CINCO AÑOS DEL 15-M

noguera180516

Han pasado cinco años de la aparición del fenómeno 15-M.

Nadie duda de los efectos positivos que ha tenido sobre la ciudadanía, que ha tomado mayor conciencia política, que se ha vuelto más exigente con la realidad en la que vive, que tiene un mayor nivel de responsabilidad y de compromiso, y, sobre todo, que convitió la indiferencia en indignación social.

Tampoco se puede dudar de que el 15-M supuso una revolución en el sistema político español que vivía sus más bajos momentos de popularidad y aceptación, sumido en un permanente desencanto ciudadano que ya no confiaba en sus políticos, y que vivía con resignación su participación política.

También pudimos comprobar cómo en el año 2012, a raíz de la aparición de este movimiento, se produjo el mayor número de manifestaciones y protestas ciudadanas en España. Según datos del Ministerio de Administraciones Públicas, en los 10 primeros meses del 2012 se contabilizaron más de 36.000 manifestaciones, lo que suponía el doble que en todo 2011 o en el 2010.

Es decir, el movimiento 15-M provocó un “despertar” general en una ciudadanía que había estado pasiva e indiferente ante los años de bonanza y especulación que se vivieron en España, y que vivió como un tsunami los primeros años de la crisis del 2008, sin casi entender qué estaba ocurriendo.

El 15-M fue la recuperación de la voz política de la ciudadanía.

Se consiguieron varios objetivos; entre ellos, el fin del bipartidismo. La aparición de nuevos partidos políticos en escena alteraron el “menú” electoral que conocíamos hasta entonces. También provocó la aparición de nuevas caras en los círculos de poder, desde el cambio del representante de la Corona hasta el liderazgo en los principales partidos políticos, salvo el caso del PP que sigue arrastrando a toda la generación que hoy se sienta en el banquillo, y que representa generacional y orgánicamente Mariano Rajoy.

Muchas fueron las esperanzas que se pusieron en los resultados que podría provocar todo aquel movimiento ciudadano. Por ejemplo, en las siguientes elecciones municipales y autonómicas donde cambió radicalmente el panorama político español, produciéndose acuerdos y consensos de gobierno que permitieron generar una nueva cultura del consenso, al tiempo que la aparición de nuevos líderes como Manuela Carmena, Ada Colau o Mónica Oltra.

Pero, cinco años después, y a puertas de la repetición de unas elecciones generales frustradas, que no han supuesto un cambio de gobierno, ni un cambio en la política económica y social, ni un cambio de talante en la negociación y el consenso, ni, mucho menos, la respuesta deseada por los ciudadanos a su indignación, hay que preguntarse ¿qué ha pasado?

Cinco años después, el movimiento 15-M salió a la calle a decir que todavía estaban allí. Pero ya no vivimos manifestaciones y protestas sociales, cuando hoy las cosas no han ido a mejor, y vemos que nuestro nivel de deuda pública se ha disparado, que los recortes sociales son asfixiantes, que la corrupción estaba instalada en todo rincón donde el PP gobernaba con mayoría absoluta.

Pero, sobre todo, comprobamos que estos cuatro meses no han supuesto un cambio en las formas de hacer política, sino sólo un cambio en los participantes. Se repiten unas elecciones, no con el fin de buscar consensos y pactos, que han resultado frustrantes, sino para buscar un nuevo “bipartidismo”.

Lo curioso es que lo “más viejo” encarnado por Mariano Rajoy resiste, aguanta y parece que se recupera pese al daño que la cúpula del PP ha hecho a este país: un daño económico, de corrupción y de cultura moral que todavía no ha tocado fondo.

Y lo “más nuevo” representado por Pablo Iglesias recupera formas, estilos, frases y comportamientos que nos retrotraen a épocas pasadas.

¿Dónde queda la modernidad política?

Quizás ese es el desencanto de muchos ciudadanos que salieron a las calles a cambiar las formas de hacer política, y tuvimos la primera alegría en Ayuntamientos y Autonomías donde sí parecía que era posible hacer las cosas de otra manera.

Pero, ahora no hay esa impresión. Se repiten elecciones porque los egos, las ambiciones, la falta de confianza, la poca modestia y prudencia, han pesado más que las voces ciudadanas que repetían una y otra vez que hubiera un acuerdo de gobierno.

Y después del 26-J, ¿qué pasará?

No habrá más remedio que entenderse, dicen todos los que se presentan de nuevo y que son los mismos que se presentaron.

Claro, no habrá más remedio que entenderse. No hay que dramatizar por hacer nuevas elecciones, de hecho, a veces parece que el país funciona solo sin necesidad de que el parlamento funcione (¡¡qué peligro para un sistema democrático!!).

El problema es que no se ve convicción democrática cuando se repite que “no habrá más remedio que entenderse”, sino que se ve resignación de quienes han jugado a la política como niños con piezas de un puzzle, sin preocuparse de las consecuencias que conlleva generar más frustración ciudadana.