DEBATES SESGADOS, PRESIONES DESMEDIDAS Y MAYORÍAS AUSENTES

tezanos130716

Al margen de los comportamientos legítimos que cada partido político adopte –por sí mismo− en la actual coyuntura parlamentaria para posibilitar que se forme o no se forme gobierno, lo que no puede negarse es que las votaciones del 20 de diciembre y del 26 de junio tienen un sentido concreto, una cierta intención política. Sentido e intención que no deben obviarse, si no se quiere alentar que en la sociedad española crezca un sentimiento de decepción generalizada, y una conciencia de mayorías ausentes.

Yo me encuentro entre los que piensan que la bipolarización por los extremos no es buena para el futuro de la sociedad española, máxime en coyunturas económicas tan delicadas como las actuales, en las que cualquier mensaje negativo (y merecedor de desconfianza), que se proyecte internacionalmente, puede tener unos efectos económicos sumamente problemáticos. Efectos que, como siempre ocurre, al final acaban siendo pagados por los sectores más débiles de la sociedad.

Por eso, después de lo que pudimos comprobar después de las elecciones de diciembre, yo me encontraba también entre los que esperaba que la inteligencia del electorado español acabaría castigando a los que entonces impidieron desde ambos extremos la formación de gobierno, o se pusieron de perfil mientras se lavaban las manos. Y, a su vez, los ciudadanos premiarían a los que habían mostrado voluntad de entendimiento y capacidad para ceder, procurando buscar una salida a la compleja situación existente.

Sin embargo, la repetición de las elecciones el 26 de junio produjo unos resultados muy similares en votos a los anteriores, con la única excepción de Unidos Podemos que, quieran o no quieran reconocer sus líderes, ha pagado en las urnas el precio de su soberbia y de su anti-pesoeísmo primario. Pese a lo cual, parece que aún siguen en sus trece. Y, claro, también con la otra excepción del PP, que recupera algunos votos –pocos en términos comparativos− respecto a las elecciones de 2012, en buena medida como resultado de reacciones de refugio de los más temerosos ante el “peligro” ascendente de Podemos, peligro que agitó claramente el PP en su campaña. Pese a todo, el PP se quedó en votos y escaños muy lejos de poder gobernar por sí solo. Sobre todo, si tiene que gobernar y recortar gastos como está pidiendo Bruselas que haga.

De manera paralela, los dos partidos más proclives al acuerdo y situados más en el centro −el PSOE y Ciudadanos− no solo no han sido premiados por su comportamiento responsable anterior, sino claramente han sido los más perjudicados en escaños, aunque no exactamente en votos. De hecho, el PSOE avanzó unas décimas en porcentaje de votos, mientras Ciudadanos perdió únicamente unas décimas, sumando los votos obtenidos por ambos partidos más que el PP por sí solo. Es decir, si estos partidos hubieran dado continuidad a su acuerdo anterior, y hubieran propiciado unas candidaturas de coalición “por el cambio” en el Senado, al menos en aquellas circunscripciones en las que dicha coalición podía obtener réditos de representación, ahora en el Senado el PP posiblemente ya no tendría mayoría absoluta. Lo cual es algo que no es seguro que hubiera resultado bien, pero, en su caso, habría sido bastante relevante, tanto en términos de funcionalidad de gobierno, como de poder neutralizar la capacidad de bloqueo y retraso legislativo.

¿Por qué ha votado de esta manera el pueblo español? ¿Qué mensaje se ha querido transmitir a los líderes políticos? ¿Se estaba en contra del pacto PSOE-Ciudadanos por lo que significaba en sí mismo, o porque se consideraba insuficiente? ¿Es posible interpretar la voluntad del conjunto emitida en las urnas, en todo o en parte? ¿Por qué los españoles no han querido dar a ningún partido –ni de lejos− mayoría parlamentaria suficiente como para que pueda gobernar por sí solo?

De alguna manera, la repetición, prácticamente igual en sus efectos, de los apoyos electorales indica que los españoles –con plena conciencia y conocimiento de causa− han emitido un mensaje bastante claro de “necesidad de entendimiento”. Y, plausiblemente, de entendimiento no solo entre el PSOE y Ciudadanos, a juzgar por los resultados electorales. ¿Puede, pues, identificarse en este comportamiento electoral reiterativo un mensaje y un rasgo de inteligencia colectiva?

