CRÍTICA A MIQUEL SEGURÓ Y DANIEL INNERARITY (EDS.), “¿DÓNDE VAS, EUROPA?”

Editado por Herder hace pocas fechas, tengo en mis manos la obra que, coordinada por los acreditados profesores Seguró e Innerarity, recoge aportaciones de otros 16 autores, de variado orden y no disminuida calidad, desde la Filosofía en general a la Politología para arrumbar en el Derecho Público, en particular el Comunitario.

No cabe hacer aquí una reseña pormenorizada de todos y cada uno de los interesantes ensayos, todos en busca de respuesta, suficiente y válida, a la acuciante pregunta plasmada en el título.

Así se argumenta en la valiosa presentación que lleva a cabo el Profesor Miquel Seguró, donde con gratitud reconoce a los autores no haber incurrido en la práctica de los famosos “metarrelatos” denunciados por Lyotard, sino por el contrario atisbar con mesura la problemática actual y el destino probable que a Europa atañen. Y si a bote pronto al lector le incomoda el al parecer seguimiento por Seguró de las tesis de Fukuyama (“fin de la historia”) y Huntington (“choque de civilizaciones”), después se reconcilia al confirmar con el autor/editor que, respecto al primero, nuestro modelo prospera “como irradiación de un modelo de ver la vida” (por tanto, política y no sólo mercatoria), y respecto a su fatalista y un tanto reaccionario paisano, al impugnar junto con Steiner “un exceso de autoconciencia escatológica, como si fuera irreversible su (la europea) destrucción apocalíptica”.

De vuelta al elenco de coautores, comencemos por la visión filosófica –al parecer un tanto lejana, en realidad pegada con vigoroso “celo” (en ambas acepciones) al tema-. Es elocuentemente planteada por el profesor Daniel Gamper. Con él retornamos nuestra vista hacia una fecha clave, 1789, y una “Declaración” que, todavía hoy -y es de esperar por mucho tiempo- nos habla de nuestro Yo a reconocer por lo demás, y viceversa. Así lo hace el autor, y comprobamos su vigencia si le damos la vuelta: “La injusticia radical, en cualquier lugar, nos concierne”. Y en su busca de operarios eficaces para la construcción de un edificio garante del respeto consolidado y extensivo de derechos humanos, Gamper coloca en primer lugar uno: la Unión Europea.

¿Cómo? ¿Alegremente, al buen “tuntúm”, por vía trumponiana? El catedrático Manuel Cruz desconfía, y con razón, de lo que llama “fraternalismo light”. Asimismo, por vía tácita, pero con fervor palpitante en todo su ensayo, opera el rechazo de toda violencia incontrolada, aún para fines humanitarios.

Y es así que, cuando con Sánchez Ferlosio denuncia esa tentación improvisadora plasmada en el “¡yo esto lo arreglaba en 24 horas!” propio de barra de bar, está denunciando todo asalto bien a cielos, bien a prosaicos pavimentos, sea por vía autoritaria, sea por la de “falsos fraternalismos” exentos de juicio. Porque afirma que el trato del problema sociopolítico no cabe sea arrostrado sino escalón a escalón, y ese escalonamiento es –y tan solo él lo es- de signo federal: federalismo cuyo ethos se basa en la duda, la discusión y ulteriores acuerdo y codecisión.

Con profundidad, la Profesora Marina Garcés se pregunta con F. Cheng si Europa, exponente occidental, responde tan sólo a una “lógica dual” (sujeto y objeto), mientras Oriente añade a esos elementos el ternario que llama de “aliento”, vínculo cósmico que acepta, como mal menor, la servidumbre humana.

Y cree superada esa dicotomía por un fenómeno inédito pero hoy ya patente: el riesgo del Planeta como ecosistema en peligro. Lo que libraría a Europa de tentaciones neocolonizadoras. La tarea es otra, es trabajar en unas condiciones de habitabilidad planetaria que faciliten “una vida vivible”. No es poca la tarea, lograr de ese objetivo, lo que esta autora asigna a Europa.

Cerca de ello versan las consideraciones del Profesor Roberto Esposito quien –tras un rápido pero suficiente examen de los tres principales problemas que nos acechan -crisis económica, migraciones, terrorismo- se lanza al fondo de todo quehacer político: la vida, esa “vida (como) objeto prevalente de la política”.

