DE INJUSTICIAS E INCOMPRENSIONES

Un reciente informe de la Fundación La Caixa que lleva el título Bienestar Económico y Material constata que, a diferencia de los países de nuestro entorno, la recuperación económica en nuestro país (ocupamos el decimocuarto puesto en lo que al PIB se refiere) no se ha acompañado de una mejora social para la ciudadanía (1).

Este estudio (que ha utilizado datos del INE, de Eurostat y de otras fuentes secundarias) revela que las condiciones de vida en España han empeorado a raíz de la crisis económica,  pues hay una alta incidencia de la pobreza monetaria (de hecho, 1 de cada 5 personas viven por debajo del umbral de la pobreza y cerca del 14% de la población lleva más de tres años bajo estas circunstancias) y una notable inestabilidad económica (no en vano, entre un 10%-15% de la población se enfrenta anualmente a caídas significativas en sus niveles de renta). Lo anterior ha dado lugar a una insatisfacción de los españoles con sus vidas, a la par que han aumentado los cuadros de estrés y ansiedad.

Así las cosas, nos situamos en la posición 25ª de los 28 Estados miembros de la Unión Europea en lo que al nivel de vulnerabilidad (en particular respecto a la denominada “pobreza consistente”), que combina la debilidad de ingresos y las privaciones materiales y estamos a la cola tan solo por delante de Letonia, Lituania, Grecia, Rumanía y Bulgaria.

Los datos son alarmantes: el 36,6% de las personas en España no puede permitirse gastos imprevistos, el 34,3% irse de vacaciones al menos una semana al año, el 13,4% reunirse una vez al mes para comer o beber fuera de casa, el 8% pasa frío en sus casas (el 7,2 en 2009) y al 3,7% no le alcanza para comer carne o pescado una vez cada dos días (2,1% en 2009).

Por otro lado, la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social en el Estado Español (EAPN-ES) hizo público, el pasado 16 de octubre, su informe anual titulado El Estado de la Pobreza. España 2018. VIII Informe anual sobre el riesgo de pobreza y exclusión, según el cual más de un millón de personas con titulación universitaria están en riesgo de pobreza (320.000 más que en el año 2008, el 13,8% de la población). Si a éste millón sumamos a los que disponen de bachillerato o formación profesional la cifra superaría los 2,7 millones (2).

No hay lugar a dudas, la crisis ha elevado considerablemente el número de personas en riesgo de pobreza (10 millones en 2017, 1 millón más que en 2008) y ha redibujado los perfiles sociológicos de los más desfavorecidos. Observando la evolución de la tasa   AROPE (que además de la tasa de pobreza, mide la baja intensidad del empleo en los hogares y la privación material severa), el 26,6% de la población estaba en 2017 en riesgo de pobreza o exclusión social (12,4 millones de ciudadanos, a diferencia de los 11 millones en 2008).

Una parte apreciable de las mismos son españoles, adultos, desempeñan trabajos (el 30%) y disponen de estudios educativos altos. Además, se confirma que hay más mujeres que varones (6,4 millones frente a 5,9 respectivamente), que casi uno de cada tres   son menores de 16 años y que son los hogares monoparentales los que más expuestos se encuentran.

Una realidad que ha dado lugar a un aumento de la exclusión social más extrema y al deslizamiento de nuevos sectores sociales hacia el sinhogarismo. Hace varias semanas se hizo eco la prensa de una noticia que me causó perplejidad y una profunda tristeza por lo incomprensible e inhumano. La noticia hacía referencia a que la Comunidad de Madrid está obligando a las personas “sin hogar” a que notifiquen el dinero que obtienen en su día a día, con el objetivo de descontárselo de las ayudas sociales que reciben, en su mayor parte de la Renta Mínima de Inserción (RMI), dotada con unos 400 euros mensuales. Se ampara en el artículo 12  de la Ley 15/2001, de 27 de diciembre, de renta mínima de inserción en la Comunidad de Madrid, relativa a las obligaciones de los beneficiarios de la precitada prestación (3).

En ese momento desde fuentes de la Comunidad de Madrid se informó que la normativa había sido malinterpretada y que era una medida que afectaba a los chatarreros (hecho social claramente diferenciado del sinhogarismo) y no a las personas “sin hogar”. Argumentar en este sentido es no entender la problemática de los que sobreviven al día y   que por razones de dignidad personal prefieren dedicar su cotidianeidad a buscar en los contenedores y por las calles todo tipo de objetos y materiales que les permite satisfacer mínimamente sus necesidades básicas (fundamentalmente sus ingresos los dedican a alimentación, según las dos únicas encuestas del INE disponibles sobre esta problemática humana y social (4).

Imagino la dura escena de algunas personas, que conozco desde hace años, y que viven en las calles de una gran ciudad como Madrid y a las que las autoridades les soliciten información sobre sus ingresos mensuales, más allá de la escueta renta de inserción que algunos perciben. No puedo por menos que rebelarme por la incomprensión manifiesta hacia seres humanos que han perdido el rumbo de sus vidas y siguen adelante con la máxima dignidad, organizando su jornada para obtener unos mínimos ingresillos que les permita subsistir.

Mientras esto aconteció, un colegio de Madrid instruía a sus alumnos con un vídeo que definía a los pobres como “personas mediocres”, como personas que no triunfan porque son pesimistas, con miedo al fracaso, y a los ricos como “personas de éxito”. Utilizar discursos de este cariz es muy preocupante, socializar a los niños en estas ideas es arrojarles hacia perspectivas deterministas que recuerdan al padre del evolucionismo moderno Herbert Spencer (1820-1903), quien acuñó el principio universal de la “supervivencia del más apto”.

Vivimos tiempos convulsos, tiempos de oscuridad para muchas personas y familias de bien, que se están quedando fuera de las oportunidades vitales que definen una ciudadanía social plena en las sociedades de nuestros días, en un contexto vivencial hiperconsumista e hiperindividualista, en donde los vínculos solidarios pareciera que se diluyeran, y la sociedad se exonerara de sus responsabilidades, en un contexto de fuerte impulso del neoliberalismo más feroz.

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(1) https://observatoriosociallacaixa.org/documents/22890/135153/iBEM_digital_OCT2018.pdf/74d95da8-4b96-2450-2f66-fbe4dd25fea7

(2) https://www.eapn.es/estadodepobreza/

(3) http://www.madrid.org/wleg_pub/secure/normativas/contenidoNormativa.jsf?opcion=VerHtml&nmnorma=470& cdestado=P#no-back-button.

(4) https://www.ine.es/dyngs/INEbase/es/operacion.htm?c=Estadistica_C&cid=1254736176817&menu=ultiDatos&idp= 1254735976608