COMIENZA LA PESADILLA

Los mecanismos más elementales de la psique humana suelen protegernos de las anticipaciones sobre acontecimientos especialmente inquietantes. Cuando Adolf Hitler ganó las elecciones en Alemania –aunque no por mayoría absoluta inicialmente− fue frecuente escuchar comentarios tranquilizadores del tipo de “es solo un payaso y un fanfarrón”, “no hará ni la mitad de las cosas que ha sostenido”, “en realidad no puede ser tan malo”, “en Alemania tales cosas no pueden ocurrir”, “¿cómo va a hacer eso?”. Pero lo hizo.

Por lo tanto, en nuestros días tampoco andan muy atinados los que esperan –en un ejercicio de “wishfull thinking”− que Trump no traspasará ciertas fronteras y no nos llevará al borde del abismo. Un terreno donde parece que le gusta moverse.

Sin embargo, parece que sí lo está haciendo. De momento centrado básicamente en la esfera económica. Y lo está haciendo de una manera especialmente simplista, firmando documentos genéricos, acompañados de órdenes imperativas, del tipo de “¡Hágase!”, como les gusta a algunos mandamases populistas latinoamericanos especialmente icónicos.

El problema es que, con tal proceder, Trump y sus asesores –si es que se deja asesorar− desconocen el carácter altamente interconectado que ha llegado a tener nuestro actual sistema económico internacional. De forma que cualquier decisión económica que se tome en Washington va a afectar, posiblemente también en aspectos imprevistos, a toda la economía mundial, con consecuencias muy diversas que acabarán por tener efectos para todos. Incluidos los Estados Unidos de América.

Nos encontramos, pues, ante un horizonte que va a despertar la imaginación de todos los analistas que llevan tiempo repitiéndonos la historieta de esa célebre mariposa que empieza moviendo sus alas en un alejado lugar y acaba poniendo en marcha una cadena concatenada de consecuencias que terminan por tener efectos al otro lado del mundo. Pero, con el agravante de que ahora el proceso lo desencadena no un suave y sutil aleteo de mariposas, sino un puño de hierro.

Por lo tanto, todo parece indicar que nos aproximamos a un período crítico, en el que hay que estar preparados para hacer frente a desafíos y cambios importantes. En lo que a nosotros respecta, especialmente en la zona euro.

Sin embargo, lo más inquietante en las políticas que va a llevar a la práctica Trump –ya ha empezado a dar pasos− son los aspectos que conciernen a los equilibrios políticos y militares internacionales, donde los riesgos y peligros van a ser exponencialmente mayores, y donde los modales extremos de un empresario agresivo de la construcción no permiten augurar nada bueno.

Por lo que ya ha declarado Trump, y por algunos de sus primeros gestos y declaraciones, su intención es meterse de lleno en varios avisperos a la vez: El primero, el que viene enconándose en torno al conflicto árabe-israelí, llevando directamente su embajada a Jerusalén, y que comprende también el amplio espacio de la guerra y las acciones terroristas del Estado Islámico, sin olvidarse de Afganistán y las eventuales reacciones en Pakistán. El segundo avispero es el de China y su pretensión –nada pacifista, por cierto− de convertir en bases militares unos arrecifes próximos a Filipinas, Borneo y otros países asiáticos. Todo ello al tiempo que empieza una guerra comercial y económica con el gigante asiático, y mientras continúa en el horizonte el muy delicado caso de Corea del Norte. El tercer avispero es el europeo, en donde parece que va a priorizar su entendimiento con el Reino Unido del Brexit, por un lado, y con Putin, por otro, dejando a la Unión Europea emparedada entre estos dos polos. Sobre todo si Trump cumple sus anuncios de desentenderse de sus contribuciones económicas a la OTAN. En unos momentos, además, en los que los europeos nos encontramos con unas capacidades financieras bastante limitadas y con un clima de opinión bastante desafecto, debido, entre otras cosas, a los recortes sociales y a unas malas políticas económicas. Y todo ello sin considerar lo que pueda ocurrir en las próximas elecciones francesas, holandesas, italianas, e incluso alemanas.

De momento, meter las manos en estos tres avisperos va a implicar desafíos inquietantes a los actuales equilibrios internacionales, con riesgos evidentes de entrar por la vía de las escaladas y las bravuconadas recíprocas, que no se sabe cómo pueden acabar.

Y aún dejamos pendiente un ámbito de conflictos, y de eventual reparto de áreas de “influencia” con Putin, al que los norteamericanos han solido calificar como “su patio trasero” en cuestiones de enfoque estratégico. De momento ya conocemos la especial inquina con la que Trump se pronuncia con sus vecinos mexicanos del Sur. Pero apenas sabemos nada de lo que piensa hacer respecto a Cuba y, en consecuencia, también respecto a Venezuela. El hecho de que Trump no haya hecho públicas sus intenciones en este sentido, no sabemos si es bueno o malo. Pero, en cualquier caso, resulta también bastante inquietante.

Todo lo cual nos lleva a preguntarnos, ¿quién, o quiénes, pueden frenar realmente este posible camino hacia la pesadilla? Posiblemente solo lo puedan hacer, hoy por hoy, los propios norteamericanos. No solo en la calle, con manifestaciones de rechazo y protesta como las que ya hemos visto, sino también en las instituciones. Sobre todo en el Senado, que es el único órgano de representación que tiene competencias efectivas de hacerlo, a través no solo de la vía legislativa, sino también mediante el procedimiento del impeachment, en caso de que se demostrara que la campaña de Trump ha estado en connivencia con el espionaje ruso. Lo cual son palabra mayores.