Y esa “biopolítica” (Foucault) amenazada por el calentamiento global, ha de ser defendida y promovida desde y donde peligre: acude al expresivo ejemplo de centrales nucleares en una Suiza fuera de la UE, pero a la vuelta de la esquina.

Como buen italiano, nuestro autor acude a Spinelli y secunda su fórmula federal como transversalidad (ésta si, más que la “errejonista”) que aúna democracias nacionales –e internas regionales- y democracia europea, y de aquí hacia un “espacio global más amplio”. Con la fórmula “transformar el mundo a través de su propia transformación” y su histórico agente europeo (y digo yo ¡que no pare, si no tendremos más Trump!) cierra Esposito su ensayo, a mi modesto juicio el más brillante de entre los que de tanta altura integran el volumen.

Daniel Innerarity nos habla de esa misma relación “entrelazada” [adjetivo usualmente utilizado por él en otra obra, “La Democracia en Europa” (Barcelona, 2017)] entre los “Estados de bienestar europeos” frente a las “poderosas inestabilidades globales”: la “biopolítica” de nuevo asoma, y con sagacidad y no poco arrojo, Innerarity afirma que “la supervivencia del Estado del bienestar nacional (y europeo, añadiría yo) depende(a) de algún tipo de régimen de bienestar transnacional”.

Es mérito del libro que comentamos el aunamiento entre clara defensa de una Europa laica (Victoria Camps) con exposiciones que, desde el sentir religioso (Cardenal Gianfranco Ravasi, teólogo Francesc Torralba) y lejos ya de aquella inútil pretensión –quizá reveladora de internas dudas- de introducir en el Preámbulo del Proyecto de Constitución Europea una alusión a las “raíces cristianas” de nuestro Continente, hoy ambos autores constatan la verdad indiscutible del pálpito cristiano que inunda y anima nuestra cultura. Que la frase de T. S. Eliot recogida por el Cardenal, “no creo que la cultura europea sobreviviera a la desaparición completa de la fe cristiana” no deje de ser apuesta fácil en tanto que indemostrable, ello no desmerece el trabajo de estos dos practicantes católicos que, conforme al valiente reclamo del Papa Francisco (citado en nuestro volumen con admiración por Gianni Vattimo), “bajan al lío” y luchan por “la solidaridad y la comunión espiritual entre los diferentes seres humanos” (Torralba).

Seres humanos, autores y probables víctimas de una “sobreexplotación de la Tierra (capaz) de destruirnos con ella”, para en cuyo favor Yves Charles Zarka propone y defiende la tan hoy extendida tesis (R. Sennet, Laval/Dardot, etc.) de la “inapropiabilidad de la Tierra” y defensa del “común”. Considera Zarka que esas decisiones a tomar son “responsabilidad de la humanidad”: su encaje en este libro responde –pienso- a la reconocida conciencia ecológica de muchos de nuestros conciudadanos, en un porcentaje superior, p.ej., a la de los norteamericanos (que quizá y de rebote crezca como respuesta a don Donald Trump).

Como respuesta al planteamiento básico del volumen, en el que bajo el “¿Dónde vas Europa?” subyace el llamamiento claro de sus dos editores, y que cabe formular como “¿qué podemos hacer los europeos, no ya a lo kennedyano por Europa, sino por el planeta en su conjunto?”, no pueden faltar, y no faltan, alusiones a políticas concretas. En relación a ellas, cabe comentar las que se plantea Noam Chomsky y es de alabar que frente a  fáciles fórmulas frecuentes en este autor, esta vez adopta un encomiable gradualismo que le lleva a rechazar una “revolución social radical que solo llevaría a horrores aún peores” y sí defender “reformas en las variantes del capitalismo de estado existentes”.

También responde a la llamada, con diligencia y eficacia, Javier Solana quien, como buen conocedor de la política exterior y de seguridad de la UE de que fue responsable, va al fondo del tema, denunciando “la inadecuación de algunas normas internacionales a la realidad de los conflictos”, reconociendo que “la Unión Europea no puede tratar de exportar su modelo” para concluir que a nuestra Organización supranacional corresponde “atender a los problemas sociales y económicos (…) claves para lograr una paz duradera”, por lo que en el aspecto práctico aconseja que las operaciones de la UE “sean civiles y militares”.

