COMPLEJIDADES, ESPECIFICIDADES Y CONTRADICCIONES DE LOS POPULISMOS

El populismo es un fenómeno político y sociológico complejo que responde a circunstancias diferentes y que suele cobrar mayor o menor fuerza en coyunturas históricas muy diversas. Por lo que es comprensible que la utilización de la expresión “populismo” presente un notable grado de polisemia.

Generalmente, se califica como movimientos populistas tanto a los fascismos que surgieron en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, como a los diversos tipos de fenómenos caudillistas que aparecen y reaparecen recurrentemente en no pocos países latinoamericanos. Un caso típico de populismo latinoamericano es el peronismo con todas sus variaciones y subtipos.

Pero también se considera populista a Donald Trump en los Estados Unidos de América, y a muchos de los líderes locales que le apoyan, como Sara Palin. Al mismo tiempo, los analistas identifican buena parte de los comportamientos de Silvio Berlusconi y de Beppe Grillo como típicamente populistas. Y lo mismo podemos decir de no pocos líderes y partidos del Este de Europa.

Algunos diferencian entre populismos de derechas y populismos de izquierdas. Uno de cuyos casos más paradigmáticos sería el de Chávez y Maduro en Venezuela, y el de sus variados émulos e imitadores en diversos países, incluso europeos.

Como resulta evidente, una amalgama tan heterogénea de partidos y líderes difícilmente puede ser reducida a un común denominador analítico que permita entender y explicar un determinado fenómeno político con el rigor exigible en el campo de las Ciencias Sociales.

Por ello, más que hablar de un “modelo populista” en sentido estricto, cerrado y completamente formalizado, habría que hablar de “tendencias populistas” en el comportamiento de determinados líderes y organizaciones. Tendencias que surgen, resurgen y se modulan en el tiempo, y en sus formas, en función del caldo de cultivo de malestar, indignación y desestructuración que existe en determinadas sociedades en momentos concretos de su evolución económica y política.

Los principales rasgos que caracterizan el populismo son, en primer lugar, el papel de un líder carismático que se antepone a cualquier criterio propio de una organización política institucionalizada. Liderazgo que, en ausencia de mayores componentes ideológicos y estructurales de base, suele acabar dando nombre a su movimiento. Por eso se habla de peronismo, de chavismo, de berlusconismo, etc. Es decir, el líder opera como un Rey sobre un movimiento social que generalmente está poco articulado según criterios organizativos modernos. Lo cual es el segundo rasgo importante de este modelo. El líder se rodea de una especie de Corte de fieles de confianza, seleccionada de arriba abajo, y no suele rendir cuentas ante nadie ni ante nada. En algunos casos, opera como un viejo patrón, más o menos paternalista, en una vieja empresa, disponiendo de todos los recursos humanos y dinerarios de ella a su servicio. El caso de Berlusconi y de Trump resultan bastante paradigmáticos de este modelo de comportamiento “económico-político”.

Un tercer rasgo del populismo es que opera con un cierto componente familista. Es decir, las mujeres de los líderes, sus hijos y otros parientes suelen formar parte de su núcleo central de confianza. Es el caso de Evita Perón y de la siguiente esposa del General, o el de los parientes de Chávez, Maduro, Ortega… Y el de los hermanos Castro y sus hijos en el submodelo “fidelista”. También es el caso del viejo Le Pen, dejando como heredera a su hija y a su nieta, o el de Trump rodeándose de familiares en su círculo de confianza.

Un cuarto rasgo distintivo de los populismos es manejar discursos bastante demagógicos, generalmente apartados de las grandes ideologías clásicas, o que ofrecen interpretaciones bastante sui géneris de ellas. Un caso extremo de familismo y distorsión ideológica lo tenemos en la dinastía paleo-comunista de Corea del Norte.

El quinto rasgo es la falta de respeto a los cánones establecidos sobre las reglas y procedimientos de la democracia. Incluso sobre los criterios básicos del derecho civil o penal, que los líderes populistas generalmente consideran que no están obligados a cumplir o respetar. Lo cual implica, entre otras cosas, operar –a veces con bastante arrogancia− con el criterio de que “el fin justifica los medios”. Tanta es la autoestima que los líderes populistas se tienen a sí mismos, y la valoración (suprema) que suelen hacer de su misión política, que acaban creyendo que todo está justificado. De ahí que un sexto rasgo de estos movimientos es una “autoestima desbordante” del líder y la organización de una propaganda propia del “culto a la personalidad”.

Una séptima característica de los populismos es su aparente −o expresa− difuminación ideológica y social. Se trata de organizaciones que pretenden representar a todo el pueblo, más allá de clases, sectores o ideologías con “transversalidad”, como dicen algunos. En el fondo y en la forma se trata de experiencias que se basan en mecanismos de relación directa y no mediatizada o institucionalizada entre un líder “excepcional” y su pueblo. Todo su pueblo sin distingos. Del que solo quedan separados los sectores que no se avienen a formar parte natural de dicho “pueblo”, al que se simplifica con un reduccionismo casi total. “Lo quiere el pueblo”, “lo quiere la gente” –suelen argüir los líderes populistas para justificar su proceder.

En octavo lugar, también es propio de este tipo de organizaciones cultivar una “ceremonialidad” especialmente cuidada. A través de grandes actos y de encuentros ceremoniales muy preparados –y orquestados− el líder se comunica directamente con su pueblo, sin intermediarios. Y por medio de tales actos ceremoniales el “pueblo” recibe doctrina regularmente. De ahí que en tales “ceremonias” sean muy cuidados los escenarios y las emociones, con llamadas continuas a su carácter excepcional, histórico y/o muy singular. Precisamente, en estas “ceremonias” es donde el líder recibe el respaldo directo de su pueblo, en forma de aplausos, ovaciones y eslóganes coreados. Aunque en nuestros días a este mecanismo básico de “consulta” directa y respaldos “expontáneos” se unen también procesos poco transparentes y controlados, y posiblemente trucados, de escrutinios, comunicaciones y consultas por la red.

Finalmente, aún sin agotar el tema, una novena característica de los populismos es su carácter efímero. Es decir, suelen ser fenómenos de aparición rápida y súbita, en momentos de crisis, de inestabilidad, de pesimismo y de intensa preocupación ciudadana. Fenómenos que suelen ir seguidos de un declinar subsiguiente también bastante rápido, según se agota la credibilidad del líder –o su ciclo vital− y la efectividad de sus demagógicas y simplistas propuestas, o bien cuando aparecen las divisiones y las desafecciones internas o, en su caso, según se recomponen los valores democráticos en la sociedad, o se recupera la confianza entre los ciudadanos. Lo cual no significa que este tipo de movimientos, en algunos casos, no dejen durante un tiempo apreciable un notable residuo de influencias. Sobre todo, cuando su final ha estado rodeado de algunos elementos épicos y/o capaces de suscitar emociones muy vivas. Como es el caso, por ejemplo, del peronismo argentino. En definitiva, los rasgos populistas en el fondo y en la forma nos remiten en última instancia a tendencias de involución democrática que en algunos de sus aspectos o rasgos pueden afectar también a los partidos de corte clásico, pero que todos ellos juntos conforman un fenómeno político específico que, lejos de suponer un avance en los patrones de representación política, implican un retroceso neto. Por ello, la mejor manera de prevenir tales tendencias es con una verdadera democracia –contrastada y verificable− en el interior de los partidos políticos, y con un reforzamiento general de la cultura y de los valores democráticos en la sociedad.