DESIGUALDADES TERRITORIALES EN TRABAJO Y FELICIDAD

serrano060416

En una situación en la que muchas personas, sobre todo jóvenes, no pueden encontrar condiciones de vida que consideren aceptables, la opción de la emigración surge como una alternativa a valorar o, a veces como una necesidad inevitable. La pregunta entonces es si existen territorios, países o ciudades donde la situación de ese potencial emigrante vaya a ser objetivamente mejor, y de qué depende la bondad de esa potencial situación.

¿Tienen razón los refugiados o los emigrantes económicos que intentan llegar por todos los medios a los países nórdicos, Alemania, Gran Bretaña, Holanda,…, en búsqueda de mejores condiciones de vida?; ¿existen condiciones objetivas que justifiquen su preferencia, o ésta se basa en consideraciones de índole subjetiva y personales ligadas al conocimiento de personas de cultura similar que ya han emigrado a estos territorios? Y, en última instancia, de existir esas condiciones objetivas diferenciales, ¿a qué se deben las mismas?

En diciembre del año pasado el PNUD publicaba, por vigésimo quinta vez, su Informe anual sobre Desarrollo Humano. E iniciaba su Prólogo señalando que: “Hace 25 años, el primer Informe sobre Desarrollo Humano, publicado en 1990, partió de una premisa simple: que el desarrollo tiene por objetivo ampliar las oportunidades de las personas, centrándose de manera general en la riqueza de las vidas humanas y no solo en la riqueza de las economías. El trabajo es uno de los pilares en los que se asientan tanto la riqueza de las economías como la riqueza de las vidas humanas, pero en general se ha concebido más en términos económicos que en términos de desarrollo humano.” En el mismo Prólogo y en la totalidad del Informe, son constantes las llamadas a que un aprovechamiento de los potenciales de los seres humanos, con un trabajo de calidad adecuado a sus capacidades, sería el mejor medio de acelerar el progreso humano. Pero también lo son las referencias a que la globalización y la revolución digital, aunque han beneficiado a determinados territorios, también están teniendo muy negativas consecuencias sobre la precarización y las desigualdades sociales. Y se mantiene –y en muchos territorios se incrementa- la discriminación contra las mujeres.

No cabe duda que dónde se nazca y en qué ámbito familiar o social se viva son elementos fundamentales que determinan las “oportunidades” que va a tener una persona en su vida. Pero también dónde se resida va a condicionar los niveles de bienestar del entorno en el que se mueva, porque sea cuál sea el indicador que utilicemos para objetivar las condiciones de vida de los distintos territorios, los resultados convergen sistemáticamente hacia la definición de los países nórdicos –y del resto de países de la OCDE- como ámbitos privilegiados para los ciudadanos que los habitan. Tal sucede si consideramos los 30 primeros países en lo que se refiere al Índice de Desarrollo Humano que, como se sabe, combina el efecto del nivel de renta, el nivel de educación y la esperanza de vida. Como apreciamos, España se sitúa en la posición 26 para el IDH de 2014, si bien en el Índice de desigualdad de género gana posiciones, pasando a la posición 16. Y señalemos que pese a la gran incidencia de la crisis de 2008 en este país, en términos relativos entre 2009 y 2014 España ha mejorado en dos posiciones en el IDH.

tabla1serrano060416

Fuente: http://hdr.undp.org/en/data

Si consideramos las Grandes Regiones Mundiales en lo que se refiere al valor medio de los anteriores Índices, las conclusiones son evidentes tanto respecto al señalado IDH, como con respecto a las diferencias que introduce la desigualdad por género:

tabla2serrano060416

Fuente: http://hdr.undp.org/en/data

No existen muchas diferencias en las grandes desigualdades territoriales ni en el significado de éstas, aunque sí matizaciones muy significativas, si consideramos el “World Happiness Report 2016”, editado por John Helliwell, Richard Layard and Jeffrey Sachs, quienes parten del supuesto de que la “felicidad-happiness” es la medida correcta del progreso social y debería ser el principal objetivo de las políticas públicas.

Los resultados sobre los niveles de “felicidad” se derivan de una encuesta a del orden de 3.000 personas en cada uno de los más de 150 países considerados, donde se les pregunta sobre su valoración individual de la vida que llevan. La valoración media global se encuentra un poco por encima de la media aritmética (5,4 puntos sobre 10), aunque varía mucho de unas Grandes Regiones a otras, como ya sucedía con el IDH, y la dispersión personal es más significativa (mayores desigualdades en la valoración subjetiva de la felicidad) en el Norte de África/Oriente Medio y en Latinoamérica/Caribe.

