DEJAD DE MIMAR A LOS RICOS

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“Dejad de mimar a los ricos”. Con este título, Warren Buffett, una de las personas más ricas del mundo, publicaba el 14 de agosto de 2011, un artículo en el New York Times, donde venía a criticar al presidente de EEUU, George W. Bush, por haber reducido las retenciones fiscales de los americanos más ricos a un mínimo que no se recordaba desde los años veinte del pasado siglo. Y se ponía él como ejemplo, cuando afirmaba que pagaba en impuestos un 17,4 por ciento. Un porcentaje más bajo que el que pagaba cualquiera de las veinte personas que trabajan en su oficina, cuyas cargas fiscales estaban entre el 31 por ciento y el 41 por ciento, con un promedio del 36.

La conclusión a la que llega es evidente, hoy pagan más porcentaje de impuestos los trabajadores que las personas más ricas. Y la consecuencia, es que el 1 por ciento más rico de la población mundial posee más riqueza que el 99 por ciento restantes.

Han pasado cinco años desde que se publicó este artículo. Cinco años de muchos sacrificios para millones de personas en todo el mundo, mientras el número de milmillonarios y sus fortunas aumentaban, año tras año, a un ritmo tan inimaginable como indecente, tan socialmente destructivo para la sociedad como ineficaz para la economía y su crecimiento. Sí, también, mala para el crecimiento y la estabilidad económica, además de suscitar una mayor frecuencia y profundidad de las crisis.

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En la lista Forbes de este año hay 1.810 milmillonarios, dieciséis menos que el año pasado. Con unas fortunas que llegan a 6,48 billones de dólares, un descenso de 0,57 billones en un año. Descensos coyunturales, dentro de una tendencia de acumulación de la riqueza en cada vez menos personas, como se puede observar en el gráfico de lo sucedido durante la crisis, y en informes como Una Economía al servicio del 1%, de Oxfam.

¿Es económica y socialmente eficiente y permisible que, en el año 2015, 62 personas tengan la misma riqueza que 3.600 millones? En 2010, eran 388 personas.

¿Puede aguantar mucho tiempo una sociedad donde la riqueza en manos de las 62 personas más ricas del mundo se ha incrementado en un 45 por ciento en apenas cinco años? ¿Puede aguantar un sistema económico donde la riqueza en manos de la mitad más pobre de la población se redujo en más de un billón de dólares en el mismo periodo, con un desplome del 38 por ciento?

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¿Cómo denominar al hecho de que desde que empezó este siglo, la mitad más pobre de la población mundial sólo ha recibido el 1 por ciento del incremento total de la riqueza mundial, mientras que el 50 por ciento de esa “nueva riqueza” ha ido a parar a los bolsillos del 1% más rico?

¿Alguien puede pensar en un mundo estable cuando en prácticamente todos los países más avanzados, y en la mayoría de los países en desarrollo, la participación de los trabajadores en la renta nacional se ha ido reduciendo, en beneficio de las rentas de capital?

Las distintas respuestas a estas preguntas, evidencian la necesidad de parar un momento y replantearnos nuestro modelo civilizatorio. De no hacerlo, no duraremos mucho como civilización, como ya ocurrió en otros momentos de la historia. Con una diferencia más terrible aún, la tierra es hoy un todo con amenazas globales nunca antes conocidas.

Pero hay esperanza, mucha esperanza. Y el comienzo es sencillo si se tiene voluntad. Consiste en plantear y plantearse en qué sociedad queremos vivir. Si como establece Naciones Unidas, se pretende promover niveles de vida más elevados, trabajo permanente para todos, y condiciones de progreso y desarrollo económico y social, es preciso combatir las prácticas de evasión y elusión de impuestos que realizan las grandes fortunas para aumentar su riqueza. Es preciso, poner fin a la carrera por bajar los impuestos sobre los beneficios empresariales. Es preciso, un acuerdo internacional para evitar la competencia desleal impositiva entre países, empezando por la UE.Y todas estas acciones hay que hacerlas no por envidia, o resentimiento de clase, sino para que el sistema funcione.

Se necesita de los impuestos no recaudados para que nunca más se realicen recortes de servicios públicos esenciales como la sanidad, la educación, los servicios sociales, las pensiones o la dependencia. Y para terminar también, con la falacia de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades.

Se necesitan los impuestos no recaudados, porque necesitamos financiación para el logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Se necesita distribuir la fiscalidad de forma progresiva, justa y equitativa. Es decir, se necesita transferir la carga tributaria del trabajo y el consumo hacia la riqueza y el capital.

Ya lo escribí en otra ocasión. El tiempo se acaba, porque cada día es más evidente el fracaso social, político y económico que supone que haya tantos miles de millones de personas en la miseria y una élite que tiene como bandera la acumulación de la riqueza pisoteando la equidad. Por ese motivo, hay que avanzar ya en democracia. Con la equidad y la dignidad de las personas como principales objetivos civilizatorios.

Al final, en un mundo con tanto ruido, todo consiste en algo tan bello como SABER HACER EL BIEN.