COREA DEL NORTE: UN DILEMA SIN SOLUCIÓN

El dilema de Corea del Norte parece lejos de una resolución aceptable. Los sucesivos análisis que se han ido haciendo a lo largo del verano sobre la mejor manera de responder a los desafíos del régimen norcoreano apuntan diferentes líneas de acción, pero todos coinciden en una cosa: no hay una opción clara. Al cabo, el resultado es una sucesión de frustraciones: la respuesta militar arrastra consecuencias inaceptables, la vía diplomática ya se ha demostrado inviable y la presión económica parece impracticable o no decisiva.

LA LOCURA DE LA OPCIÓN MILITAR

Al dotarse de una capacidad de respuesta disuasoria (núcleo de la estrategia nuclear vigente desde 1945), la dinastía Kim cree haberse garantizado una protección existencial. Pyongyang ha blindado su seguridad bajo riesgo de catástrofe inaceptable para sus enemigos. El régimen pretende mantener su sistema medieval de gobierno (olvídense del comunismo), fortificándose en una ciudadela atómica. Corea del Norte no aspira a ganar. Se ha limitado a convertir en inaceptable su derrota, su extinción.

La desaparición de la Unión Soviética y la suerte que han corrido algunos de los dictadores que se amparaban en la implícita protección del mundo bipolar han servido a los Kim (y en particular al actual) de lección decisiva. Kim Jong-Un no quiere acabar como Saddam o como Gaddafi. Tampoco acepta que su suerte dependa de un protector externo, como le pasa a Assad con Rusia o Irán. Prefiere tener todas las cartas en la mano. O la única que puede hacer dudar a sus enemigos: que su extinción signifique un daño insufrible para sus verdugos.

Por eso, la retórica militarista de Trump es inútil. Peor aún: “legitima” el programa militar del dictador norcoreano, según Antoine Bondaz, responsable del área de Asia septentrional de la Fundación de Investigaciones estratégicas (1). Ese diluvio de “fuego y furia” que Trump evocó no acabaría sólo con Corea del Norte. En su perdición, Kim Jong-Un podría tener la capacidad de ocasionar una catástrofe inimaginable a su vecino y rival del sur, castigaría horriblemente a Japón y, muy probablemente, podría eliminar de mapa a San Francisco (pongamos por caso). Algo inaceptable para cualquier presidente sensato (o incluso con altas dosis de insensatez como el actual). Los expertos parecen coincidir en la inviabilidad de un ataque preventivo que eliminaría el arsenal nuclear norcoreano antes de que pudiera dispararse el primer misil. Y uno sólo bastaría para infligir un daño inaceptable.

UNA APROXIMACIÓN “REALISTA”

Algunos reclaman paciencia y consideran que se puede reconducir la crisis desde la firmeza. El director del Instituto de Estudios USA-Corea del Sur, David Kang, sostiene que la supuesta irresponsabilidad de Kim es un mito. En su opinión, el “lobo de Pyongyang” no se comporta como un loco, sino como el ejecutivo de una multinacional. Sabe muy bien lo que se hace. Pretende no sólo asegurar la continuidad del régimen, sino hacerlo más autónomo, reforzar su base productiva, fomentar el desarrollo y mejorar las condiciones de vida de la población, lógicamente sin aflojar en absoluto su naturaleza ultra autoritaria (2).

Por eso, algunos analistas se atreven a plantear lo que parece más plausible o menos malo: ya que no se ha sido capaz de prevenirlo, como reprocha Jeffrey Lewis, experto en política de no proliferación nuclear, hay que asumir el hecho consumado de una Corea del Norte nuclear y limitar el alcance de sus consecuencias (3). Después de todo, como se ha recordado estos días, el mundo ha aceptado algo no menos peligroso como el duelo nuclear implícito entre India y Pakistán.

Los “realistas”, como el profesor John Delury, investigador del Centro de Relaciones chino-norteamericanos y profesor de la Universidad de Yonsey, consideran, por tanto, que en vez de airear la amenaza militar, hay que concentrarse en congelar, limitar y someter la potencia nuclear norcoreana a estrictas reglas de actuación (4).

Desde Corea del Sur se defiende esta vía, aunque no de forma unánime. El actual presidente Moon, hijo de refugiados de la guerra de los 50, quiere evitar a toda costa la escalada militar. Ganó las elecciones con un programa digamos que pacifista, pero la agudización de la crisis le ha hecho adaptar su discurso. Mantiene su posición a favor de una salida negociada, pero Kim lo desprecia como un peón más del imperialismo americano. Moon se aviene ahora a instalar el sistema antimisiles (THAAD), que rechazaba como candidato y plantea un rearme del país. Otros dirigentes creen que hay que endurecer el discurso, pero no ofrecen alternativas muy claras de cómo hacerlo (5).

Trump no ha ayudado mucho volviendo a plantear, en mitad de este último episodio de la crisis, la posibilidad de rescindir el acuerdo de libre comercio con Corea del Sur, basado en su absurdo y tramposo principio de “América first” y en la falsa pretensión de que los pactos comerciales vigentes perjudican a Estados Unidos.

EL DOBLE FILO DE LAS SANCIONES

El debate se replica en el asunto de las sanciones. Para los halcones, constituirían un último recurso antes de pasar a la respuesta militar. Para los pacifistas, una palanca que debería sostenerse en la lógica del palo y la zanahoria.  

La efectividad de las sanciones pasa por presionar a China, que es donde reside la clave de la supervivencia material de Kim. La embajadora norteamericana en la ONU ha evocado el embargo energético. Pero la guerra económica presenta límites e incógnitas considerables.

Kerry Brown, profesor de estudios chinos del King College de Londres, pone en duda la capacidad de China para hacer claudicar a su protegido. Y aunque así fuera, es discutible que le compense hacerlo (6). Después de todo, el problema no es de Pekín, es de Seúl y Washington. El perjuicio que a los dirigentes chinos puede producirles el enojo norteamericano por la falta de energía en la presión contra Pyongyang es asumible. Un derrumbamiento de Corea del Norte le crearía a China un problema indesplazable de refugiados, entre otros. Y a largo plazo, tendría a una Corea unificada aliada de Occidente en su frontera sur. Por lo tanto, es preferible para Pekín mantener la carta norcoreana en la baraja que descartarla del juego.

La zanahoria que esgrimen los más constructivos consiste en premiar al régimen con reducir la presión, e incluso ofrecerle ciertos incentivos económicos (comercio, inversiones, etc.), si acepta plantarse en su potencial actual y no continuar con su programa nuclear.

La duda de quienes se muestran escépticos ante esta opción apaciguadora reside en las incógnitas sobre la verdadera motivación de Kim. ¿Se puede dar por seguro que el líder norcoreano sólo pretender blindar su seguridad, garantizar su existencia? ¿Puede descartarse que no pretenda atacar a Corea del Sur con armas convencionales, terreno en el que es muy superior a su rival, y forzar una reunificación de la península bajo sus condiciones? ¿Qué pasaría entonces? El fracaso estrepitoso de la vía diplomática combinada con la presión devendría de nuevo en el indeseable dilema militar.

NOTAS

(1) LE MONDE, 4 de septiembre.

(2) FOREING AFFAIRS, 9 de agosto.

(3) FOREIGN POLICY, 4 de septiembre.

(4) FOREIGN AFFAIRS, 22 de agosto.

(5) NEW YORK TIMES, 4 de septiembre.

(6) BBC, 5 de septiembre.