo de la educación institucional, el no va más de lo que se puede aprender en las aulas, y la madera del árbol de la investigación organizada. Por eso no es de extrañar que enorgullezca cuando se alcanza y escandalice cuando se pervierte. Defender la tesis con éxito honra. Plagiar deshonesta y otorgar un cum laude a un trabajo mediocre menoscaba. Para evitar que esto ocurra se proponen ahora controles más estrictos en la universidad, una de las instituciones que más filtros pasa y se impone. ¿Declaraciones juradas, más informes de personas expertas o de tribunales, inspecciones, …? Supongamos que tuviéramos un problema similar en otro ámbito: una novelista que reprodujera las tramas de otra, un cantante que solo lo fuera en playback, una programadora que copiara sus videojuegos. No hace falta forzar la imaginación para ver que en las artes la mera publicación de las fuentes cercena las carreras plagiarias, ni abandonar el sentido común para admitir que la sanción social, por dura que sea, no basta para evitar que de cuando en cuando vuelva a aparecer alguien que se apropie de la creatividad ajena. La tentación del plagio resulta imposible de erradicar pero su comisión es fácil de señalar. En definitiva, el plagio no es más que un caso agudo y bien visible de la grisura académica, el otro asunto, más complicado, que aquí nos ocupa.

La mediocridad tiene peor arreglo porque, si bien supone un castigo para el cuerpo social que la padece, no es ella misma sancionable: no está bien vituperar un trabajo por su insignificancia ni es posible evitar que la mayoría de lo que se haga parezca mate. Sí se puede, en cambio, fomentar lo sobresaliente mediante su reconocimiento público. Aún más: este reconocimiento es, por definición, el único camino para extraer lo brillante (o lo excelente, si se quiere utilizar un término de curso político). El reconocimiento requiere interés. Vencer en el concurso nacional de entibadores o ganar el campeonato europeo de planchado extremo requiere, sin duda, tesón y habilidad, pero no acarrea fama mundial, no porque planchar camisas en lugares inverosímiles o levantar estructuras de eucalipto en medio de un prado sean actividades criticables, sino porque no atraen atención generalizada. Cuando esta atención se concede, la calidad sale a relucir porque en lo que interesa siempre se exige. ¿Qué formularios y declaraciones tienen que remitir un jugador de baloncesto, una tenista, una parlamentaria, un cocinero estrella, una presentadora de televisión, un actor, una pintora… antes, durante o después de realizar su trabajo? ¿Qué cuerpo de inspección controla los regates, las voleas, la elocuencia, el sabor, la amenidad, la expresividad o el uso del color? Esa no es la cuestión: si no defiende ni anota, no saca bien, no convence, no ofrece buenos platos, es un aburrimiento, no resulta creíble o no atrae las miradas, ese profesional pierde su público. El público no controla la calidad, pero la elige, desdeñando lo mejorable y dirigiéndose a lo destacable. Como el doctorado, igual que la investigación en general, apenas tiene público, su calidad no se demanda y, por tanto, solo brota espontánea y raramente.

El plagio y el abaratamiento no constituyen enfermedad alguna en la universidad, sino síntomas de un padecimiento social profundo, que de tan manifiesto se vuelve inconsciente: la indiferencia ante el esfuerzo por saber. ¿De verdad admiramos a quien estudia y envilecemos a quien desea alcanzar su título a toda costa? Quien haya estudiado un doctorado sabe que su trabajo tiende a dibujar sonrisas socarronas cuando se anuncia fuera de la academia y no es raro que se alardee de las artimañas para obtener un título (un grado, un certificado de aptitud, un aprobado) por el camino corto, las pocas veces que esto acontece. ¿Por qué? Porque doctorarse no se distingue demasiado de batir un récord Guiness, y hacerlo de cualquier manera no resulta mucho más punible que cruzar en rojo (vale mientras no se cause un accidente). En general, en España el doctorado no se ve más que como una floritura: ¿para qué sirve?; ¿qué puertas abre más allá de los muros universitarios?; ¿qué familia aplaude la decisión de uno de sus vástagos cuando, a los veintitantos, se inclina por embarcarse en una tesis en lugar de buscarse un hueco en el mundo empresarial o mediante unas oposiciones, por ejemplo? Mientras el aprecio social del doctorado no crezca, las tesis doctorales seguirán siendo mayoritariamente romas.

La cita con la que se abren estas líneas cierra la primera parte del Catecismo de la doctrina cristiana del jesuita salmantino Gaspar de Astete, seguramente una de las obras más editadas, leídas e incluso recitadas de la historia de nuestra lengua. Y así ha quedado fraguada en el español corriente la consideración que sus hablantes suelen dar al grado más elevado de los estudios universitarios. Sólo el aprecio público permitiría un cuidado (que no control) constante de la calidad de los estudios superiores. Pero un cambio en la percepción del doctorado exige una transformación social profunda, universidad incluida, que no puede darse de un día para otro: las empresas deben entender la conveniencia de contar con doctores en sus plantillas, las familias deben apoyar los estudios doctorales de sus miembros, la ciudadanía en general debe sentir apego por sus investigadores más brillantes, igual que lo hace por sus artistas o sus deportistas. La responsabilidad mayor en esta transformación corresponde, claro, a la propia universidad, que por cierto hoy dedica muchos menos recursos (personal, instalaciones, presupuesto, …) a los estudios de tercer ciclo que a los demás. Si los equipos, institutos y centros de investigación consiguen explicar la labor doctoral, acercarla a los intereses mayoritarios y conducir este interés mayoritario hacia el de la investigación, habrán dado un gran paso en la mejora de los estudios de doctorado. Si las autoridades no académicas y los medios de comunicación se suman a esta tarea (y hay buenos ejemplos), los incentivos para llevar los estudios de doctorado a una mayor calidad aumentarán. Cuando la mayoría crea que Carolina Marín no nos representa mejor (ni peor) que Margarita Salas, no tendremos que preocuparnos por la brillantez de nuestras investigaciones, igual que, tras años de duro trabajo, no hay razón para dudar de la calidad de nuestro deporte. Introducir “controles” sólo sirve para abrumar más a quien se molesta en pasarlos correctamente, que es precisamente quien no los necesita. Cuidamos lo que apreciamos y lo que cuidamos, por lo general, sale bien. Acciones como las que emprende la AEAC constituyen la vía más breve y segura para mejorar la calidad de nuestros estudios de doctorado, y con ellos de nuestras investigaciones y de nuestras vidas. Mientras esos esfuerzos no lleguen a buen puerto, nos quedaremos en los artículos y recitando credos sin sentido.