DIEZ DÍAS QUE AVERGONZARON AL MUNDO: TRUMP DEGRADA LA DEMOCRACIA DE EEUU

El nuevo Presidente de Estados Unidos ha ofrecido un anticipo inquietante de lo que puede ser su mandato: demagogia en el relato, distorsión de la realidad, precipitación política, desorden administrativo, desconcierto en la gestión de su equipo y, sobre todo, reflejos autoritarios, antidemocráticos e irrespetuosos con los derechos de ciudadanos y los valores de su país. Y todo en ello en menos de diez días. Ni los más pesimistas podían prever semejante destrozo. En cantidad y en calidad.

Estados Unidos ha vivido el fin de semana más agitado desde los atentados del 11 de septiembre. En esta ocasión, no se trata de una agresión exterior, sino de quien, por mandato constitucional, está obligado a proteger las leyes y el Estado de derecho. En nombre precisamente de una amenaza terrorista exagerada y un alarmismo inducido, el desbocado Trump hizo uso de su pluma presidencial para socavar uno de los pilares más positivos del sistema político y social norteamericano: la inmigración, el pluralismo de ideas y culturas y la diversidad racial.

El bloqueo de los refugiados sirios y la prohibición de entrada en el país a las personas procedentes de siete países de mayoría musulmana, incluidos quienes ya tenían la carta verde de residencia o estaban habilitados por un visado vigente, dejó atónitos a políticos, abogados, funcionarios y activistas. En apenas una hora, emergió un contrapunto esperanzador de la resistencia cívica frente al atropello. Miles de ciudadanos se congregaron de forma espontánea en los aeropuertos donde viajeros que intentan entrar o regresar a Estados Unidos estaban siendo retenidos por los funcionarios de migración.

Aparte de atentatoria contra derechos y libertades, la orden de Trump es incoherente. Y sospechosa. Ninguno de los atentados cometidos en Estados Unidos en los últimos quince años ha sido realizado por terroristas que procedieran de los países puestos en cuarentena. Y, sin embargo, otros como Egipto o Arabia Saudí, de los que eran nacionales muchos de los terroristas del 11 de septiembre, han quedado libres del plumazo xenófobo. Oportunismo, capricho o, como han apuntado sagazmente algunos comentaristas, casual circunstancia de que en esos países exentos tiene el magnate negocios o inversiones.

UNA GESTIÓN BOCHORNOSA

La orden ejecutiva de Trump no sólo representa un atentado contra los valores del país. Además, resultó una auténtica chapuza administrativa. La precipitación con la que actuó el presidente sorprendió incluso a algunos miembros de su propio gobierno, incluso el responsable político de gestionar la ejecución de la orden, el Secretario de Seguridad Interior. El Secretario de Defensa, a quien Trump no para de ensalzar con esa retórica tan suya del elogio vacuo, ni siquiera fue consultado.

Aparte del fondo de la cuestión, algunos medios han detallado estos últimos días el clima de desconcierto que se vivió en los aeropuertos, ya que no había emergencia de seguridad alguna que justificara la precipitación de la medida (1).

El artífice de la medida fue el estratega jefe, Stephan Bannon, el propagandista de ultraderecha, supremacista blanco y xenófobo. Este mismo personaje fue el que inspiró gran parte del discurso de inauguración presidencial, atajo de invocaciones populistas, nacionalistas y catastrofistas que incomodaron a los sectores más templados del partido republicano.

La justicia no tardó mucho en actuar, aunque la reacción, ciertamente, no fue generalizada. Una juez de Brooklyn fue la primera en emitir una providencia que suspendía la retención de ciudadanos sin impedimento legal para ingresar en el país. La Secretaria de Justicia y Fiscal General en funciones, nombrada por Obama y pendiente de sustitución, dio la instrucción a sus subordinados de no defender la orden ejecutiva por no estar ajustada a las leyes vigentes. Trump respondió a su manera. No esperó a que el Senado confirmara a su escogido para el puesto: la destituyó de inmediato, “por traición”, y nombró como interino a un fiscal de Virginia que se ha allanado a la voluntad del Jefe. Así parece que va a funcionar EEUU a partir de ahora, si la sociedad civil, el legislativo o los aliados no lo remedian.

Algunos dirigentes europeos ya han manifestado su desacuerdo e incluso su malestar. Unos, con cierta claridad, como Merkel, Hollande o Tusk. Otros, con una cautela excesiva, como la británica May, a quien los periodistas tuvieron casi que extraer una declaración de inconformidad. Millón y medio de británicos han solicitado que se cancele la programada visita de Trump este verano (2). El Presidente del Gobierno español ha ejercido su proverbial tancredismo: por una muy mal entendida prudencia, o por su habitual indolencia.

AFRENTA A MEXICO

En otros casos, no es malestar exterior sino afrenta. Es el caso de México. Otra orden-exprés trumpiana, la construcción de un muro, supuestamente para controlar la migración y prevenir la llegada de criminales (sic), constituye un escándalo, por las graves implicaciones diplomáticas y sociales. En Estados Unidos viven más de 30 millones de personas de origen mexicano, que han contribuido poderosamente a la prosperidad del país.

Este otro reflejo xenófobo conecta con la conspiratoria narrativa de la ruina americana provocada por acuerdos comerciales perniciosos. El NAFTA, tratado de libre comercio suscrito por Estados Unidos, México y Canadá, no ha significado daño económico y pérdida de empleo para los norteamericanos, como proclama engañosamente Trump. Un artículo antiguo, ahora reeditado, de la delegada de comercio en el gobierno de Bush padre, Carla Hills, pone en evidencia las falsedades en que descansan las invocaciones del actual presidente.

México absorbe la séptima parte de las exportaciones norteamericanas. O dicho de manera más gráfica: más que las destinadas a los emergentes BRIC (Brasil, Rusia, Indica y China), juntos. México le compra a Estados Unidos más productos estadounidenses que las cuatro potencias comerciales europeas reunidas (Alemania, Gran Bretaña, Francia y Holanda). El suma y sigue de los datos que ridiculizan el discurso de Trump sería interminable, pero el artículo es imprescindible para hacerse una idea de la magnitud del engaño (3).

La agresiva iniciativa presidencial puede reabrir viejas heridas de humillación y vergüenza en el vecino del Sur. Hace unos días, el historiador Enrique Krauze, liberal de vocación y moderado en sus expresiones políticas, advertía que, contrariamente a lo que ha sido tradición en México ante las numerosas ofensas y menosprecios históricos del gigante del Norte, en esta ocasión no se puede actuar como si nada hubiera ocurrido. Por el contrario, se impone una respuesta firme e inequívoca de las autoridades de su país frente al atropello. (4).

El estreno de Trump se corona con la selección de un candidato cercano a los ultras para ocupar el puesto vacante en el Tribunal Supremo. Demócratas y progresistas ya han anunciado una resistencia feroz. En definitiva, diez días que han avergonzado a la América decente y a una comunidad internacional circunspecta. Trump parece dar la razón a quienes denuncian que su mandato degradará profundamente la democracia norteamericana.

 

(1) “How Trump’s rush to enact inmigration ban unleashed global caos”. NEW YORK TIMES, 30 de enero.

(2) “There May feels heat over travel ban as Donald Trump stands firm”. THE GUARDIAN, 31 de enero.

(3) “NAFTAS’s economics upsides”. CARLA HILLS. FOREIGN AFFAIRS, 6 de diciembre de 2013.

(4) “Trump threaten a good neighbor”. ENRIQUE KRAUZE. NEW YORK TIMES, 17 de enero de 201