DEBATES PREELECTORALES, DEBATES POSTELECTORALES Y CONFUSIONES PROPICIADAS

Cualquiera que tenga un mínimo conocimiento sobre lo que son y suponen las campañas electorales, sabe perfectamente que las campañas deben centrarse en torno a lo que cada candidato o candidatura propone al electorado. Ello exige priorizar tanto las propuestas programáticas, como explicar la manera en la que se va a realizar la gestión y la implementación de dicho programa. Solo procediendo de esta manera se puede lograr que los ciudadanos sepan a qué atenerse y qué es lo que propone, y lo que aporta, cada cual.

Lo que no tiene ningún sentido en una campaña es enredarte en aclarar con quién vas o no vas a pactar, qué acuerdos vas a recabar y de qué manera. Si las campañas no se centran en estas cuestiones, al final los ciudadanos no sabrán a quién votar, ya que según las estimaciones que adelanten las encuestas pueden acabar realizando un voto inútil o un voto secundario, cuyo efecto solo será determinar el peso específico que tendrá uno u otro partido coaligado. Con lo cual es difícil estimar el valor de algunos votos emitidos.

Por ello, en los casos en los que no parezca factible que vayan a salir elegidos gobiernos de mayoría, tendría mucho más sentido que se formaran coaliciones previas a la presentación de las candidaturas (como suele ocurrir en algunos casos). Con lo cual los electores no se sentirán defraudados ni engañados a posteriori, con lo que pueda hacerse con sus votos.

De ahí lo extraño, e incluso sorprendente, que resultan algunos pronunciamientos que se están haciendo de cara a las elecciones catalanas del 21 de diciembre, en los que ciertos candidatos más que hablar de su propio programa lo que hacen es criticar a otros candidatos porque “no parecen” dispuestos a prestarse a apoyar su candidatura, que dan por supuesto que va a tener apoyos considerables. Todo lo cual es mucho suponer.

Que Arrimadas esté centrando su campaña en criticar la supuesta intención de Miquel Iceta y del PSC de “poner palos a las ruedas” de su candidatura “triunfante”, no solo es una muestra de arrogancia, sino que revela bastante inmadurez política y una falta de concreción en su propuesta electoral específica. O lo que es peor, evidencia una peligrosa intención beligerante y frentista a priori, al tiempo que se intenta enredar de tal manera la campaña que al final muchos electores no sepan muy bien lo que votan, lo que deben votar o lo que pueden votar. Es decir, puro lío preelectoral, que no aporta nada positivo a una situación muy complicada, que exige sentido de responsabilidad a todos los candidatos.

Pero más incomprensible aún resulta que desde las propias filas del socialismo algunos –muy pocos por fortuna− intenten generar confusión sobre lo que va a hacer o no va a hacer Miquel Iceta y el PSC después de las votaciones. Lo que da pie a que ciertos periodistas –y muy especialmente determinados grupos editoriales− se obcequen intentando recabar opiniones sobre posibles pactos o coaliciones postelectorales. Con lo cual más que “informar” sobre la campaña nos “informan” a los demás sobre la voluntad política de su grupo.

A partir de este proceder, impropio de una campaña electoral seria, lo único que se está logrando es crear confusión, postulando frentismos apriorísticos que, lejos de contribuir a una razonable solución –o encauzamiento− de la situación en Cataluña, y propiciar una búsqueda de soluciones razonables que eviten los riesgos de bipolarización, lo único que hacen es conducirnos a un punto muerto improductivo.

En definitiva, hay que comprender –y respetar− que la regla de oro de las campañas electorales es que todos los candidatos puedan –y deban− pronunciarse con suficiente claridad como para que los ciudadanos emitan un voto responsable, informado y consecuente con sus propias ideas y opiniones. Todo lo demás es ruido, confusión y tacticismo de corto alcance.