DEL BUEN USO DE LA PRIMARIAS

Sin ningún deseo de reanimar un debate ya zanjado, y sin voluntad alguna de discutir de su resultado, debo decir que mucho me chocó algo en la proposición que el entonces Secretario General del PSOE, Pedro Sánchez formuló ante los medios de comunicación. Se trataba de la petición de celebrar elecciones primarias para el cargo de Secretario General semanas antes del Congreso también previsto.

Aunque no fuera norma nueva en el partido socialista, tal cronología me parecía realmente no sólo inadecuada para mi concepción de debates precongresuales, sino también opuesta a la lógica democrática. Si se elige un Secretario General se está votando lógicamente para la política que este defiende ¿No? Entonces, ¿por qué volver a discutirla semanas después en un Congreso?

Las primarias, que los socialistas fueron los primeros en aplicar en España, están directamente inspiradas de lo que se produce cada cuatro años en Estados Unidos para la elección de su Presidente. No es una imitación literal, sino un esfuerzo de democratización de la decisión ampliando su base. En el partido socialista se pasó de la tradición de la votación bloqueada por delegaciones a la elección directa por los delegados reunidos en congreso, cada delegado un voto, y rápidamente a la elección directa por los militantes. Las primeras primarias fueron para la designación de la candidatura a la Presidencia del Gobierno y se desarrolló la pugna entre Joaquín Almunia y Josep Borrel, cuando el primero era Secretario General y siguió siéndolo, a pesar de ser derrotado. En 2014 se produjo la primera infracción a la lógica de un debate democrático, es lo que yo pienso, al convocar las primarias para Secretario General antes del Congreso. Este no tenía más remedio que confirmar el voto militante y así salió un Secretario General nombrado antes del Congreso y de inmediato discutido en su partido. La reciente proposición de Pedro Sánchez, prorrogaba lo que yo consideraba como una anomalía que tarde o temprano se paga, y caro.

Estos días se están celebrando en Francia las primarias de la Derecha para designar su candidato a las próximas elecciones presidenciales. Se considera un éxito que unos 4 millones de ciudadanos participen en ellas. ¿Un éxito democrático? Puede discutirse. La muy probable decisión, a la hora de escribir estas líneas, es que sea elegido François Fillon, con un programa de derecha ultraliberal y dura, durísima, que prevé tratar a los franceses como la Unión Europea trató a los griegos. Los sondeos no le daban vencedor. Su rival Alain Juppé no sólo iba en cabeza de las intenciones de voto, sino que todos los sondeos le daban favorito en la elección presidencial, contra la frentista Marine Le Pen. Ello corresponde a una sensibilidad de derecha moderada, que es la que mayoritariamente expresan los ciudadanos. Tales primarias tendrán una doble consecuencia: los ciudadanos franceses se verán sin candidato que corresponda a su profundo deseo, 4 millones de votantes no son nada cuando el censo es de más de 46 millones, y es muy probable que en la segunda vuelta, decisiva, se enfrente a una candidata de extrema derecha y un candidato, Fillon, de derecha dura. ¿Tendrán los ciudadanos moderados o de izquierda la abstención o el voto blanco o nulo como única opción? Las primarias en este caso son una simplificación drástica que falsea la democracia. Y no digamos del proceso que ha permitido participar en el voto a ciudadanos de izquierda o de extrema derecha que finalmente no votarán, cuando llegue la elección presidencial a ninguno de los candidatos presentados.

Otro aspecto de mi reflexión concierne la realidad democrática de la elección por primarias. Los partidos políticos, al menos en Europa, se crearon para agrupar ciudadanos que compartían ideas e ideales y se agrupaban para luchar por ellos y debatir entre ellos. Las agrupaciones eran sus núcleos básicos, donde las discusiones podían desarrollarse según normas establecidas y que, al menos en los partidos democráticos, garantizaban la libre expresión de las diferencias, las posibilidades de consenso o las votaciones para decidir finalmente. Por un sistema escalonado de representaciones delegadas se constituía el organigrama que presidía las decisiones colectivas finales y la designación de los representantes encargados de llevar a cabo las propuestas y decisiones. Este sistema se ha desacreditado rápidamente por considerarse demasiado cerrado y ajeno a las reales preocupaciones del ciudadano de a pie. Además es un sistema ingrato muy ajeno a la facilidad de nuestra época. Así se ha llegado hasta la creación del militante virtual que opina desde su ordenador, encerrado en su casa y en sus redes sociales, no creo que sea la mejor manera de debatir. El militante ejerce sus derechos y acepta su responsabilidad antes otras personas, hoy es el anonimato que impera en las decisiones. Y la creciente facilidad de información tiene su contrapartida: la desinformación que difícilmente puede ser contrarrestada. Así puede una primaria desembocar en la elección de un Donal Trump. Decía estos días Emmanuel Macron, el moderno candidato a la Presidencial francesa, quien no acepta pasar por unas primarias, como desde luego tampoco lo hace Mélanchon, el líder de izquierda ajeno al PS, que las primarias las inventaron los partidos para suplir sus deficiencias democráticas y sus problemas de comunicación con la sociedad.

Pero las primarias no pueden ser suprimidas, es un método que tiene una muy mayoritaria aceptación, aunque no haya resuelto, en nada, el descrédito de la política, aún siendo un acontecimiento indiscutiblemente político. Entonces cabe hacer un buen uso de ellas. No pueden sustituir un debate político amplio entregándose a la opinión de una única persona. Deben estar reservadas a la designación de la persona que se encargara de aplicar una política colectivamente definida. Por lo tanto la primaria debe realizarse después o en los días que siguen un Congreso, donde los representantes de los afiliados han tramitado y discutido las proposiciones que elaboran los militantes de base.

Desde luego, desde que el PSOE decidió utilizar tal sistema de las primarias, pocos éxitos ha cosechado, más bien problemas internos que han llevado a inútiles desgarros públicos.