CLINTON versus TRUMP: UN DUELO CON MORBO PERO SIN SORPRESAS

El primer debate de candidatos a la Casa Blanca se ha desarrollado sin sorpresas. Las expectativas de novedades llamativas, cartas debajo de la manga o balas de plata con que uno de ellos pudiera infligir un revés político relevante a su adversario no han tenido lugar.

Como viene ocurriendo desde el inicio de la fase final de la campaña, el duelo tuvo que ver más con las aptitudes y actitudes personales de ambos contendientes que sobre sus respectivas propuestas. Quizás esta pretensión sea simplemente vana, porque para ello tendría que haber dos candidatos auténticos, y no es eso lo que ocurre.

La contienda de 2016 se libra entre una candidata acreditada, formada, experimentada y sobre cuya trayectoria se pueden hacer todo tipo de evaluaciones y análisis, y una suerte de anti-candidato, un personaje bufo, estrafalario e inconsistente, imprevisible e inquietante, cuyo principal mérito ha sido mofarse de sus adversarios pasados y presentes, codificar un conjunto de tópicos demagógicos y exhibir una frívola habilidad en el manejo de los medios audiovisuales, con no poca complicidad de algunos de ellos y la pasividad de otros.

Así las cosas, el debate se resolvió en una disputa dialéctica previsible, en la que resultó ganadora la candidata demócrata, porque atesora una solidez y una experiencia de la que carece escandalosamente su rival. Hillary evitó el peor de los peligros: ofrecer una imagen arrogante, despectiva o pedante, como en otros momentos hicieron otros compañeros de partidos ante rivales republicanos mucho más sólidos que Trump (Gore u Obama, p,e.).

Clinton no se pareció a su marido en 1992 frente a Bush padre o frente a Dole en 1996, porque no hubiera sido creíble. Mantuvo su perfil de representante acreditado del sistema, del establishment, sin deslices populistas inoportunos o guiños a la sensibilidad más a la izquierda del electorado demócrata. Ante las acusaciones archiconocidas de Trump, adoptó una actitud tranquila y, en momentos muy escogidos, socarrona, pero sin exhibicionismo de superioridad. Las alusiones a su salud, formulada por su adversario republicano en términos sobradamente conocidos, fueron replicadas por Madam Secretary con la hoja de servicios en la mano. No se da la vuelta al mundo y se abordan problemas de dimensión y complejidad internacional con la energía escasa, vino a decir Clinton, con aplomo imperturbable.

Trump sólo podía tener un objetivo en el debate: extender las dudas ya conocidas sobre la personalidad de la candidata demócrata: su sinceridad, su honestidad política, su credibilidad. No parece haberlo conseguido. Hillary zanjó el espinoso asunto del uso de su correo privado para comunicaciones oficiales de la Secretaría de Estado con una admisión de los errores cometidos y una explicación corta pero clara del alcance de los mismos. Y ahí se quedó todo. El magnate evidenció poca agilidad o escasa habilidad para explorar las debilidades de su rival.

Hillary ha sido indemne de debate. Lo que es malo para Trump, que era quien más podía ganar en el acontecimiento. No sólo porque va por detrás, sino porque le resulta cada vez más complicado quebrar sus techos electorales. Los datos generales de intención de votos son poco indicativos, debido al sistema electoral. Lo relevante es la desventaja que Trump arrastra en los llamados swinging states, o estados en disputa, que necesita ganar desesperadamente para hacerse con la Casa Blanca. Aunque conserva opciones de triunfo en alguno, parece muy poco probable que obtenga la mayoría en un número suficiente de ellos para alcanzar los 270 votos necesarios en el Colegio Electoral para ser elegido Presidente.

El electorado está bastante polarizado ideológicamente y las abismales diferencias en el perfil de los candidatos ahondan este fenómeno de fractura. Por lo general, en la política actual, tanto en Estados Unidos como en Europa, el factor personal se impone sobre el ideológico o el programático, por factores de sobra conocidos. Sin embargo, en los últimos tiempos, la irrupción del nacionalismo, del populismo o de otras opciones aparentemente rupturistas se han mostrado capaces de captar simpatías y votos en los segmentos más desanimados o más escépticos de la población. Pero estos segmentos del electorado no esperan programas más convincentes, ni discursos bien elaborados o sólidamente fundamentados, sino proclamas sencillas que conecten con sus frustraciones.

El debate de ayer había levantado algunas expectativas, pero no debió resolver la indecisión de esos millones de norteamericanos que todavía no saben a quién votar o incluso si votarán. En realidad, los verdaderos debates, los debates en los que se confrontaron modelos y propuestas, fueron los que protagonizaron Clinton y Sanders en las primarias demócratas. En el bando republicano, el favoritismo mediático por el histrión Trump condiciono el contenido de las confrontaciones dialécticas y la temperatura de las mismas. La debilidad de los otros contendientes y las contradicciones y perversiones políticas del Great Old Party contribuyeron también a ofrecer una pésima imagen de la opción conservadora.

Clinton sabe que contrarrestar la demagogia de Trump es tan importante como ganar la confianza de los seguidores de Sanders, que ha rendido un enorme servicio a la nación con la valentía, honestidad y pertinencia de sus propuestas. Cuanto más se acerque a ese universo de descontento primario que anida bajo la engañosa tutela de Trump, más corre Hillary el riesgo de provocar corrientes de abstencionismo en las bases tradicionales demócratas. Ese dilema no lo ha cambiado este debate, y será difícil que ocurra después de los dos siguientes.

No hay persona, entidad o corriente de opinión solvente, moderada o conservadora, que no admita que Clinton es la única candidata capacitada para el cargo. El desánimo republicano, neutralizado por el discurso y la propaganda, y sobre todo por la necesidad de conservar una mayoría con la que contrarrestar cuatro u ocho años más de una Casa Blanca demócrata, es lo que mantiene la ficción de que estamos ante unas elecciones como cualquier otra. No es así. Trump puede evitar una derrota no humillante, pero eso no le privará de haber sido un candidato vergonzante, un anti-candidato.

De aquí al próximo debate, el 9 de octubre, la campaña no deparara seguramente elementos novedosos. Trump intentará incidir sobre las grietas de credibilidad de Clinton, no para atraer a esos descontentos a su casilla de voto, sino para que no se acerquen a los colegios electorales. Hillary tendrá que seguir incidiendo en la inelegibilidad de su rival y en recuperar la confianza de los suyos en ella.

Después del segundo debate, que tendrá un formato town hall, es decir a base de preguntas del público asistente, las dos campañas quizás se vean obligadas a hacer ajustes. Luego, habrá que esperar a ver si surge o no la “sorpresa de octubre” (generalmente, un tópico), antes de someterse al veredicto del 8 de noviembre.