CONVERGER A LA MEDIA

El diario EL PAÍS se está esforzando mucho últimamente en promocionar a Ciudadanos como partido alternativo al PP. Tiene todo el derecho, pero para hacerlo no necesita echar constantemente barro sobre el PSOE y sobre la izquierda en general. La acusación más frecuente es que la izquierda se encuentra desnortada, que se mira continuamente el ombligo y que no tiene un proyecto para España. Pareciera que tener un proyecto para España fuese exclusivamente una obligación de la izquierda. El PP no lo tiene y consigue siete millones de votos. Ciudadanos tampoco y sube en las encuestas como la espuma.

Dicho lo cual, parece justo admitir que la esencia de todo partido político es tener un proyecto para el país que aspira a gobernar. Precisamente, gracias a la confrontación de proyectos, el ciudadano puede hacerse una idea de lo que pretende cada partido y otorgar su voto a aquél que más le convenza. Que la derecha no tenga proyecto y agite continuamente espantapájaros y banderas diversas para ocultar sus verdaderas intenciones, que en esencia son que nada cambie, no exime a la izquierda de tener un proyecto. De hecho, cuando ese proyecto fue nítido e ilusionante –hablo de los años 80 del siglo pasado– la izquierda consiguió repetidas mayorías absolutas. El núcleo del mensaje de aquellos años fue el deseo de transformar a España en un país moderno y europeo “que no lo conociera ni la madre que lo parió”, en palabras que ya han quedado para la historia, pronunciadas por Alfonso Guerra.

¿Qué sería un proyecto ilusionante en estos años en los que apreciamos con dolor las profundas cicatrices que ha dejado la crisis en el tejido social?: paro, desigualdad, pobreza, recortes en los servicios sociales, incertidumbre sobre las pensiones, … Es difícil volver a conseguir que las clases desfavorecidas por la crisis crean en la política. En los años 80 acabábamos de salir de una dictadura de 40 años y de la crisis económica de los 70, ansiábamos integrarnos en Europa y dejar de ser la eterna excepción no democrática en un contexto que sí lo era. Las clases populares percibieron que solo la izquierda (el PSOE, para ser exactos) podía conducir el país hacia esa modernidad deseada.

Cualquier proyecto actual está desprovisto de la aureola épica que confieren las situaciones excepcionales, lo cual no deja de ser un signo positivo de normalidad. Más que buscar una nueva épica, un proyecto de izquierdas del siglo XXI debería en mi opinión apelar sobre todo a la razón. Propongo humildemente un proyecto de gobierno que se puede expresar de un modo muy sencillo, si bien su realización práctica probablemente diste mucho de serlo: converger a la media. No suena muy apasionante, pero mostraré que es del todo razonable.

Converger a la media, significa dejar de ser un país excepcional cuyos indicadores de todo tipo se alejan, no solo de los países más ricos de la Unión Europea, o de la OCDE, sino también de la media aritmética de estos países. Converger a la media significa dejar de ser un “país del sur” para convertirnos en un “país del norte”, o por lo menos en uno “del medio”. Veamos algunos ejemplos significativos de estas diferencias de indicadores:

En España los ingresos fiscales suponen el 34,1% del PIB, unos 7,2 puntos menos que la media de la eurozona. Si convergiéramos a la media, el Estado dispondría de 82.800 millones de ingresos adicionales para hacer políticas que acercaran a la media los indicadores de gasto.

El gasto público sanitario en España en 2017 fue el 6,1% del PIB, dos puntos menos que la media de la UE. El gasto público educativo fue el 3,9% del PIB, 1,7 puntos menos que la media de la UE. Converger en estos dos capítulos nos daría margen para gastar 42.500 millones más. El gasto en pensiones fue del 10,7% del PIB. En Francia es del 14,6% y en Italia del 15,3%. ¿Por qué tratan de convencernos de que nuestras pensiones públicas no son sostenibles?

La inversión pública y privada en I+D, alcanzó en 2017 la sonrojante cifra del 1,19% del PIB, tras un descenso continuado en los últimos años, cuando la media europea está en el 2,03%. Converger a la media supondría invertir 10.000 millones adicionales.

El porcentaje de jóvenes entre 15 y 29 años que ni estudian ni trabajan es del 26% en España. La media de la OCDE es del 15%. El número de jueces por 10.000 habitantes es de 11 en España, frente a 21 en la UE. El empleo temporal es el 26% de los trabajadores, frente al 14% de media en la UE. Y la cifra que más nos aleja, el paro: un 16,7% en España en noviembre de 2017, frente a un 8,7% en la UE. Podríamos seguir con indicadores de corrupción, de fraude fiscal, de pobreza, de desigualdad, de natalidad, de despoblamiento rural, del precio de la electricidad, etc. y seguiríamos estando en todos ellos alejados de la media.

Un proyecto de izquierdas consistiría en algo tan simple como que España deje de ser la excepción,  de ser el hermano pobre que no acaba de desprenderse de sus lacras del pasado. Un gobierno de izquierdas daría una orden muy simple a sus ministros: “haced que los indicadores de vuestros ministerios coincidan con los de la media europea”. Ni por población, ni por infraestructuras, ni por nivel educativo, ni por volumen de nuestro PIB, nos corresponde estar donde estamos. Nos han conducido ahí las políticas conservadoras de los últimos años, tanto a nivel nacional como europeo.

Y una vez alcanzada la media, deberíamos aspirar a ser uno de los cuatro o cinco países que lideren Europa. Levantar esa bandera sí merece la pena.