Si nos atenemos al resultado de las urnas, lo que ha dicho el electorado no es que quiere que gobierne el PP –ni muchísimo menos−, por más que insistan sus corifeos mediáticos, sino que nadie tenga votos suficientes como para que pueda imponer sus criterios y programas a los demás. Y lo ha hecho de tal manera por dos veces que ni siquiera bastaría con que dos partidos –salvo la “gran coalición” PP y PSOE− se pongan de acuerdo, sino que, tal como están las cosas, parece que se quiere que sean al menos tres partidos los que se entiendan para formar gobierno.

¿Qué significa esto y qué alcance tiene tal mensaje latente del electorado? ¿Significa que, más allá de las preferencias específicas de cada cual, se apuesta ante todo porque en España haya un acuerdo político general entre varios partidos?

Si esto es así, resulta obvio que cualquier solución basada en un único partido –máxime si está muy lejos de la mayoría absoluta de escaños− no responde a la voluntad de los ciudadanos y, por lo tanto, este eventual gobierno quedará, en sí y en su proyección en las tareas de gestión, bastante hipotecado y carente de respaldos, tanto en el Parlamento como en la calle. Con el resultado inevitable del surgimiento de una amplia conciencia ciudadana de “mayoría ausente”.

¿Cómo evitar, pues, caer por esta pendiente de sentimientos –activos y pasivos− de desafección ciudadana mayoritaria?

Desde luego, con la actual conformación parlamentaria va a resultar muy difícil afrontar la situación, mientras no cambien los esquemas y las mentalidades políticas con las que prácticamente todos venimos operando hasta ahora. ¿Por qué? Sin duda, por varias razones, pero, sobre todo, porque los electores parece que piensan en la necesidad de plantear otro tipo de acuerdos diferentes, y más amplios que lo que supone una simple formación de gobierno de “coalición”, o como últimamente se postula, de “abstención”. Algo que plausiblemente ni va a ser suficiente para afrontar la compleja y delicada situación en la que se encuentra nuestra economía, ni va a permitir la estabilidad política que ahora se necesita, ni va a abrir la vía para resolver los problemas sociales de fondo que tenemos.

Es decir, amén del gobierno que se forme –si se forma−, la voluntad mayoritaria de los electores parece indicar que existen temores –fundados−, no solo sobre lo que puedan hacer o representar algunos partidos extremos –si se diera el caso−, sino sobre una serie de parámetros de nuestra economía y de nuestro encaje societario que podrían ser mejor encarados con un gran pacto socio-económico, similar a lo que en su día fueron los Pactos de la Moncloa. Pactos en los que participaron fuerzas políticas de diferente signo, junto a los representantes de los agentes sociales y económicos.

Por lo tanto, si es correcta esta interpretación sobre la voluntad de la mayoría social, además de reconocer y asumir que existe un claro sesgo de orientación electoral general mayoritariamente de izquierdas y de centro –y no de derechas−, la pregunta política pertinente que habría que plantearse es: ¿quién podría gestionar más solventemente y con mayor credibilidad una iniciativa de este tipo?

Desde luego, el PP en general, y Mariano Rajoy en particular, distan mucho de ser los más adecuados para gestionar unos acuerdos de tal tipo, que puedan recuperar la credibilidad perdida y encauzar a la sociedad española y a la economía por la senda que realmente se necesita. Por lo tanto, si logran conformar gobierno ahora y si hacen lo que les está pidiendo Bruselas, a su modo y con su conocido estilo de gobierno, lo más probable es que antes de dos años Mariano Rajoy y el PP estén absolutamente quemados y hayan superado los pésimos indicadores de funcionamiento de gobierno que indicaban las últimas encuestas del CIS. Y, entonces, habrá que empezar de nuevo a pensar en unos planteamientos similares de convergencias y amplios acuerdos que nos están indicando los votantes españoles en las urnas de manera reiterada.

