DE LA “ALIANZA DE CIVILIZACIONES” A LA “ALIANZA POR LA CIVILIZACIÓN”

Hace algunos años se lanzó la idea de una “Alianza de Civilizaciones” como propuesta y marco de actuación, frente a los augurios de aquellos que sostenían que nos encaminábamos inevitablemente hacia un dramático “choque de civilizaciones”. Previsiones que venían adquiriendo una creciente verosimilitud y capacidad de proyección pública, debido a varios atentados terroristas de gran impacto, entre los que destacaba el de las Torres Gemelas de Nueva York.

En aquel contexto, parecía que estaban dándose las condiciones precisas para que la opinión pública asumiera como destino inevitable el “choque de civilizaciones”, con todos sus componentes culturales, políticos, económicos y geoestratégicos. De esta manera, una vez que había caído el comunismo soviético, el nuevo enemigo principal de la civilización occidental se dibujaba en forma de un extremismo islámico en expansión.

Sin embargo, junto a las intervenciones y despliegues militares con los que se respondió a la nueva amenaza mundial –que no era ninguna broma─ surgieron análisis geoestratégicos más matizados y enfoques políticos más inclusivos, desde lo que se intentó tender puentes y restañar heridas. Precisamente, una de las propuestas que se formularon en esta perspectiva –a cierto contrapelo con el clima que se vivía en la opinión pública occidental─ fue el de la “Alianza de Civilizaciones”.

Aunque esta propuesta fue considerada en algunos círculos como una “ocurrencia” o una simple manifestación de “buenismo”, lo cierto es que coincidía con otros análisis y reflexiones que postulaban la necesidad de tender puentes, buscar complicidades y coincidencias (no solo militares, estratégicas y económicas) con otros universos culturales y religiosos, y abandonar los enfoques arrogantes y euro-centristas propios de otras épocas históricas.

La verdad es que la propuesta de la “Alianza de Civilizaciones” no fue acompañada de un trabajo sistemático de elaboración y desarrollo y pronto se acabó convirtiendo en un rótulo destinado a perderse progresivamente en el recuerdo, mientras que las tensiones y los vientos belicistas iniciales se fueron modulando y reajustando en el marco de estrategias de reacción más articuladas y ponderadas.

A partir de los nuevos equilibrios mundiales alcanzados en los últimos años –aún con sus carencias y debilidades─, la irrupción del Estado Islámico, con su secuela de crueldades y actuaciones inhumanas, está dando lugar a un nuevo escenario que va a requerir nuevas respuestas y enfoques más articulados. Sobre todo, en la medida que vaya en aumento la escalada de crueldades, de actuaciones genocidas, y de arrogancias en la publicitación abierta de las torturas, las destrucciones del legado cultural y las manifestaciones de trato aberrante a las personas.

Todo lo que los dirigentes del Estado Islámico quieren que veamos a través de las televisiones y las redes sociales, junto a los actos despiadados de terrorismo interno de los “lobos solitarios” (que a veces no están tan solos) tienen una intención precisa: quieren aterrorizar e intentar paralizar a la población, tanto de los países occidentales como la de su propio entorno geográfico y cultural.

Algunas de las actuaciones terroríficas que se están perpetrando tienen pocos antecedentes históricos cercanos, y nos retrotraen al recuerdo de períodos remotos de barbarie, antes de que germinaran los primeros brotes de espíritu humano y progreso civilizador. Lo cual evidencia que estamos ante algo muy serio, frente a lo que no podemos cerrar los ojos ni mirar para otro lado. Se trata de cuestiones que a todos nos conciernen, en la medida que cuestionan principios de civilización que se creía que ya estaban razonablemente asentados.

Por ello, al igual que ha ocurrido ante otras amenazas aberrantes, frente al peligro de la barbarie más cruda, hay que reaccionar de manera enérgica e inmediata, uniendo fuerzas contra la propagación de unos comportamientos que nada tienen que ver con una auténtica religión (por muy tradicional o regresiva que esta sea), sino que son comportamientos que ponen en cuestión concepciones básicas sobre los seres humanos y su dignidad más elemental.

De ahí que no estemos ante una cuestión de opiniones o pareceres, sino ante un asunto crucial, ante el que no caben medias tintas ni disimulos cobardes. Cuando suceden tales ataques contra la historia de la civilización y sus legados y contra la dignidad e integridad de las personas humanas, hay que levantar el muro de una auténtica “Alianza por la Civilización”, en la que unan sus fuerzas y voluntades todos los que están contra la barbarie y la inhumanidad.

De la misma forma en la que, después de las dos últimas guerras mundiales, los países y sectores sociales más civilizados intentaron racionalizar y pacificar el orden internacional, sentando las bases de la primigenia Sociedad de Naciones, y posteriormente de la actual organización de Naciones Unidas, ahora se requieren nuevos pasos e iniciativas que sumen fuerzas y voluntades en la dirección de unos acuerdos mundiales que garanticen que los avances de la civilización –más allá de diferencias culturales y nacionales─, no puedan ser puestos en cuestión por iluminados que se arrogan poderes arbitrarios contra las personas y las cosas. Esta es, precisamente, una de las cuestiones centrales que hoy nos conciernen.