CINCO LECCIONES DE IOWA Y EL FACTOR ‘ENFADO’

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La carrera por la presidencia de Estados Unidos es muy larga, sólo apta para quienes tengan o consigan atraer mucho dinero, atesoren notable experiencia y apoyo organizativo, posean la habilidad de cambiar algunas de las reglas del juego o sean capaces de generar una especie de conexión cósmica con un complejo conglomerado compuesto por los grandes intereses (Wall Street), la clase media (Main Street) o el tinglado mediático. El candidato que reúna un mayor número de las condiciones anteriores es un ganador en potencia.

DESPUÉS DE IOWA

La primera posta de las primarias, Iowa, se ha jugado. Es muy pronto para sacar conclusiones, vaya por delante esto. Pero como es inevitable al menos explicarse lo ocurrido, avanzamos algunas observaciones.

1) Ni Trump tenía ganada la nominación antes de febrero, ni la ha perdido en los caucus de ese pequeño Estado del medio oeste. Recordemos que ni McCain ni Romney, los dos últimos candidatos republicanos, ganaron en Iowa. Los vencedores fueron Huckabee y Santorum, las opciones más conservadoras de las presentes en aquellas ocasiones. El triunfo de ambos tuvo las alas muy cortas.

2) La explosión de la burbuja Trump sigue siendo más que probable, pero no será repentina ni inmediata. En el peor de los casos, llegará vivo al Supermartes de marzo. Hasta entonces cualquier pronóstico liquidacionista es frívolo y prematuro.

3) Clinton ha sufrido una humillación en Iowa al no ser capaz de distanciarse más que en unas décimas de Sanders, pero puede hacer virtud de la necesidad y convertirse en una candidata aún más fuerte de cara a la siguiente fase del proceso. Hillary ha sido demasiado táctica y muy poco estratega. A las propuestas progresistas del político “demócrata y socialista” (Sanders dixit), la gran favorita replicó primero con la indiferencia y luego, a la vista del apoyo creciente cosechado por su rival, con planteamientos populistas, como sostiene John Nicols, el analista político del semanario progresista THE NATION. Ha llegado la hora de conocer a la próxima Presidenta Clinton. Pero de verdad.

4) Las alternativas republicanas a la pesadilla Trump hablan castellano. Ted Cruz y Marco Rubio, hijos de cubanos inmigrantes, aunque de etapas históricas un poco distintas, acreditan un background muy conservador. Tocan una música muy similar, pero interpretan letras algo diferentes. Fundamentalista religioso, el primero; más pragmático, el segundo. Cruz pretende ser un outsider, pero sólo por oportunismo: para conectar con ese magma electoral del enfado, que en su día fue el Tea Party y hoy es algo más difuso, pero no menos destructivo. Rubio es más joven, tiene más que demostrar y un historial económico privado muy vulnerable.

La orientación política de los hispanos norteamericanos está claramente escorada hacia el Partido Demócrata. Por eso sería una ironía que el primer presidente con raíces hispanas fuera tan derechista como Cruz o Rubio. Pero es una opción real. Bush, que está hundido, pero no muerto, no es hispano, pero su mujer sí; y también es conservador, pero más razonable.

5) Se recomienda escepticismo y mucha cautela. Estas son elecciones muy abiertas, aunque esto debería aplicarse al bando republicano. Sanders es el único candidato que ya ha ganado pase lo que pase. Su triunfo moral es indiscutible y la importancia de su propuesta (puramente socialdemócrata, en los patrones europeos) es una novedad promisoria en el panorama político norteamericano. A los republicanos, y a Clinton, la única victoria que les vale es la real, la política, la nominación en verano. Cualquier otra cosa sería un fracaso.

TRUMP/SANDERS, LAS DOS CARAS DEL RECHAZO

En los meses anteriores al inicio de las primarias 2016, en Estados Unidos se ha ido consolidando un fenómeno no necesariamente inédito, pero si destacado por su amplitud y profundidad: la fortaleza in crescendo de los outsiders. Estos días pasados, varios medios se han dedicado a analizar comparativamente los casos Trump y Sanders. Como estos dos contendientes se sitúan en extremos opuestos del espectro político, las diferencias entre ambos son tan abismales en el mensaje, en los programas (si es que el multimillonario lo tiene), y en el propósito que no merece la pena insistir sobre ello. Más interesante, en cambio, son las similitudes.

¿Qué pueden tener en común Donald Trump y Bernie Sanders? La respuesta es clara, aunque reducida: el público que les sigue, prescindiendo del componente ideológico, claro está. A saber: un electorado abrumadoramente BLANCO, MASCULINO Y ENFADADO.

Poca cosa, se dirá, y con razón. Pero de esas tres condiciones, una, el género, es el 50% del electorado. El elemento racial disminuye notablemente el grueso de simpatizantes, digamos a la cuarta parte de la mitad, más o menos. El tercer factor reductor, o sea el estado de ánimo es más difícil de cuantificar. Pero como dice el inteligente comentarista político norteamericano David Brooks, “ésta es una nación ansiosa y enfadada”.

No sólo Estados Unidos, como cuerpo político y social, está bajo el efecto del malestar o la crispación. En Europa pasa algo similar, aunque con componentes sociales (más que culturales) distintos y con pautas de conducta algo diferentes. Siguiendo a Brooks, “mucha gente ha perdido fe en el liderazgo político” del país. ¿No nos suena conocida esta canción a los europeos?

Trump y Sanders, desde posiciones muy diferentes, e ideológicamente opuestas, han expresado este rechazo de la política tradicional, apelando a constituencies o electorados desengañados o (no lo olvidemos) poco proclives al ejercicio de flexibilidad, consenso y posibilismo que caracteriza a la política.

Outsiders como Trump o Sanders ha habido antes, en otros momentos de la reciente política norteamericana, como los ha habido en Europa. Pero nunca habían llegado tan lejos. Es decir, hasta el punto de ser front-runners (líderes en la intención de voto) antes del inicio de las primarias, como ha sido el caso de Trump, o desafiar en toda regla a una megacandidata como Hillary Clinton, como ha conseguido Sanders de forma absolutamente inopinada.