CONVULSIÓN EN FRANCIA

En las sociedades abiertas, aquellas en las que los ciudadanos son receptivos a las informaciones y valoran el destino final de su voto por encima de la fidelidad a una costumbre o la afinidad a unas siglas, la revelación de unos hechos que afectan a la honorabilidad personal de un político provocan efectos inmediatos en sus expectativas de liderazgo. Francia es uno de los mejores ejemplos de ese comportamiento y su castigo a Sarkozy parece ser el precedente de lo que pudiera ahora sufrir Fillon, como consecuencia de la publicación de unas informaciones en las que se fundamenta la seria sospecha de haber utilizado fondos públicos para favorecer económicamente a su esposa y dos hijos con el subterfugio de unas colaboraciones laborales de difícil justificación. Algo menos de un millón de euros pueden dar al traste con sus expectativas de acceder a la Presidencia de la República, pocos días después de convertirse en el claro favorito de una competición a segunda vuelta frente a Marine Le Pen.

Fillon había ganado con holgura las primarias de la derecha, con alta participación. Dada por supuesto la debilidad del Partido Socialista, reflejada en las encuestas, se había generado la convicción de nuevo que un hombre como Fillon habría de convertirse en el refugio de un voto a la defensiva para parar la fuerza ascendente del populismo de extrema derecha. Con ese telón de fondo, las primarias del Partido Socialista Francés hicieron emerger la figura de Benoît Hamon, disidente por la izquierda de las políticas desarrolladas por Hollande y Valls durante el “septenato”. De nuevo las encuestas -acertadas en su victoria sobre Valls- le condenaban sin embargo a disputar la cuarta o quinta posición en la carrera presidencial, disputando los apoyos de la izquierda con posiciones extramuros del PSF, como Melènchon, y corriendo el riesgo muy evidente de que un sector significativo del socialismo francés -y de sus votantes- se sintiera más atraído por las tesis centristas de Emmanuel Macron. Conviene subrayar la circunstancia -nada baladí, por cierto- de que todos estos nombres han desarrollado sus carreras políticas en el seno del socialismo francés, con desempeños gubernamentales y siendo interpretes circunstanciales de las políticas fluctuantes marcadas por Hollande al ritmo de las exigencias del momento.

Es natural y lógico que los españoles sigamos con mucha atención la evolución de los acontecimientos al norte de los Pirineos, pero sin caer en la tentación de realizar simplistas transposiciones del proceso. El escenario español es muy distinto. Son tan obvias las diferencias que resulta caso ofensivo para un lector medianamente informado subrayarlas. Baste decir, como ejemplo evidente, que en España no existe un Macron o que las diferencias entre Melènchon y el Podemos que surja de la competencia del Vistalegre II son un arcano.

La mayor diferencia, sin embargo, corresponde a la actitud de los franceses. Los casos de corrupción que afectan a la derecha española, incluida la nacionalista catalana, no parecen ser determinantes -no digo que absolutamente indiferentes- a la hora de castigar fulminantemente a los sospechosos de practicarla para sí o para su formación política. También hay que tener en cuenta la fiabilidad de los medios a la hora de atreverse a publicar una denuncia como la realizada por un semanario satírico francés, cuya credibilidad solo cuestiona -con la boca pequeña- el círculo más próximo a Fillon.

El reflejo en la sociedad francesa de estas noticias se manifiesta ya en las encuestas y puede provocar grandes sorpresas. No está tan claro -algo impensable hasta ayer- que el candidato socialista no tenga ninguna oportunidad de remontar y ser el aspirante a enfrentarse con Marine Le Pen. Habrá, por supuesto, movimientos subterráneos en las cúpulas, maniobras tácticas, pero cualquier movimiento de la Justicia o cualquier nueva revelación que afecte a un candidato será un elemento decisivo ante las urnas. Es lo que ocurre en las sociedades abiertas y dinámicas. Con tradición republicana.