Consecuentemente, habría que intentar que las conversaciones y tanteos para ver si se puede formar gobierno fueran acompañados, de manera paralela, por un debate serio y de fondo orientado a buscar soluciones y salidas a los problemas sustanciales que aquejan a la sociedad española. Problemas que nada impide que puedan ser abordados de una manera independiente, o relativamente separada. Aunque no hay duda de que lo mejor es que pudieran ser planteados de forma inter-conectada por líderes y equipos que tengan la suficiente credibilidad, capacitación técnica y propósito de limpieza en su ejecutoria política. Y, sobre todo, que entiendan bien la situación actual de España y la apremiante necesidad de hacer frente a los problemas que padece a esa mayoría social que no quiere verse reducida a la condición de mayoría ausente, de la que se prescinde, o a la que se obvia, con la aplicación recurrente y cansina de tacticismos de vía estrecha y de presiones e intoxicaciones mediáticas tan unidireccionales y sesgadas como equivocadas.

Por eso, precisamente, es difícil entender la presión política y mediática desmedida que se está ejerciendo sobre el PSOE, y especialmente sobre Pedro Sánchez, para que se enfrente a los debates de formación de gobierno debilitado internamente, con un voto decidido y cerrado de antemano, sin margen de maniobra y sin posibilidad de considerar otras hipótesis respetuosas con el interés general y el sentido efectivo de los votos. El intento, incluso, de continuar utilizando encuestas para decirle al PSOE lo que tiene que hacer, hablando en nombre de sus votantes –después de lo poco fiables que hemos visto que son determinadas encuestas−, no solo es un ejercicio de intromisión pública intolerable en la autonomía del PSOE, sino un ejercicio de audacia analítica poco fundada.

El espectáculo al que estamos asistiendo en la sociedad española de anti-psoeísmo primario en los medios y de cuestionamiento del liderazgo de Pedro Sánchez es un indicador bastante preciso del escaso grado de respeto democrático que tienen algunos, que solo parecen fijarse en el PSOE a la hora de pedir sentido de responsabilidad –como si el PSOE no hubiera dado suficientes ejemplos de ello durante el actual ciclo democrático− y voluntad de ceder a ciegas ante la arrogancia desinhibida de ciertos líderes políticos, a los que la opinión pública valora con unas puntuaciones negativas que no se conocen en ningún otro país de nuestro entorno.

Sin embargo, creo que somos muchos los que pensamos que el PSOE y su actual dirección sabrán estar a la altura de las responsabilidades que demandan los fariseos de vía estrecha, que en su momento no se la demandaron a otros. Y, por eso, tuvimos que ir a unas nuevas elecciones.

Si en algún momento el PP –con Rajoy o sin Rajoy− se presenta a la investidura con el apoyo comprometido de 170 diputados (los suyos, los de Ciudadanos y el de Coalición Canaria) –algo que habrá que ver si se da− es evidente que no solo el PSOE, sino los restantes partidos con representación parlamentaria, tendrán que plantearse seriamente qué es lo que deben hacer; si facilitan que se pueda formar un gobierno con el que no están de acuerdo, o si intentan conformar una alternativa –algo que resulta poco plausible sin Ciudadanos−, o si deciden propiciar con sus votos en contra unas terceras elecciones, con todos los costes que eso les pueda acarrear.

Ante una tesitura de este tenor, los partidos que no estén con Mariano Rajoy y el PP tendrán que ponerse de acuerdo todos –o gran parte de ellos− para intentar encontrar una solución a la situación de crisis política e institucional ante la que estamos. Pero, ante ese supuesto, los que tienen que intentar dar una solución –al menos provisional y/o condicional− son todos esos partidos y no solo el PSOE. Y para ello deberán ser capaces de sentarse, hablar con claridad y altura de miras y ponderar lo que se puede o no se puede hacer. Entonces, y solo entonces, algunos estarían legitimados para criticar al PSOE por lo que hace o por lo que no hace, incluso por las dos cosas a la vez, como nos tienen acostumbrados determinados comentaristas.

De momento, para intentar hacer las cosas bien habría que permitir que los debates políticos importantes se planteen en su momento, según el curso de los acontecimientos, y en su lugar, es decir, en el Parlamento, y entre los diferentes grupos parlamentarios, y no a través de tribunas mediáticas sesgadas que más que ayudar a solucionar los problemas, lo que están haciendo es enconarlos, confundirlos y provocar reacciones contrarias de autoafirmación.

¿Por qué no se deja que los parlamentarios, los partidos y los líderes hagan su trabajo correctamente, sin someterlos a presiones tan descaradas y, a veces, tan poco fundadas?