DIA DE EUROPA Y NUEVAS ELECCIONES

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Decía en mi anterior crónica en estas paginas digitales que la fragmentación política es una característica de la reciente dinámica política europea, como reflejo de las profundas trasformaciones sociales generadas por la crisis. Y que en España, acostumbrados a un bipartidismo casi perfecto, que para completar mayorías de gobierno sólo necesitó apoyos coyunturales de partidos nacionalistas, que representaban intereses territoriales, no tenemos el aprendizaje de llegar a acuerdos entre posiciones diferentes. No lo sabemos hacer, porque en casi 30 años de democracia nunca tuvimos que hacerlo. Y porque nuestra Constitución limita bastante el tiempo disponible para conseguirlo.

Esta primera vez, no ha sido posible. En el fracaso habrán influido las expectativas de todos los partidos sobre una nueva convocatoria electoral y a quien harían los electores responsable de ella. Pero como no vamos a votar tres veces, algunos de los pactos que han parecido imposibles, después del 26 de junio serán inevitables.

Tener que repetir elecciones es una pérdida de tiempo y energías ante los problemas urgentes que tenemos que resolver, en particular las relaciones con Bruselas y el regalo envenenado que nos deja Rajoy con el déficit. Pero tampoco es un drama. Más vale volver a las urnas, que embarcarnos en un mal gobierno, débil, dividido y sin un programa coherente.

Se argumenta la inutilidad de la segunda vuelta electoral porque todo puede seguir igual, o casi. En ese caso, como decía antes, lo imposible sería inevitable. Pero en realidad, cambios relativamente pequeños en el voto y en su distribución territorial pueden trasvasar una decena de diputados de unos partidos a otros. Y las encuestas dicen que hay casi un 10 % de electores que están dispuestos a cambiar su voto, lo que es una proporción enorme, que puede producir cambios significativos. Pero creo que en este momento las actitudes de muchos electores son muy volátiles y no hay encuestas capaces de anticipar adecuadamente el resultado electoral.

Pero, por ejemplo, habida cuenta de que el PP+ Ciudadanos ya suman 163, bastaría que entre los dos obtuvieran una decena más para que fuera muy difícil impedir que formaran gobierno.

Un acuerdo entre Podemos y Unidad Popular, que así se llama ahora lo que antes fue Izquierda Unida, puede también tener consecuencias electorales importantes. Una de las cuestiones que se van a dilucidar en estas elecciones es cuál es la fuerza mayoritaria dentro de la izquierda, si sigue siéndolo la socialdemocracia tradicional o la emergente que surge de la crisis.

Es una cuestión que se plantea en otros países. En Grecia, por supuesto, pero también en Italia donde el movimiento 5 Stelles está pisando los talones en las encuestas al Partido Democrático, esa amalgama de ex comunistas, socialistas y democratacristianos inventada para hacer frente al populismo de derechas de Berlusconi.

Lo bueno seria aprovechar esta segunda oportunidad que tenemos los ciudadanos de elegir, para conocer mejor las soluciones que se nos proponen para resolver los problemas del país, que no son pocos. Y para ello harían falta debates, muchos debates, mal que le pese a Rajoy que ya nos ha dicho que no le gustan, que es muy cansado, que hay que prepararlos,…!!. Por supuesto, eso esperamos de los candidatos, que se los preparen bien y nos cuenten mejor cómo piensan, por ejemplo, garantizar el equilibrio del sistema de pensiones, relanzar la economía para reducir esos insoportables niveles de paro y reducir las desigualdades, que sabemos que han crecido enormemente con la crisis. No basta con decir que se va a reformar el Estatuto de los Trabajadores o que se va a hacer una reforma fiscal justa. Hay que explicar en qué consistirían esas reformas.

Hay que explicar cómo se hacen compatibles los aumentos de gasto, o las rebajas de impuestos, con nuestros compromisos europeos, que llevamos mucho tiempo incumpliéndo. Las apelaciones rituales a la lucha contra el fraude, (imprescindible) no son suficientes, y tampoco lo serán para la Comisión Europea. Es posible que Rajoy consiga que no nos multen durante la campana electoral, pero el próximo gobierno se enfrentará a un duro ajuste en el déficit publico y sería bueno que esa cuestión no se nos escamotee.

