BRUSELAS

ruperez031215

A partir del 13 de Noviembre, París y los sangrientos atentados yihadistas con rastros cercanos en Bruselas, la capital de los belgas habría quedado muy desprestigiada. Al revés que París, que como consecuencia y respuesta era la capital del dolor y de la solidaridad internacional, la capital de Bélgica había sido prematuramente calificada como la retaguardia de los terroristas que organizaron aquella matanza, de otros que acudan y adquieran asimismo posibilidades de organización y adquisición de armas de guerra, iban y volvían libremente de Bruselas a París para esconderse después de haber asesinado en la capital de Francia, una vez más comportándose ésta como la hermana mayor y la madrastra de Bruselas. Aquí efectivamente dispusieron y organizaron contactos criminales de elevada efectividad letal, obtuvieron armas de asalto, toda una base de operaciones sin la que habría sido mucho más difícil hasta el 13 de noviembre por lo menos, realizar tal matanza de 130 personas.

Parece exagerado continuar afirmando que la brutalidad de esta penúltima actuación del DAESH se debe al cambio de estrategia, más bien se considera que la estrategia terrorista es la misma, pero que hoy ha cobrado sorprendentemente efectividad por el debilitamiento y la negligencia observables en los servicios contra yihadistas, tanto en París como en Bruselas después de años en que no han faltado ataques diversos, en particular en diversos lugares de Francia; comenzando en París igualmente, con los atentados del Charlie Hebdo en el pasado mes de enero. Sin embargo llueve sobre mojado en cuanto a la triste reputación que recubre de nuevo Bruselas, una ciudad encantadora, culta, tranquila y familiar que suele haber tenido la desgracia de ser comparada con París u otras capitales europeas, como algo soso, aburrido y sin personalidad, algo que suele alargarse a los belgas en general, como gente sin ingenio ni chispa que se corresponde con un país artificial en su origen y finalidad, holandés, alemán y francés, mal remedio contra enemigos que la han invadido o donde han combatido como campo de batalla.

País de pequeño tamaño y de relativa escasa población, durante meses debido a su extremado fraccionamiento político incapaz de formar un Gobierno Nacional, lo que no le ha imposibilitado mantener una sólida estabilidad estatal, pero con una minoría arabo-musulmana que asciende precisamente al 10 por ciento. No obstante, Bélgica agrupa muchas contradicciones de resultado no siempre negativo; no retener ni integrar debidamente a esa minoría, recluida especialmente en el barrio de Melenbek, norte de Bruselas, aparentemente el escondite de Salah Abdeslam, de donde habrían salido tres suicidas en expedición letal hacia París. Pero además, el sistema federal y la monarquía constitucional de los belgas no habrían contribuido mayormente a la unificación de la población, en base a un proyecto democrático y garantista para todos los belgas, arabo-musulmanes, flamencos y valones. Buselas es además la capital de la Europa Unida.

Quizás se ha olvidado que Bélgica, que también tiene la desgracia de haber ocupado una posición estratégica delicadísima en el campo de batalla europeo, entre los ejércitos alemanas, británicos y franceses, es uno de los países que más ha sufrido por las guerras ajenas, la de su independencia y las dos guerras mundiales, invadida y destruida en ambas ocasiones, lo que aún se percibe o recuerda en Lieja y Lovaina, y no digamos en el fantástico y dramático Museo Militar en la capital, inmenso libro de sufrimientos. Relegado hoy a la condición de país que carece, según algunos, de medios, voluntad y mentalidad suficientes para combatir el auge de ese terrorismo que parece implacablemente organizado y agresivo, Bélgica se considera, al menos, como víctima de su periodo de inocencia como país tranquilo y pacífico, ignorante de lo que ocurre y se arriesga dentro de sus fronteras, así como en los países de su entorno europeo.

En realidad, en Europa se espera que Bélgica reaccione contra sus peligros, que son los peligros de todos. Hay un desprecio injusto que se une a otra especie de actitud despectiva anterior, porque los belgas demostrarían elevada pasividad y sus servicios públicos carecerían de medios y voluntad suficientes, coordinación, decisión y efectividad entre policías, jueces y agentes de inteligencia y control, tratamiento ponderado de la importante minoría arabo-musulmana, etcétera, todo lo que se reclama en favor del belga y del prójimo europeo. En definitiva, respecto a Bélgica y a Bruselas en especial se habría acrecentado una especie de xenofobia por parte de británicos, franceses, alemanes y holandeses, en absoluto compatible con los valores europeos y el necesario reforzamiento de la unidad de acción, a la que todos los países están convocados. Con el agrado que siempre hemos respirado entre los belgas y en Bruselas, sus parques y bulevares, Santa Gúdula El Sablon, Magritte, Jacques Brel, etcétera, no lo conseguirán arruinar los yihadistas. Los problemas de los belgas en esta hora y ante tal enemigo se comparten y sufren por todos los europeos.