¿CONGRESO DE LAS DIPUTADAS?

simancas020316

Varios grupos parlamentarios han propuesto suprimir la fórmula «de los diputados» del nombre del Congreso. La propuesta se presenta como una iniciativa que pretende simbolizar la igualdad en nuestro país. Pero, ¿se trata de una medida realmente acertada o es tan solo la constatación de cierta falta de conocimiento lingüístico?

En primer lugar, los proponentes deberían tener en cuenta la existencia en nuestro idioma del concepto lingüístico del «masculino como género no marcado». Esto supone, al igual que en el resto de lenguas románicas como el francés, el italiano, el gallego o el catalán, que el género masculino es inclusivo, es decir, incluye ambos sexos, pero en ningún caso el femenino se encuentra en un estado de subordinación al masculino.

La marca de género la tiene en nuestra lengua el femenino, ya que todos los nombres variables acabados en –a indican género femenino: o son hembras, o son mujeres. De esta manera, el masculino NO es lo contrario, sino que carece de marca de género. Ello quiere decir que en español el masculino es el genérico y puede hacer referencia a ambos sexos.

Por tanto, podemos afirmar que este debate no tiene tanto que ver con el machismo como con el género y la economía del lenguaje. En nuestros días se está generalizando en algunos tipos de discurso, principalmente el político, la repetición explícita de ambos géneros como signo de deferencia al público. No obstante, fuera de estos usos, debe considerarse redundante e innecesario. Esta posición está avalada por la Real Academia de la Lengua en su Gramática de 2009 y el Instituto Cervantes en El libro del español correcto, entre otros.

Sin embargo, no se puede negar que nuestra sociedad, a día de hoy, está plagada de machismos en ámbitos como el laboral, donde no se pueden obviar las diferencias salariales entre sexos o el número de mujeres que ocupan altos cargos. También existe el machismo evidente en la publicidad y, desde luego, en el inaceptable número de acosos y víctimas de maltrato a los que asistimos atónitos cada semana.

Pero no solo se aprecian las actitudes machistas de estos modos tan notorios. Mentiríamos si dijéramos que el lenguaje no es machista en algunos aspectos y es que, sobre todo en lo que al léxico concierne, la mujer sale bastante desfavorecida. Pero llevarlo al extremo de querer suprimir “de los diputados” del Congreso porque las mujeres se pueden sentir discriminadas, es excesivo y un intento fallido de tratar de contentar a una mayoría que NO debería sentirse ofendida por este motivo.

Desde algunas asociaciones feministas se ha abogado, por ejemplo, por la sustitución de  la vocal o por la e en el genérico («les niñes altes»), por una x («lxs vecinxs») o por el símbolo @: ([email protected] [email protected]), todas ellas desatinadas desde el punto de vista lingüístico. Esto nos hace imaginarnos inevitablemente cómo quedaría, con propuestas políticas de este tipo, la emblemática fachada del Congreso de les diputades, de lxs diputadxs o de [email protected] [email protected] Disparatado, ¿verdad?

Sin duda, con estos despropósitos solo se está creando un descontento en el sector femenino que, además de llevar a la confusión de género lingüístico y sexo y a una constante autocorrección de los hablantes para no ofender a nadie, lleva a que las mujeres que defendemos la utilización del masculino como genérico seamos tildadas de machistas. Y en absoluto, pues se puede ser, como es mi caso, una mujer tremendamente feminista y progresista que simplemente defiende un uso correcto –y no politizado- de una lengua de tanta trascendencia como es el español.

Afortunadamente, tal y como señala el académico de la lengua Ignacio Bosque, existen escritoras de gran talla como Almudena Grandes, Rosa Montero o Maruja Torres que siguen usando en sus textos el masculino genérico, desmarcándose de estas propuestas absurdas. Estoy segura de que nadie, en su sano juicio, tildaría a estas tres mujeres de machistas. Entonces, ¿por qué es un insulto a la igualdad referirse a nuestro Parlamento como «Congreso de los diputados»? Creo que los argumentos concernientes a que la labor de diputado la realizan tanto hombres como mujeres queda devastada por razones meramente lingüísticas de sentido común.

Por último, quisiera mostrar un resquicio de esperanza a todos aquellos (a estas alturas no creo conveniente hacer referencia explícita a ambos sexos) que seguimos apoyando un correcto uso del lenguaje. Hace unos meses, en la clase de Morfología del español de la Universidad Complutense de Madrid, el profesor lanzó la siguiente pregunta: «¿Cuántas de las mujeres aquí presentes se sienten ofendidas si digo los alumnos incluyéndolas también a ustedes?» De la gran cantidad de alumnas que asistíamos a la clase, ninguna levantamos la mano en símbolo de ofensa, y puedo afirmar que ni mis compañeras ni yo tenemos un ápice de machistas. Es más, todas nosotras reivindicamos nuestros derechos como mujeres de forma más o menos activa.

Esto nos lleva a pensar en si realmente la propuesta «de igualdad» que lanzaron dichos grupos el pasado 8 de marzo es la más adecuada para hacer frente a un gran lastre de la sociedad como es el machismo. Quizás deberíamos centrarnos en una ley de igualdad salarial, en la conciliación laboral y familiar no solo de la mujer, sino también del hombre, o en una lucha más efectiva contra la violencia de género mediante un pacto de todas las formaciones, antes de meternos en conjeturas lingüísticas con poca base teórica.