DESCOORDINACIÓN GLOBAL

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Datos macroeconómicos y otros indicadores que se han publicado en los últimos días señalan que la actividad económica se está desacelerando en la mayor parte de los países desarrollados. Esto llega en un momento en el que parece que los bancos centrales han agotado toda su capacidad de influencia al haber exprimido hasta límites insospechados, al menos hasta el comienzo de la crisis, las posibilidades de la política monetaria. Medidas no convencionales, se han denominado. Y ahora ¿qué?

El PIB de EEUU se viene desacelerando ya desde hace unos trimestres y aunque el dato del cuarto trimestre se revisaba levemente al alza, se situaba en un magro 1% (TA). En la UE, con algún ligero retraso con respecto a EEUU, también se observan indicadores de ralentización. En términos de políticas económicas, ambos bloques se encuentran en fases diferentes. Mientras EEUU se encuentra en posición de casi pleno empleo, con una tasa de paro del 5% y con una política monetaria que ha empezado a volver a estándares compatibles con la normalidad histórica, aunque lentamente, en Europa nos encontramos con una mayor tasa de paro (casi el 11% en la eurozona, aunque muy desigual entre los diferentes países) y anunciando una nueva vuelta de tuerca de la política monetaria, si bien es cierto que con crecientes dudas acerca de su potencial de generar impulsos adicionales.

La economía española ha crecido al 0,8% trimestral en el cuarto trimestre de 2015, tasa idéntica a la registrada en el trimestre anterior, con lo que el crecimiento de 2015 se sitúa en el 3,2%, aunque en términos nominales el PIB todavía es inferior al nivel de 2008. Sin embargo, diversos indicadores, como el indicador de sentimiento económico que elabora la Comisión Europea, o los indicadores de confianza industrial y de confianza del consumidor, muestran una evolución negativa, lo que podría tener su reflejo en un deterioro de la actividad en el primer trimestre de 2016. La incertidumbre política, derivada de los problemas para constituir un nuevo Gobierno, todavía no estaría recogida en este indicador, pero no cabe duda que no influirá positivamente en los venideros.

El pasado fin de semana tuvo lugar la reunión de los ministros de finanzas y gobernadores de los bancos centrales del G-20. Se esperaba que en el comunicado final de conclusiones de la reunión se abordaran de manera clara los problemas de crecimiento y recuperación de la economía global. El FMI y la OCDE habían señalado en sus informes previos a la reunión que la coyuntura era preocupante y que por lo tanto se necesitaba una respuesta global (coordinada): “valiente, amplia y conjunta” (bold, broad and together), en palabras de Christine Lagarde, directora gerente del FMI, o “acciones ambiciosas y tangibles” dijo Ángel Gurría, secretario general de la OCDE. El resultado puede calificarse de decepcionante y muestra, nuevamente, la dificultad de coordinar las políticas macroeconómicas, no solo por la diferente posición en el ciclo, sino por el diferente posicionamiento que unos y otros tienen sobre las medidas a adoptar.

En Europa, son necesarias medidas de impulso que reviertan las (todavía) incipientes señales de desaceleración. Medidas tendentes a provocar un repunte de la inflación, reformas que coadyuven a un rápido desapalancamiento de empresas y hogares, inversión pública y políticas fiscales que complementen a la extenuada política monetaria. Y sí, una mayor flexibilización de la economía y reformas estructurales, como propone Alemania en su afán de erigirse en guardián de la ortodoxia económica. Todo sea por no rememorar viejos (no tan viejos) tiempos.