Y a su modo responden, en atención a temas concretos, un Josep Ramoneda en su denuncia de un economicismo mercadista que –citando a U. Beck- llevará a un “autoritarismo estatal (adaptado) a los mercados (…) y (que) puertas adentro (se comportaría) autoritariamente”.

O un Ramón Cotarelo en su defensa del multiculturalismo y la presencia de las Regiones intraestatales en la construcción europea. O una Eva Illouz que, frente al miedo (sobre todo por la inmigración en cuyo favor se muestra) deja claro que Europa sigue siendo el mayor mercado mundial y “la institución política más atractiva del mundo”.

Y sobre todo, el tan reconocido Anthony Giddens que, ante la tesitura del ya decidido Brexit, tiene el coraje de desaconsejar esa “auténtica locura (de) aplicar el art. 50 a corto plazo”. Pero que, aún más –y no es de excluir que a tan reconocido politólogo le sigan muchos otros británicos- aboga por “un segundo Referéndum cuando se sepa con exactitud que significa la mencionada “salida“”. (No puede este comentarista sino congratularse de esta propuesta, acorde con las más meditadas y solventes reflexiones sobre el riesgo de los referenda de “una sola vez”, sobre todo si tienen pretensiones secesionistas: recordemos la meritoria doctrina canadiense al respecto).

Y con sinceridad y debido respeto, no cabe sino detraer de la lista de elogios el trabajo –que los editores y, sobre todo, la empresa editorial incluyeron quizá dada la notoriedad del convocado- el trabajo (repito) de Slavoj Žižek.

Cualquier lector al día, y más si adicto a controversias de moda, agradecerá la inclusión de Žižek en este volumen, porque su apetito va a estar servido. Pero ese lector pediría, eso sí, una mayor congruencia al autor. Porque, ya en otros trabajos, y concretamente en el inserto en este volumen, el politólogo esloveno ofrece variadas y contradictorias rutas argumentales y propositivas. Centra el estudio a que nos referimos en el tema de la inmigración, y si de una parte condena el  miedo occidental a la invasión y el encubierto terrorismo, de otra parte y con mayor ahínco condena un “humanitarismo” europeo, que califica de “autoinculpador” y “narcisista”. (Lástima que Žižek no se hubiese dado una vuelta por FAES, y hubiese podido ahorrar vocablos para sintetizarlos en el “buenismo” con que tanto se adornó a Rodríguez Zapatero).

Acierta cuando alude como causas de tensión antioccidental, frecuentemente proclive al terrorismo, viejas historias tales el Tratado “Sykes/Picot”, la explotación africana para obtención de minerales preciosos, hoy su campeón el coltán, la semiesclavitud en zonas extremo-orientales (y recuerda que también a cargo de ciudadanos chinos en algunos poblados italianos), pero extrañamente omite la invasión territorial israelí tras la guerra de los Seis Días y subsiguientes asentamientos.

Pero no se corta en afirmar que “la protección del propio modo de vida (europea) es una categoría protofascista o racista”: así pues, cabría pensar que para nuestro autor hacer punible la ablación es de extrema derecha. Y si reconoce –con razón- que los inmigrantes “persiguen también un sueño”, considera “enigmática utopía (que) Europa estuviera obligada a realizar su sueño”. ¿En qué quedamos?

Sí, quedamos en que toda política migratoria europea es inútil –y si bien cita con elogio y acierto fórmulas como la red administrativa paneuropea, intervenciones extraeuropeas concretas y medidas (con encomiable denuncia de los casos Irak y Libia)-, concluye que tanto éstas como aquella política en general de poco sirven.

¿Por qué?: Porque la tarea más “importante” es eliminar el “capitalismo global”. ¿Cómo? ¿Gradual, sectorial, políticamente, mediante reformas?

No, la cosa es más fácil: basta “reinventar” un “comunismo (que) puede que, a largo plazo, sea la única solución”.

O sea, que aquello cuya cancelación hizo posible el espectacular salto económico en China, cuya caída en la URSS y países satélites ha facilitado el gradual crecimiento en el otrora imperio euroasiático y libertad e integración europea en quiénes satelizaron, parece ha de volver, si no de golpe, a porrazo. Y choca que un esloveno, nacional de un país que en su día perteneció a una Federación que nunca debió romperse, no sea adalid de una vía federal y autogestionaria que rompió con el dirigismo totalitario, vulgo “comunismo”.

Pues no: no inventar el Mediterráneo, sí recuperar el Gulag.