BUENISMO Y MALISMO

Ha tomado ya carta de naturaleza un término acuñado no hace mucho tiempo. Se trata del “buenismo“. A falta de su definición en el DRAE, donde todavía no está, hay que acudir a Wikipedia. Esa web nos dice que buenismo se refiere a la utilización de esquemas de pensamiento que, utilizados bienintencionada, pero ingenuamente, tienden a intentar resolver problemas políticos y sociales a través del diálogo, la solidaridad y la tolerancia. Por supuesto, se emplea peyorativamente.

Así pues, describe ese modismo una aparente anomalía en el enfoque de la resolución de conflictos motivada por un exceso de bondad en el análisis de cualquier situación, actitud que haría perder el sentido de la realidad y la mejor perspectiva para su análisis.

Así empleado, el “buenismo” sería una aplicación del criterio de “Nada en exceso” del oráculo de Delfos. Ni siquiera la bondad, aunque no creo que los sabios atenienses se refirieran a esto cuando preconizaban la justa medida de las cosas.

Porque la novedad del invento lingüístico y de su empleo descalificador, parece olvidar concepciones clásicas sobre la bondad. Siempre había sido esta cualidad muy apreciada por el género humano que, aunque dejara de emplearse muy frecuentemente, era reivindicada para su inclusión en los baremos morales de cualquier civilización y en las normas religiosas que debían seguirse para una mejor relación con Dios.

Y no solo eso, Jeremy Bentham llegó a asimilar la bondad y la utilidad cuando, allá por el siglo XVIII dio origen a la teoría del utilitarismo. También podríamos hablar de Carlo Cipolla que asimiló, en la primera mitad del Siglo XX, la falta de esta utilidad (la producción de bien) nada menos que con la definición de la estupidez humana. O del mismísimo Stuart Mill, discípulo de Bentham, que prescribía el respeto de la opinión ajena en todos los casos, incluido el de los que aparentaran (sé que es una libre interpretación) un exceso de bondad en sus planteamientos.

Pero, dado que del buenismo se critica un exceso de bondad, parece lógico pensar en que se reclama corregir ese exceso con menos bondad o, incluso, con alguna dosis de maldad. ¿Puede entonces calificarse de “malismo” esa posición? ¿Puede contraponerse un malismo al buenismo? Esto sería lo peor de todo, una batalla del buenismo contra el malismo, una batalla del bien contra el mal defendiendo ambos contendientes su posición abiertamente, y no como ha ocurrido siempre en la historia, que cada uno pensaba tener el bien de su lado. ¿Se reproducirá en la Tierra el combate entre Gabriel y Lucifer? ¿Llega el Anticristo? ¿Se acerca el fin del mundo? Demasiado para un lunes.

Así pues, abogo por una corrección lingüística del asunto. Si se quiere acusar a alguien de falta de realismo, hágase pero sin incurrir en descalificar a nadie por un exceso de bondad en sus planteamientos. Tampoco sustituir el “buenismo” por el más clásico “idealismo” sería muy correcto, ya que hay ideales para todos los gustos, incluso para los más depravados. Si se cree que una posición de ese tipo es ingenua, llámesele así, sin mas.

Aunque, quizás, lo más sensato sería debatir sobre las soluciones a los problemas sociales no con mantras ni con términos acuñados con vocación simplificadora, sino con argumentos y análisis de los argumentos contrarios.

O sea, con buenismo, me dirán algunos.