Pero me temo que las cuestiones europeas, como siempre, estarán ausentes del debate. Y sin embargo, son fundamentales porque nuestros problemas, y sus soluciones, hay que plantearlos cada vez más en el marco europeo. Es bueno recordarlo precisamente hoy, que se acaba de celebrar el día de Europa, y a pesar de que, como titula la casi totalidad de la prensa europea, la UE está viviendo una de las mayores crisis de su Historia y en medio de un creciente euroescepticismo.

La crisis del euro no se ha acabado, aunque el dramatismo de la crisis de los emigrantes la haya desplazado de la atención mediática. Estamos de nuevo ante la posibilidad de un Grexit, porque el tercer rescate por 86.000 millones esta encallado desde el otoño pasado, las reformas exigidas por los acreedores y aprobadas por el Parlamento griego incendian las calles y de nuevo surge la amenaza de la insolvencia del país frente a los próximos vencimientos de deuda a los que tiene que hacer frente en julio.

Y a pesar de que el FMI presiona a la UE para que se alivie la Deuda griega, que alcanza ya el 180 % del PIB, y a pesar de que ya estaba previsto negociar conjuntamente esa reducción, junto con el tercer plan de ayuda, lo cierto es que los países de la zona euro son reacios a hacerlo. Cierto es que el coste de la reestructuración solo caería sobre ellos y no sobre el FMI.

Tenemos también la posibilidad del Brexit, una moneda lanzada al aire, que según de qué lado caiga puede inducir otras actitudes parecidas, el auge de los populismos, las actitudes xenófobas, el alejamiento de los países del Este de un proyecto de integración política, las nuevas amenazas en las fronteras del Este, etc… No son los problemas los que faltan a una UE que ha sido gestionada en “modo crisis” desde el 2009, como argumenta certeramente J Fischer. Ha pasado de una crisis a otra, generando una creciente desconfianza hacia sus instituciones, alimentando el renacer de los nacionalismos y debilitando la solidaridad europea.

Ha tenido que ser Obama el que nos halague y anime recordando los éxitos y el significado histórico del proyecto europeo. Y ha tenido que ser el Papa, en la concesión del premio Carlomagno, el que nos censure por nuestra inoperancia para resolver los problemas que nos afectan, entre ellos el de los demandantes de asilo, de acuerdo con nuestros valores, preguntándose retóricamente, ¿Qué te ha pasado Europa?.

Sí, buena pregunta, ¿qué nos ha pasado? desde el inicio de la crisis financiera del 2008, para que se haya convertido en una crisis existencial del proyecto europeo. Hay buenas noticias que señalar, como el que los londinenses hayan elegido un alcalde de religión musulmana, surgido de una cuna muy humilde de la emigración, abogado especialista de los derechos civiles y laborista. Pero frente a eso, no es posible cerrar los ojos al auge de modelos autoritarios en Europa central y del Este, del que el primer ministro húngaro Orban es el primer ejemplo y gran promotor.

25 años después de la caída del comunismo, los partidos populistas de derechas están gobernando, la democracia se debilita y las tensiones identitarias y nacionalistas aumentan. Creen que la civilización europea está amenazada por Rusia en su frontera Este y por el islam por su frontera Sur y han demostrado una escasa solidaridad para hacer frente a la crisis de los emigrantes. En realidad, la crisis de los emigrantes ha sido un poderoso argumento para defender sus posiciones.

Nos guste o no, estos hechos forman parte de la situación actual de la UE. Habrá que esperar al resultado del Brexit para saber si hay voluntad política de profundizar en la integración de los países que quieran evitar la desintegración de este proyecto histórico en el que España ha vivido, en su conjunto, los 30 mejores años de su historia moderna desde la batalla de Trafalgar. Pero que pueden quedar superados y olvidados si no superamos la actual crisis. Esperemos que un nuevo gobierno progresista en España sea capaz de contribuir a la renovación del proyecto europeo.