Las diferencias fundamentales entre los diferentes países se basan en los distintos valores de seis de los Indicadores utilizados –y fundamentalmente en los tres primeros- para acercarse a la medida de la felicidad: PIB per cápita; Esperanza de vida en condiciones saludables; Soporte social, entendido como la disponibilidad de contar con personas que puedan ayudar en situaciones problemáticas; Confianza, entendida como ausencia de corrupción en el Gobierno y en los negocios; Sentimiento de libertad en la toma de decisiones personales; y Generosidad social, medida por el volumen de donaciones que se producen. Otro aspecto fundamental hace referencia a las desigualdades en los sentimientos de “felicidad” en los distintos países y Grandes Regiones, que se incrementan fuertemente, desde el antes de la crisis, en 8 de las 10 Grandes Regiones consideradas, y en más de la mitad de los países tenidos en cuenta; mientras que la disminución de esas desigualdades sólo se produce en un 10% de los países y no se produce en ninguna de las 10 Grandes Regiones. La última consideración hace referencia a que la persona es más feliz en aquellos ámbitos en los que las desigualdades son menores.

gráficoserrano060416

Como se aprecia, España se sitúa, según este indicador en una posición mucho más desfavorable que en el IDH (posición 37 frente a la 26), pudiéndose señalar que es uno de los países que, según este trabajo, no sólo pierde niveles de “felicidad” sobre la situación ocho años antes (previa a la crisis), sino que es uno de los países que lo hace en mayor medida (sólo ocho países empeoran más que España: Italia, India, Yemen, Venezuela, Bostwana, Arabia Saudí, Egipto y Grecia) con una pérdida de 0,711 puntos (más del 10%) frente al indicador de felicidad previo a la crisis. En cuanto a la situación de desigualdad en los niveles de “felicidad” en el país, España ocupa una situación similar a la del propio “nivel de felicidad” (posición 52 en la desviación típica de su nivel de felicidad interno), con un mejor valor que el correspondiente a la Europa Occidental y a la Media Mundial y mejorando ligeramente, en media, los niveles de desigualdad con respecto a los existentes antes de la crisis.

Pero volvamos a la preocupación inicial por las oportunidades de empleo en relación al territorio y entremos en una segunda consideración que relaciona los salarios y el desempleo con algunas de las variables básicas de los indicadores anteriores de desarrollo humano o de felicidad. ¿Puede hablarse de felicidad en familias que se encuentran en hogares con riesgo de pobreza? ¿Es un aumento del salario mínimo una garantía de mejora de la situación social y de la felicidad en un territorio?

Obviamente la respuesta a la primera pregunta es que es poco coherente suponer que pueden darse índices elevados de felicidad, o de desarrollo humano, en sociedades con valores elevados de riesgo de pobreza. Sin embargo, sorprendentemente, la respuesta respecto a la incidencia de la subida del salario mínimo en esos índices de desarrollo humano o felicidad, no siempre es positiva, sobre todo en aquellos países que poseen un elevado índice de paro, de envejecimiento y de nivel de renta.

En efecto, bajo los principios que rigen el capitalismo actual, se constata empíricamente que un aumento del orden del 10% en el salario mínimo de un país, da lugar a una caída del orden del 2% en el empleo global (al menos del legalmente registrado), afectando más negativamente a los jóvenes y a los trabajadores menos cualificados. Además, los trabajadores que cobran el salario mínimo no siempre pertenecen a hogares pobres, ya que en distintos estudios se ha encontrado que muchos (las cifras se sitúan en muchos casos hacia el 40%) de estos trabajadores -jóvenes o empleados a tiempo parcial-pertenecen a familias con niveles de ingresos medios muy superiores a los de riesgo de pobreza, por lo que ese incremento del salario mínimo afecta sólo de forma parcial a los indicadores de riesgo de pobreza.

En los índices de riesgo de pobreza tiene una importancia mucho más significativa la ausencia de trabajadores, bien por encontrarse los miembros del hogar en el paro, o bien por estar formada por jubilados; de manera que un incentivo más eficiente en términos de justicia social que la subida del salario mínimo para mejorar la situación de riesgo de pobreza de la población, se encontraría en una renta mínima garantizada que incidiera sobre el conjunto de la población, y no sólo sobre los que reciben un salario mínimo.

