¿CON COCINA O SIN COCINA?

Hace unos días acudieron al CIS dos periodistas y un fotógrafo de un conocido diario con intención –decían– de hacerme una entrevista.

Cuando estaban traspasando el dintel de la puerta de mi despacho, donde yo los esperaba, al tiempo que me estrechaban la mano me preguntaron al unísono atropelladamente y con una mezcla de ansiedad y nerviosismo, ¿dónde está la cocina?

En principio, la urgencia con la que me hicieron aquella pregunta me llevó a pensar que en realidad lo que querían preguntarme era, “¿dónde están los servicios?”, como ocurre con aquellos que llegan con una especial urgencia a un determinado lugar.

Por eso les respondí: ¿La cocina? ¿Qué cocina?

– Sí –me explicó uno de ellos, mientras el otro asentía con la cabeza–, nos han dicho que en el CIS hay una cocina donde los empleados pueden comer y calentarse los platos que traen de casa.

– En efecto –les respondí– ¿Y?

– Queremos hacerle unas fotos en la cocina –me explicaron.

Por un momento pensé en continuar la broma –que no lo era–. “¿Comiendo un buen plato de fabada?” –tuve la tentación de responder.

Pero era evidente que no estaban bromeando –en realidad sí, aunque no lo sabían–. De forma que corté aquella tontería, y pasamos a realizar la pretendida entrevista. Que era lo que me habían pedido y no unas fotos de carnaval.

El asunto no es para bromas, ya que últimamente cuando se habla de encuestas o de sociología electoral la palabra que más suele emplearse es la de “cocina”. Incluso mis nietos más pequeños, después de ver una entrevista que me estaban haciendo en una cadena de televisión, les preguntaron a sus padres con ingenuidad: “¿Es que el abuelo ahora se va a hacer cocinero?”, ante tantas absurdas preguntas sobre “cocina” que me habían hecho.

En algunos países latinoamericanos, cuando se menciona la “cocina” en relación con una encuesta o sondeo electoral, esta palabra se usa como sinónimo de “chanchullo”, “trampa”, “manipulación”, “falsificación”, etc.

De ahí el daño que está haciéndose a la Sociología seria, a sus profesionales respetables y hasta a los propios encuestadores cuando se recurre constantemente a esta palabra y a todo lo que con ella se connota. Irremediablemente.

¿Por qué se habla de “cocina”? y ¿qué implica hacer “cocina” en una encuesta sociológica?

Hacer “cocina” en una encuesta supone considerar que las respuestas que dan los encuestados no reflejan exactamente lo que piensan, o lo que van a votar en unas elecciones. De hecho, eso que se llama “cocina” solo suele aplicarse a las respuestas sobre intención de voto. Asunto sobre el que bastantes personas o bien no dicen lo que piensan, o bien aún no tienen formada una opinión cuando se les pregunta sobre ello días antes de las votaciones, o incluso antes del comienzo de la campaña electoral, o de la misma convocatoria de los comicios.

Es decir, en algún aspecto, tales preguntas –por anticipado– es como si preguntáramos, por ejemplo: “¿dentro de un año qué va a pensar usted sobre el cambio climático, o sobre una supuesta Reforma Educativa cuyas características y contenidos aún no se han hecho públicos?”.

Por eso, en cuestiones de interpretación sociológica, hay que distinguir muy bien entre asuntos de hecho sobre los que los encuestados tienen unas opiniones bien formadas y sobre las cuestiones más abiertas o difíciles en las que no tienen opinión –o todavía no la tienen–, o bien por otras razones prefieren mantener en secreto su opinión; algo que es frecuente en las cuestiones políticas más candentes como es la intención de voto.

Precisamente, en los casos en los que hay muchas personas que no tienen opinión, que aún están indecisos, o que prefieren mantener reservas sobre lo que piensan hacer, es en los que resulta pertinente utilizar modelos interpretativos. Se trata de algo que hemos hecho todo el mundo y que ha permitido aproximaciones bastante afinadas durante bastante tiempo. De hecho, la historia de la Sociología desde los años veinte y treinta del siglo pasado está plagada de pronósticos electorales acertados. Aunque no ha estado exenta también de fallos predictivos muy sonados. Como lo que se conoce en la literatura sociológica como el “error Truman”.

El problema es que, en las sociedades actuales, los modelos tradicionales de previsión e interpretación política que se habían utilizado están fallando por dos tipos de razones: por un lado, por razones de cambio en los patrones de comportamiento en los electorados, que cada vez están más indecisos y entre los que ha dejado de predominar el votante tradicional fijo a determinados partidos (casi la mitad de los votantes dicen que votaría a uno u otro partido “según lo que más les convenza en cada momento”) y, por otro lado, debido a que las decisiones sobre voto político cada vez se toman más tarde, más cerca del día en el que se vota. A todo lo cual se une, en segundo lugar, que en este momento el abanico de opciones políticas tiende a ensancharse progresivamente. Es decir, en países como España hasta hace muy poco tiempo solo había dos grandes partidos con probabilidades de ganar y gobernar; sin embargo, ahora las opciones se han ampliado considerablemente, de forma que en estos momentos hay cuatro o cinco opciones, y pueden ampliarse todavía más.

Consecuentemente, no hace falta ser un lince para entender que cada vez es más difícil hacer pronósticos de comportamiento electoral con posibilidades de éxito. Otra cosa es que puedan hacerse previsiones sobre tendencias generales. Por ejemplo, en el caso de las elecciones andaluzas era plausible –y así ha sucedido– que el PSOE fuera el partido que más votos y escaños tuviera a una distancia notable de los demás. Como también era plausible que el PP tuviera bastantes menos votos y escaños que en las elecciones anteriores –algo que ha sucedido–. Y también era plausible que Ciudadanos tuviera más votos y escaños –algo que también se ha dado–. Incluso, asimismo era probable que VOX obtuviera por primera vez representación –como también acabó ocurriendo–.

Pero, más allá de estas tendencias generales, muy poco más se puede afinar con encuestas que se hacen a una distancia significativa del día fijado para votar.

¿Qué se puede hacer, pues, ante estas circunstancias? Lo primero, no engañar al ciudadano con formulaciones ocultas y cuasi mágicas, o con ejercicios de simple olfato político que satisfagan sus deseos de estar informado con antelación de lo que puede ocurrir en las elecciones.

¿Significa esto que hay que aplicar algún tipo de eso que se llama “cocina” para interpretar los datos? Se trata de algo que no hay que excluir, pero de acuerdo a las garantías imprescindibles que exige la metodología científica de trabajo. En particular, con alguna prueba de verificación o de testaje que permita comprobar si los modelos de proyección nuevos que se postulan pueden funcionar o no.

¿Y qué conclusión general podemos obtener de todo esto? ¿Hay que hacer y presentar los estudios sociológicos y electorales con “cocina” o sin “cocina”? ¿Hay que convertir esta cuestión en un asunto primordial del debate político, y discutirlo de manera apasionada y exagerada a ver si por el camino podemos cobrarnos alguna pieza política?

En realidad, la mayor parte de los debates que se están haciendo en España sobre estas cuestiones no solo pecan de exagerados, sino también de desaforados en las formas y en las intenciones. Realmente, en un país democrático y civilizado lo que procedería ante dichas incertidumbres es crear comisiones ad hoc formadas por especialistas y científicos reputados que pudieran hacer un diagnóstico riguroso de lo que está ocurriendo y que formularan propuestas y alternativas útiles que permitieran llegar a nuevos modelos funcionales y creíbles.