COINCIDENCIAS

En la historia del PCE hay algunos hitos por los que la sociedad le ha reconocido méritos especiales, como podrían serlo el coraje de enarbolar la política de reconciliación nacional en 1956, en plena dictadura franquista; desafiar el poder del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) condenando la invasión de Checoslovaquia en 1968, y, sobre todo, la aportación al proceso de Transición a la democracia en España para hacerla pacífica y coherente con el compromiso de superar la pulsión fraticida que nos ha acompañado como país los dos últimos siglos.

A las nuevas generaciones, en concreto a las formadas por los nacidos en los últimos cincuenta años, puede haberles sorprendido la extraordinaria profusión de artículos, reportajes, debates y conferencias que estos pasados días han conmemorado el 40 Aniversario de la legalización del PCE, un partido prácticamente invisible hoy en la vida política. Ésta, podría decirse que inesperada exaltación de aquel acontecimiento, sólo es comprensible por la importancia que en la memoria colectiva de nuestra sociedad se le ha dado a este partido en la lucha por las libertades frente a la dictadura franquista y en la construcción de la democracia, cuyos pilares fundamentales se asentaron en una Transición que comenzó abortando el intento continuista del Gobierno de Arias Navarro y que, tras múltiples luchas, movilizaciones, huelgas e iniciativas de primer orden, entre ellas los encuentros de Suárez y Carrillo, condujo primero a la legalización del PCE y año y medio después a la Constitución de 1978, inequívocamente progresista y que culminaba la ruptura neta con el régimen anterior.

Aquel PCE y su influencia social y política formaba parte de un movimiento puesto en marcha en una serie de países, mayoritariamente europeos, cuyos partidos comunistas eran críticos con la deriva del modelo soviético y defendían la vía parlamentaria y el pluralismo para la construcción del socialismo, la reversibilidad de los gobiernos, el rechazo de cualquier tipo de dictadura, la no aceptación de un partido-guía y, en fin, la indisoluble unidad de socialismo y libertad. A ese movimiento, con su correspondiente asignación de un papel fundamental al Estado en tanto que actor económico y redistribuidor social y la titularidad pública de los grandes medios de producción de bienes y servicios, se le llamó eurocomunismo. Uno de sus principales teóricos y propagadores fue Santiago Carrillo, Secretario General del PCE antes y durante la Transición.

La lógica y el sentido común deberían haber aconsejado a los actuales dirigentes comunistas españoles aprovechar el prestigio obtenido por el partido por esas aportaciones a la democracia. Pero no ha sido así. Al contrario, reniegan de ellas. Entre los últimos testimonios al respecto está el del coordinador de IU, al que en una reciente entrevista en “El País” (12 de abril de 2017) se le recordaba una de sus frases más insólitas, esto es, la de que “la posición política de Carrillo y el eurocomunismo sólo nos ha traído males”.

Tal afirmación solo puede significar ignorancia o, más probablemente,  coincidencia con Boris Ponomariov, miembro suplente del Politburó del PCUS y jefe de su Departamento Internacional, quien, a la par que en España se legalizaba al PCE, declaraba a la revista “Problemas de la Paz y el Socialismo” que el eurocomunismo era “anticomunismo y antisovietismo” y que constituía una “desviación” inaceptable y condenable. Por cierto, se ha comentado poco lo que en la crisis del PCE influyó la “excomunión” y los anatemas del PCUS. Si a lo anterior se le suma su censura por el abandono del leninismo y, sobre todo, su patética crítica a la Transición y a una supuesta “moderación” del partido en ese período, obviando que con los comunistas a la cabeza, se realizaron más movilizaciones en la calle y más horas de huelga que en ningún otro período de nuestros cuarenta años de democracia, uno trata de imaginar qué hubiera pasado en este país si a una relación de fuerzas que determinó que transcurriera casi año y medio entre la muerte del dictador y la legalización del PCE, y cuando campaban por sus respetos las conspiraciones militares, los asesinatos de ETA y otras bandas, más la crisis económica, se le hubiera añadido que al frente del PCE estuviera alguien con semejantes ideas. Pavoroso.