CICLOS POLÍTICOS Y PANORAMA PREELECTORAL (y IV): QUÉ SE DECIDE REALMENTE EL 28 DE ABRIL

En ciertas ocasiones, en los países democráticos se producen coyunturas especiales, o de un interés singular, en las que se dilucidan opciones políticas de gran alcance político y social. Y, a veces, lo hacen por una diferencia muy pequeña de votos, de forma que unas pocas papeletas pueden inclinar la balanza de uno u otro lado.

En tales momentos, los ciudadanos suelen tomar conciencia de dicha importancia calibrando su voto con mucho cuidado, conscientes de que cada uno de ellos va a ser decisivo –y decisorio– de lo que pueda ocurrir en su país.

Las elecciones del 28 de abril tienen esta dimensión especial, al igual que ocurrió en España con las de 1977 y con las de 1982, y posiblemente con alguna más. Algo que se nota en la calle, en los círculos más diversos, y en la propia participación que suele darse. Por lo que el próximo día 28 de abril veremos si esto es así y si hay mucha afluencia a los colegios electorales.

Después de lo ocurrido tras las elecciones andaluzas y a la vista de los alineamientos políticos ulteriores y los cordones sanitarios anunciados por determinados partidos, el panorama de opciones reales el 28 de abril está bastante definido. Al igual que su alcance.

Indudablemente, ante las urnas caben distintas opciones iniciales de simpatía, identidad o cercanía personal o ideológica, pero solo hay dos posibilidades de voto que puedan tener una influencia electoral relevante sobre lo que pueda ocurrir en el gobierno de España después del 28 de abril. Matices aparte, las opciones son votar por un gobierno del PSOE liderado por Pedro Sánchez, o votar para dar paso a un gobierno del tripartito de derechas similar al que se ha formado en Andalucía.

La primera opción (voto por un gobierno del PSOE-Pedro Sánchez) tiene poco margen de variaciones, una vez que se ha visto cuál es el comportamiento de ciertos partidos que apoyaron la moción de censura contra el Gobierno de Mariano Rajoy. Por eso, lo más probable es que algunos de los votantes de otras opciones políticas diferentes al PSOE (pero que coincidieron en la moción de censura), entiendan que ahora, y para que no existan dudas, lo preferible es votar directamente la lista que encabeza Pedro Sánchez. Además, en estos momentos con la garantía de la renovación que ha tenido lugar en las listas de candidatos del PSOE, de las que han sido apartados los que en su día apoyaron con más contundencia la abstención que facilitó el último Gobierno de Mariano Rajoy.

A esto se añade la clarificación que supone conocer el proyecto presupuestario concreto que presentó el Gobierno de Pedro Sánchez en el Parlamento español, y cuya no aprobación por ciertas fuerzas políticas condujo a la actual convocatoria electoral. Por lo tanto, los votantes saben lo que puede hacer un gobierno de Pedro Sánchez y los apoyos reales con los que puede contar para llevar a cabo algunas de las políticas que ha puesto en marcha y ha proyectado durante el corto período de tiempo que ha estado al frente del gobierno. Políticas que tienen destinatarios y posibles beneficiarios específicos, que sin duda pensarán muy bien qué hacer con sus papeletas el próximo 28 de abril.

Se trata de políticas y proyectos que no se agotan en lo ya realizado, sino que incluyen cuestiones aún no realizadas o concluidas, como la derogación de la regresiva Ley laboral del PP, la anulación de la Ley mordaza, la recuperación de las plantillas de personal perdidas en Educación y Sanidad, así como diversas medidas de carácter ecologista y otras reformas fiscales de elemental justicia y equidad social.

Frente a esta opción, la otra posibilidad de gobierno es la que todo el mundo ha podido visualizar en Andalucía y en la Plaza de Colón, con todos los añadidos de agresividad extrema y de cordones sanitarios excluyentes. Con la peligrosa estela de una polarización extrema de la vida política española.

El problema con el tripartito de las derechas –como ellos mismos y algunos de sus voceros en los medios y en las tertulias se califican hacia dentro– es que ninguno de los tres partidos tiene un proyecto para el futuro de España que pueda llegar a ser entendido por un español medio y valorado como una propuesta en positivo. Su proyecto es, más bien, un constructo de tipo reactivo, e incluso un tanto amedrentador. Un NO rotundo a otras personas y proyectos, sin que sean capaces de llegar a fórmulas, ideas o propuestas de tipo positivo, que sean capaces de generar ilusión o esperanza por sí mismas.