Sin embargo, hay un aspecto complementario a tener en cuanta sobre los efectos de incrementos del salario mínimo, también registrado en distintos estudios, como es el incremento de productividad en el que colabora, que incide positivamente sobre indicadores básicos de los anteriores IDH o de “felicidad”. Este incremento de productividad se ve afectado por los bajos salarios desde una doble perspectiva: en primer lugar, porque bajos salarios se correlacionan con bajos incentivos para el incremento de la productividad y viceversa; en segundo lugar, porque bajos salarios desincentivan la búsqueda de innovaciones y la realización de nuevas inversiones que incrementen dicha productividad, si se trata de sustituir una mano de obra barata. No obstante, ni los estudios disponibles aseguran que siempre el incremento en los salarios mínimos produzca automáticamente incrementos significativos en la productividad y renta media de los distintos países, ni la afirmación contraria es válida, dada la dificultad de desgajar los efectos reales de dicho incremento de los salarios mínimos de la influencia de otras muchas variables que incluyen simultáneamente sobre las variaciones en la productividad.

Volviendo a la situación de España que se corresponde con la anterior pérdida de posiciones en el “Índice de felicidad”, se constata que, efectivamente, desde 2008 España ha sufrido una de sus mayores crisis tras un decenio caracterizado por un crecimiento más o menos sostenido de su producto interior bruto (PIB), incremento de su población activa, de sus niveles de empleo, y de mejora de la renta disponible de las familias. Lo que dista mucho de lo sucedido en otras economías occidentales como la estadounidense (supuesto ejemplo de los liberarles de pro de este país) donde el valor real del salario mínimo cayó un 30% desde 1978 a 2008, y la demanda se sostenía merced al progresivo endeudamiento de los hogares, germen de la crisis allí iniciada, en 2007, por un sistema financiero especulativo global descontrolado.

La crisis en España ha venido acompañada de un fuerte incremento de las desigualdades sociales (un 66% de la población cree que la desigualdad social es uno de los problemas más graves del país), del empobrecimiento de las clases medias (un 52% de los ciudadanos afirma haber descendido de clase social), de la aparición de niveles de indigencia extrema, de la pobreza energética e hídrica, y de la pérdida de cohesión social en muchos barrios, contrarrestada en parte por nuevos fenómenos de solidaridad colaborativa y participativa. Tanto el seguimiento de indicadores sociales como la tasa de riesgo de pobreza y exclusión social (AROPE: At Risk Of Poverty or Social Exclusion) establecida por la UE muestran una situación muy negativa para España, donde el riesgo de ser pobre es del orden 30% -el segundo más alto de los 28 países de la UE- siendo España el país donde más ha crecido tras la crisis. Pero lo más grave es que la probabilidad de ser pobre aunque tengas trabajo, ha crecido desde el 14% de 2011 al 18% del último valor disponible; y ello como consecuencia, fundamentalmente, de la reforma laboral realizada por el PP en 2012. Pero si no tienes trabajo (desempleado, jubilado o dependiente) la probabilidad de ser pobre se sitúa en el entorno del 60%. Y desde 2011 hay del orden de 600.000 desempleados más que han perdido la prestación por desempleo y quedan incluidos entre la población en riesgo de pobreza.

Entre 2011 y 2015 el conjunto de los salarios de los trabajadores se ha reducido en un 4% aproximadamente (de unos 0,53 billones de euros, en 2011, a0,51 billones, en 2015), disminuyendo su participación en la distribución de la renta total, aumentando su precariedad y disminuyendo los salarios medios de los nuevos trabajos. No obstante, la remuneración media por trabajador ha recuperado posiciones en 2015, creciendo hasta una media de 2.026,14 euros (sin descontar impuestos), lo que significa el mayor incremento desde el mismo periodo de 2009, si se descuenta de la estadística el efecto que tuvo la suspensión de la paga extra a los funcionarios de 2012 y su posterior incorporación a la estadística, de nuevo, en 2013.

Las conclusiones son evidentes: España, en media, aunque mantiene posiciones en los indicadores de desarrollo humano, ha perdido posiciones en el ranking de los indicadores globales de “felicidad” tras la crisis, situándose en la actualidad en un proceso de crecimiento económico que incide de forma desigual sobre una clase media acomodada, rentista o con empleo estable, que aunque ha padecido los efectos de la crisis se encuentra optimista ante el futuro cercano; y un mucho más amplio que antes de la crisis grupo social en riesgo de pobreza, desempleado y con pocas posibilidades de acceso a un empleo de calidad, subordinado a la precarización y a los bajos sueldos, y con unas expectativas de futuro fuertemente restringidas.

Pero esta evolución media española no incide de manera homogénea sobre todos los territorios y ciudades españolas. Quedan por considerar las dimensiones de las desigualdades en las regiones españolas y en las ciudades, pero ese tema será objeto de un próximo artículo.