DEMOCRACIA ES DEMOCRACIA

Los aficionados al fútbol sabemos lo que significa la máxima, quizás, más esclarecedora de ese mundo del balompié: “Fútbol es fútbol”. Esa frase, a pesar de su tautológica construcción, explica cualquier situación que pueda producirse, sea cual sea la rareza de la misma. En el fútbol, todo es posible.

Y en democracia, también. Cosa que se demuestra cada vez que las urnas ofrecen un resultado distinto, y a veces muy distinto, de lo que anuncian previamente los sondeos de opinión, ya sea en un referéndum británico, unas elecciones norteamericanas o unas primarias del PSOE.

Normalmente, las causas suelen buscarse en errores de la técnica empleada en los sondeos previos, bien por una deficiente elección de la muestra demoscópica o por una errónea proyección de los resultados directos obtenidos (lo que se conoce como “cocina”). Realmente, lo más exacto sería responder como parece que hizo Churchill cuando le preguntaron por su opinión de los franceses y dijo aquello de que no los conocía a todos. Pero preguntar a todos en un sondeo no parece posible y, además, tampoco sería exacto, ya que, en puridad, habría que preguntar, solo, a los que fueran a votar posteriormente en las urnas. Por eso, los sondeos en democracia sirven para lo mismo que los pronósticos en el fútbol, porque democracia es democracia.

Y lo es, porque vota todo el mundo, los que leen el periódico de referencia, los que ven la televisión pública, o privada, y los que, cada vez más, solo ven su smartphone. Pero, también, y sobre todo, los que, a semejanza de los que “compran por impulso”, votan por sentimiento. Y, en este caso, ¿cómo valorar en qué momento cada votante ha podido sentir el flechazo de su enamoramiento súbito?

Por eso, en las elecciones, cada voto cuenta, el reflexivo y el impulsivo, el que se basa en los programas electorales y el que procede de la parte más inescrutable de cada votante. Y, por lo mismo, en los estados mayores de los candidatos electorales siempre hay quien redacta propuestas y quien se encarga de cosas como del aspecto físico del candidato o de los gestos que hay que hacer en según qué momentos.

A veces, ambos grupos de expertos se encuentran: es en el terreno de la demagogia, cuando las propuestas se vuelven falsas con tal de parecer beneficiosas. Esta modalidad también tiene su técnica, ya que no basta con que una propuesta suene bien para que sea creíble por alguien. Es necesario que conecte con quien “quiera” creérsela para que, inmediatamente sea adoptada. Por eso, esas mentiras no pueden ser universales sino que deben, como todo producto, “diferenciar el producto para segmentar el mercado” y dirigirse, solo, a una parte del mismo.

Otra característica que deben tener estas fake offer es su novedad. Una mentira nueva tiene más posibilidades de ser creída que una mentira ya conocida. Por motivos obvios, ya que no tiene el estigma de su comprobación y solo puede ser analizada racionalmente, cosa que, como se sabe, no es prueba suficiente si entran en juego los sentimientos. Aunque, esta, no es tampoco una regla general: hay mentiras tan antiguas como el mundo, que pueden seguir siendo creíbles, a condición de que se formulen como nuevas. De hecho, podría pensarse que, en política, ya no hay nada que inventar y sí mucho por diseñar.

Y luego viene lo de confundir, al contrario de lo que dijo el poeta, las voces con los ecos. Se trata de lanzar una idea desde la élite política y luego recoger su rebote como si fuera una creación popular espontanea, lo que refuerza el carácter democrático de la misma y hace justificable su aplicación por tratarse de un mandato soberano.

Hay veces que esas ideas no se ajustan a las normas establecidas, lo que se conoce como la Ley, por lo que la acción se divide en dos planos, como en un circo con dos pistas. Una parte se sigue desarrollando en el plano político, con sus gestos característicos de declaraciones de la élite y posibles manifestaciones de la gente ya movilizada y, otra, se empieza a producir en el terreno judicial que trata de juzgar las responsabilidades de los que han podido incumplir la Ley. En esta pista las claves son otras y están escritas no en manuales de comunicación, sino en textos legales de obligado cumplimiento.

Naturalmente, los comportamientos, incluso de las mismas personas, pueden ser radicalmente distintos en una y otra pista, ya que, en un caso tienen asesores y, en el otro, abogados. Pero, eso no es óbice para que puedan, además, explicarlo. Hay que tener en cuenta que se trata de gente que, sobre todo, se dedica a explicar (relatar, ya saben) las cosas y cuentan, en el campo político, con la ventaja de la afinidad y en el jurídico, con la presunción de inocencia.

El espectáculo se completa con una tercera pista, ocupada por el cuarto poder, hacia la que, o bien se dirigen actuaciones del ámbito político, o bien se observa desde el jurídico para conocer el entorno de los hechos juzgados. Nadie duda de la importancia de lo que pasa en este plano que, a veces, no tiene que ver con los anteriores aunque pueda llegar a ser el más relevante.

Y, al final de cada periodo en el que se divide la vida política en democracia, la gente vota y elige a sus representantes en función de múltiples razones, no sé si una por cada votante pero, desde luego, no tan pocas ni tan fáciles de analizar como para que pueda preverse el resultado de manera fiable. Ni siquiera cuando se polarizan las ofertas, como es sabido.

Pues bien, se sabe también que, cuando este terreno de la demagogia se convierte en el principal donde se desarrolla el juego político, el sueño de la democracia suele engendrar monstruos que terminan siendo difíciles de domeñar.

Bueno, pues pongamos que hablo de Cataluña. ¿De qué otra cosa iba a hablar?