A lo cual se añade una permanente inclinación a la sobreactuación y a las poses impulsivas, orientadas a ganar el favor –o la atención– de un tipo de electorado al que presuponen machista, ultra-nacionalista, archicatólico, superconservador y antiextranjero. Sobre todo, cuando el extranjero es pobre, emigrante y creyente de otra religión.

Esta competencia desmedida entre los tres partidos de las derechas para atraer al electorado extremo está dando lugar a que el partido más ultra y más perfilado con colores nítidos acabe por teñir en su presentación pública a todo el conjunto. Conjunto que cada vez aparece más desubicado de los espacios de centro, y sobre todo de centro izquierda, donde se sitúa la mayoría de la población española en edad de votar (vid. gráfico 1).

Lo que está sucediendo es algo parecido a lo que ocurre cuando en una lavadora, junto a otras piezas de ropa blanca o de colores claros, se introduce una prenda de tono azulón muy intenso, por ejemplo. En este caso, si no se toman las precauciones debidas, al final toda la colada queda teñida de fuertes tonos azules. Con los efectos consiguientes.

Aunque no se sabe muy bien quién va a resultar más perjudicado por esta competitividad extrema, lo cierto es que, en estos momentos, hay bastantes personas de derechas que se sienten indecisas sobre cómo atribuir sus votos –y sus correspondientes pesos políticos– al tripartito de Colón. Lo cual, plausiblemente, va a dar lugar a que algunos tengan dudas en si votar a alguien como Albert Rivera, que ya presentó un proyecto político de Gobierno junto con Pedro Sánchez (intento de investidura), y que podría tener intención de hacerlo de nuevo en el futuro; o bien votar a un pepero sin complejos como Pablo Casado; o decantarse por alguien más rotundo y extremo que pueda hacer una oposición contundente y valiente frente a un Pedro Sánchez al que prácticamente todas las encuestas dan como vencedor.

Lo paradójico puede ser que aquellos votantes de derechas que están pensando en un “voto para hacer oposición a Sánchez”, si se vuelcan en exceso por apoyar a Abascal, acaben produciendo el efecto de sobreteñir el tripartito de un color azulón muy oscuro; e incluso acabar sumando más fuerzas y votos de lo que algunos puedan imaginarse en estos momentos. Sorpresa que ya dieron en Andalucía, con los efectos que todos conocemos. Y que no hay que desechar que pueda ocurrir también el 28 de abril, si algunos electores progresistas se dejan llevar por las dudas, las perezas o las confianzas excesivas y no acuden a votar el 28 de abril. O si lo hacen con poco sentido del voto útil y sus correspondientes posibilidades multiplicadoras.

Junto a esta posibilidad de desmovilización, de abstención y de posible fragmentación del voto, uno de los problemas que está suscitando la actual competitividad en el campo del tripartito es que los tres líderes de las derechas están empeñados en intentar demostrar quién de ellos es más contundente, o más macho alfa –incluso en sus posturas antifeministas–, dando lugar a una peligrosa espiral de inclinaciones extremistas y de pronunciamientos públicos poco meditados –y en ocasiones nulamente documentados–. Pronunciamientos que están alimentando tendencias de extremismo y agresividad enormemente erosivas para el clima social y la convivencia política pacífica.

En este sentido, hay que ser conscientes de que el desbocamiento de una agresividad impulsiva es la peor influencia que podría darse en un clima como el que se vive en la sociedad española en unos momentos en los que tenemos problemas y focos de inflamabilidad social como los que ha tenido que afrontar el gobierno de Pedro Sánchez cuando sustituyó al de Mariano Rajoy.

Precisamente, esos focos de inflamabilidad social y de disrupción económica, que analicé someramente en el capítulo 3 de esta serie, son los que todo el mundo debiera tener en cuenta a la hora de decidir que opción apoyar en las urnas el 28 de abril. Los riesgos y la posibilidad de que vuelvan a inflamarse de nuevo.

Los expertos en análisis electorales suelen sostener que las motivaciones más típicas de los votantes a la hora de decidir a quién dar sus apoyos, son básicamente cuatro: la del que vota pensando en su cartera (intereses económicos); la del que vota con el corazón (sentimientos/simpatías/solidaridades); la del que vota con el cerebro (cálculo racional de posibilidades, necesidades, riesgos, oportunidades, etc.); y la de los que votan con las vísceras (odios, repudios, impulsos, agresividades, etc.).

Lo que hay que esperar y desear es que el 28 de abril los que voten con las vísceras sean una minoría que no pueda condicionar el futuro de la sociedad española y todas sus potencialidades. Ni condicionarla por sí solo, ni por elegir malas compañías.