DEMASIADAS INCÓGNITAS

La tarde del jueves 16 de marzo, tras la derrota del gobierno en su propósito de convalidar el Decreto sobre la estiba, fue un hervidero de llamadas a los periodistas con la intención de alertar, desde las filas del PP, sobre la posibilidad de un adelanto electoral. Según esas fuentes, un sector muy amplio de dirigentes del partido estaría presionando a Rajoy para que aceptara la realidad de que sería imposible sacar adelante una legislatura con tan escasos apoyos -y tan inestables- como los que hoy contabiliza el Ejecutivo. A juicio de este grupo, existe el riesgo evidente de sufrir nuevas derrotas parlamentarias, entre ellas la decisiva de los Presupuestos. La irritación por el comportamiento de Ciudadanos y su desconfianza por la volubilidad en el cumplimiento de sus compromisos se extiende entre los populares y se suma a la reflexión de que tampoco será sencillo contar con algún respaldo de la bancada socialista en tanto no quede resuelto el proceso de primarias. En Génova se entiende mejor, por cierto, el comportamiento del PSOE que el de sus socios de investidura. “Al menos con el PSOE, confiesan, sabemos que cuando nos dicen sí, es sí, y cuando nos dicen no, es no”.

Lo acontecido en la votación sobre el Decreto de la estiba trasciende la propia importancia del tema, que no es desdeñable, por cuanto supone desobedecer una sentencia del Tribunal de Luxemburgo y correr el riesgo de una fuerte sanción económica, además de propiciar una seria competencia por ese mercado estratégico en puertos de Marruecos o Portugal frente a Algeciras o Valencia, hasta ahora hegemónicos en la zona. Pero, siendo esto así, y no excluyendo la posibilidad de que se alcance un acuerdo de última hora que evite o aminore los daños directos, lo que ha quedado en entredicho es la viabilidad de un Gobierno sin suficiente respaldo parlamentario, que ha de enfrentarse a retos tan trascendentales como el desafío soberanista en Cataluña.

El sacrificio del PSOE al facilitar con su abstención la investidura ha supuesto un evidente desgarro interno y está marcando la campaña de las primarias, desde mucho antes de su convocatoria formal. El “No es No” ha demostrado tener mucha capacidad de enganche entre las bases socialistas. Los sólidos argumentos que pueden esgrimirse para justificar aquella abstención en aras a la responsabilidad exigible a un partido con proyecto de gobernabilidad, además de la sólida sospecha de que una nueva convocatoria electoral hubiera supuesto, en aquellas circunstancias, un serio descalabro en las urnas, pueden quedar obsoletos si fuera ahora el propio Rajoy quien decidiera apretar el botón de la disolución del Parlamento y tuviéramos que votar a finales de este año.

Los candidatos a la Secretaría General del PSOE tienen como inmediato y lógico objetivo conquistar la voluntad de los militantes, un cuerpo electoral concentrado, que pueden responder a motivaciones muy diversas, ideológicas, pero también personales y emocionales, siempre dentro de un colectivo identificado con unas siglas. En otras circunstancias, la repercusión de los mensajes durante la larga campaña de mítines y declaraciones en todos los medios hubiera tenido su principal efecto en la voluntad de los inscritos en el Censo. Hoy, con la sombra de la sospecha de unas nuevas elecciones generales, los candidatos van a ser escudriñados también como posibles aspirantes a la presidencia del Gobierno. De ahí que tengan la oportunidad de trasladar a los españoles no sólo sus ideas para la recuperación interna del Partido Socialista sino las ideas que pretenden impulsar al frente de la que todavía es la principal fuerza de la izquierda en España. Haciendo de la necesidad virtud, el PSOE va a disponer de una gran caja de resonancia para trasladar a los españoles unos mensajes en positivo. Sería imperdonable que ese bagaje de ideas y programas que están siendo elaborados por los diferentes equipos de los candidatos y las resoluciones del próximo Congreso quedaran oscurecidos por trifulcas de corto alcance, pero de gran consumo mediático.